La habitación del faro
Nunca imaginé que perdería la virginidad en un faro. Mucho menos con un hombre. Pero ahí estaba yo, desnudo sobre una cama de hierro forjado, con las piernas abiertas y la boca entreabierta, mirando el techo abovedado de piedra mientras el viento del mar azotaba los cristales y el olor a sal, aceite de motor y sudor joven llenaba el aire.
Yo tenía veintitrés años, recién llegado a la isla como ayudante del viejo farero. Él se llamaba Ramiro, cincuenta y tantos, barba espesa y manos como troncos. Yo no sabía nada de hombres, ni de mujeres. Solo sabía que mi cuerpo me traicionaba desde los quince: cada vez que me duchaba, me masturbaba pensando en el cuerpo de otros, en los músculos tensos, en los culos prietos, en las pollas duras que veía en las revistas que escondía bajo el colchón. Pero nunca me atreví. Hasta esa noche.
Llevaba tres días en la isla. El faro estaba en lo alto del acantilado, aislado, con solo una escalera de piedra que descendía al pueblo. Ramiro era un hombre callado, de gestos secos, mirada clara y voz grave. No hablaba mucho, pero todo lo que hacía lo hacía con precisión. Me enseñó a encender la luz, a revisar el combustible, a limpiar los cristales. Yo lo seguía como un perro fiel, atento a cada movimiento, hipnotizado por su forma de moverse: lento, seguro, como si cada paso tuviera un propósito.
Esa noche, después de una tormenta, el generador falló. Bajamos al sótano a revisar el tanque de diésel. El aire era denso, húmedo. Había una bomba manual, y él me pidió que la accionara mientras él revisaba las mangueras. Estábamos en un cuartucho bajo, con paredes de concreto y un techo bajo. Yo, agachado, empujando la palanca con fuerza. Mis pantalones cortos se subieron, y sentí su mirada en mi culo.
—Quédate así —dijo, sin alzar la voz.
Me quedé quieto. Sentí sus pasos detrás. Luego, el calor de sus manos en mis nalgas. No dijo nada. Solo me separó las piernas con las rodillas y me tocó. Con una sola mano, me abrió el culo con los dedos. Un dedo, luego dos. No me preparó, no usó saliva, no preguntó. Simplemente me abrió, y yo gemí, no de dolor, sino de alivio. Como si por fin algo en mí encajara.
—¿Nunca te han cogido? —preguntó, mientras me estiraba el ano con el índice y el medio.
Negué con la cabeza, la frente pegada al suelo frío.
—No —dije, y mi voz sonó rota.
Él sacó los dedos. Los oí mojarse con la boca. Luego volvieron, más húmedos, más profundos. Sentí cómo me abría, cómo me estiraba, cómo me preparaba. No fue dulce. Fue brutal. Como si me estuvieran desgarrando por dentro, pero no quería que parara. Quería más.
—Date vuelta —ordenó.
Me giré. Me senté en el suelo, la espalda contra la pared. Él se arrodilló frente a mí. Me bajó los pantalones de una sola tirada. Mi polla saltó libre, dura como una barra de acero, con la cabeza roja y brillante por el prepucio corrido. Él la miró como si fuera un milagro.
—Primera vez —dijo, y sonrió.
Luego, sin aviso, se la metió entera en la boca.
No fue un beso. Fue una cogida. Su boca era un agujero caliente, húmedo, hambriento. Me la tragó hasta el fondo, con la nariz pegada a mi vello púbico. Sentí cómo me lamía la base, cómo me chupaba los huevos, cómo me estrujaba las pelotas con una mano mientras con la otra me sostenía la cadera. No duré ni diez segundos. Grité, me retorcí, y le llené la garganta con tres, cuatro, cinco chorros espesos de semen caliente.
Él no se apartó. Se tragó todo. Luego se limpió la boca con el dorso de la mano y me miró.
—Ahora te voy a coger —dijo—. Si no quieres, dilo ahora.
No dije nada. Solo abrí más las piernas.
Él se quitó la camisa. Luego los pantalones. Tenía un cuerpo de hombre curtido: pecho velludo, abdomen duro, cicatrices en el costado. Y la polla… Dios, la polla. No era larga, pero era gruesa, con venas marcadas, el glande hinchado, el prepucio corrido. Y la verga erguida, apuntándome como un arma.
Se acercó. Me levantó las piernas. Me las puso sobre sus hombros. Luego, sin más, me apuntó al culo y empujó.
Entró. A medias. Un fuego me atravesó el ano. Grité. Él se detuvo.
—Respira —dijo.
Respiré. Me relajé. Él empujó otra vez. Más. Hasta que la mitad de su polla estuvo dentro.
—Relájate —repitió—. No es un castigo. Es un regalo.
Y siguió. Centímetro a centímetro, hasta que toda su verga estuvo enterrada en mi culo. Sentí cómo palpitaba dentro de mí, cómo me llenaba, cómo me estiraba más allá de lo posible. No dolía ya. Ardía, sí, pero era un ardor bueno, profundo, como si por fin hubiera encontrado el lugar al que pertenecía.
Él empezó a moverse. Lento. Profundo. Cada embestida me hacía gemir, me hacía arquear la espalda, me hacía sentir más vivo que nunca. Me agarró las manos, me las puso sobre la cabeza, y siguió follando. Su cuerpo sudaba, su pecho subía y bajaba, sus gemidos se mezclaban con los míos.
—¿Te gusta que te coja? —preguntó, jadeando.
—Sí —dije—. Sí, por favor.
—¿Quieres más?
—Todo —dije—. Quiero todo.
Entonces aceleró. Sus caderas golpeaban mi culo con fuerza, con ritmo, con hambre. Sentía cómo su polla me abría, cómo me llenaba de calor, cómo me marcaba por dentro. Me corrí otra vez, sin tocarme, solo con el movimiento de su verga dentro de mi culo. El semen me salpicó el pecho, el cuello, la cara.
Él no paró. Siguió follando, más fuerte, más rápido, hasta que sentí cómo se hinchaba, cómo se tensaba, cómo se venía.
—Me corro —dijo.
Y lo hizo. Me llenó el culo con tres, cuatro, cinco chorros espesos de semen caliente. Lo sentí brotar, llenarme, derramarse por mis nalgas. Gruñó como un animal, se estremeció, y cayó sobre mí.
Nos quedamos así, sudorosos, respirando con fuerza, el uno dentro del otro. El faro seguía girando arriba, lanzando su luz al mar oscuro. Fuera, la tormenta había pasado.
—Mañana te enseño a encender la luz —dijo, mientras se separaba lentamente.
Yo asentí. Aún sentía su semen correr por mis muslos. Y supe, con certeza, que nunca olvidaría esta noche. Que nunca olvidaría cómo perdí la virginidad: en un faro, con un hombre, con el culo lleno de semen y el corazón latiendo como si hubiera nacido de nuevo.
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