La habitación del espejo
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La luz del atardecer se colaba por las rendijas de las persianas enrolladas, dibujando rayas doradas sobre la pared blanca de la habitación. Luís cerró la puerta con un clic suave, como si temiera que el ruido asustara algo invisible. Ella ya estaba allí, sentada en el borde de la cama, con los pies descalzos apoyados en el suelo de madera, los hombros descubiertos por la espalda abierta del vestido negro que llevaba puesto. No era la primera vez que se veían —habían cruzado miradas en fiestas, chocado manos en reuniones de amigos—, pero esta vez no había excusas, ni ruido de fondo ni prisa. Solo ellos. Y el espejo.
El espejo no era cualquiera: ocupaba toda una pared, desde el suelo hasta el techo, enmarcado en madera oscura con bordes tallados. Reflejaba cada gesto, cada respiración, cada mirada que se cruzaba entre ellos. Luís no había sabido qué decir cuando ella le había enviado el mensaje: *¿Vienes esta noche?* Él había respondido sin pensar: *Sí*. Ahora, con la puerta cerrada y el aire cargado de su perfume —jazmín y humo—, comprendió que había accedido a algo más que a una cena.
Ella se puso de pie lentamente, como si cada movimiento fuera un acto de revelación. El vestido se deslizó por sus caderas con un susurro de tela, dejando al descubierto una tanga de encaje negro que contrastaba con su piel bronceada. Luís no movió las manos al instante, se limitó a observarla, dejándose inyectar por la imagen: sus pechos pequeños y firmes, los pezones oscuros y hinchados ya por la anticipación, el vello suave que marcaba la curva de su pubis bajo el encaje. Él llevaba una camiseta gris y pantalones de algodón, pero ya sentía el calor acumulándose en la entrepierna.
—Te quiero ver —dijo ella, con voz baja pero firme—. Te quiero ver cómo me miras.
Él se acercó, los pasos lentos, intencionales. Cuando estuvo a un metro, ella extendió la mano. No hacia él, sino hacia el espejo. Con el índice, dibujó una línea vertical en su propio pecho, desde el hueco del cuello hasta el centro de su vientre. Luís siguió el movimiento con la mirada, y en el espejo vio cómo sus ojos se fijaban en su propia reacción: la protuberancia incipiente en su pantalón, la forma en que su mandíbula se tensaba.
—Tú también —susurró ella.
Él se desabrochó la camisa con lentitud, primero el primer botón, luego el segundo, dejando al descubierto el vello en su pecho, los músculos que se estiraban al abrir los brazos. Cuando se la quitó y la tiró a un lado, ella dio un paso hacia adelante, rozando su pecho con las puntas de los dedos, bajando luego por su abdomen, deteniéndose justo al borde del cinturón.
—¿Quieres que te desvaya? —preguntó ella, sin dejar de mirarlo a los ojos, pero reflejados en el espejo.
—Sí —respondió él, la voz más ronca de lo esperado—. Pero no con prisa.
Ella asintió. Con los dedos, desabrochó la hebilla de su cinturón, bajó la cremallera con un sonido metálico y suave, y entonces sus manos lo tomaron, envolviéndolo con el calor de su piel, acariciándolo desde la base hasta la cabeza, con una presión constante, deliberada. Luís cerró los ojos un instante, dejándose llevar por la sensación, por el roce del encaje de su tanga contra su muslo, por el susurro de su propia respiración entrecortada.
Cuando abrió los ojos, ella ya estaba de rodillas frente a él, con el vestido tirado a un lado, el cuerpo inclinado hacia adelante, el rostro alineado con su entrepierna. Sin soltarlo, lo llevó hacia el espejo, hacia donde ambos podrían verlo. Él se apoyó contra la pared, las manos en sus hombros, y la miró mientras ella lo tomaba en la boca con una suavidad que lo hizo temblar.
En el espejo, Luís vio su propio rostro: ojos cerrados, labios entreabiertos, el cuello tendido. Vio cómo su cuerpo reaccionaba, cómo su pubis se hundía contra su rostro, cómo ella lo aceptaba todo, sin forzar, sin prisa, solo entregada. Y cuando él sintió que no podía más, tiró suavemente de su cabello para detenerla, la levantó con una fuerza que no esperaba, la llevó contra el espejo y la tomó con una urgencia que no era agresiva, sino necesaria.
—Dime qué quieres —le susurró al oído, las manos en sus caderas.
—Quiero sentirte dentro —dijo ella, girando la cabeza para besarle el cuello—. Quiero que me mires mientras lo haces.
Él asintió, y con un solo movimiento, la penetró. Ella exhale un grito ahogado, no de dolor, sino de reconocimiento, como si finalmente hubiera llegado a donde debía estar. Luís comenzó a moverse, lento, profundo, con la mirada clavada en la suya, en el espejo, en sus ojos semicerrados, en la forma en que sus pechos se rebotaban con cada embestida, en la humedad que brillaba en sus labios mientras jadeaba su nombre.
Y así, entre jadeos y susurros, con el espejo reflejando cada fricción, cada temblor, cada beso que se volvía más hondo, se llegaron al borde juntos, con sus cuerpos unidos, sus almas desbordadas, y un solo aliento que se mezclaba en la pen
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