La habitación del espejo

@nocturna ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

La casa respiraba con ella. No era un decir, sino una certeza que Elena sentía en los pies descalzos sobre el piso de madera, en el leve crujido del aire espeso, en el modo en que las cortinas se movían sin viento. Eran las dos y treinta y siete de la mañana. La ciudad, abajo, dormía envuelta en una neblina tibia, pero allí, en el tercer piso de aquel edificio antiguo con ascensor de hierro forjado, el tiempo se había detenido para contener el aliento.

Elena estaba sentada frente al espejo del tocador, desnuda desde hacía rato, aunque nadie lo hubiera notado. La luz de la lámpara de tulipa, tenue y dorada, dibujaba contornos imprecisos sobre su piel. No se miraba para corregirse, ni para juzgarse. Se miraba como quien reconoce a una extraña que vive dentro. Una presencia lenta, antigua, que se despierta solo cuando el mundo ha dejado de mirar.

Encendió un cigarrillo con parsimonia. La llama del encendedor tembló un instante, luego se afianzó. El humo se elevó en espirales finas, como si dibujara promesas en el aire. No fumaba por costumbre, sino por ritual. Cada calada era una pausa, una respiración profunda antes del siguiente movimiento. El sabor amargo en la boca le recordaba que estaba viva, que todo aquello era real.

Dejó el cigarrillo en el cenicero de cristal, entre cenizas que aún no se deshacían. Llevó las manos al cuello, donde un collar de perlas descansaba como una oración callada. Lo desabrochó con lentitud, una a una las perlas rodaron sobre la madera del tocador. No las contó. No hacía falta. Cada uno de esos gestos era un lenguaje propio, un código que solo ella entendía.

Luego, los dedos descendieron. No con urgencia, sino con intención. Como si estuviera afinando un instrumento que lleva tiempo sin tocar. La piel del pecho, sensible aún en la penumbra, respondió al primer roce con un leve estremecimiento. No fue placer, no aún. Fue reconocimiento. Un latido que dice: *aquí estoy*.

Se recostó en la silla, sin dejar de mirarse. Los ojos, oscuros y profundos, no se apartaban del reflejo. Había algo en esa fijación que desafiaba la soledad. No estaba sola. Estaba con ella misma, y eso era más que suficiente.

Una mano descendió por el vientre, con la precisión de quien conoce cada relieve. No buscaba apresurar nada. Buscaba el momento justo, el punto en el que el aire cambia, en el que el cuerpo deja de ser un objeto y se convierte en territorio. La otra mano se enredó en el cabello, tiró apenas, solo lo necesario para que el cuello se arqueara como una nota sostenida.

El espejo devolvía imágenes fragmentadas: un muslo, una cadera, la sombra entre las piernas. Pero Elena no buscaba completitud. Buscaba lo que se escapa, lo que no se nombra. El humo del cigarrillo seguía subiendo, ahora mezclado con el aroma leve de su piel, con el sudor que apenas comenzaba a asomar.

Sus dedos, hábiles y pacientes, trazaron círculos que no cerraban. Era una música sin compás, un ritmo que se inventaba al andar. Cada roce era una pregunta, cada pausa una respuesta. El pulso en la sien, el temblor en el muslo, la respiración que se hacía más densa, todo era parte del mismo canto.

No hubo gritos. No hubo nombre. Solo un suspiro que nació en lo profundo, que brotó como un manantial bajo tierra. Los ojos se cerraron un instante, pero el espejo seguía allí, testigo mudo de lo que había ocurrido. Cuando los abrió, el reflejo ya no era el mismo. Algo en la mirada había cambiado. No era triunfo, ni culpa. Era simplemente el brillo de quien ha tocado algo verdadero.

Apagó el cigarrillo. Las perlas seguieron sobre la madera, como testigos mudos. Fuera, la ciudad seguía dormida. Dentro, el silencio era distinto. No era vacío. Era plenitud. Elena se cubrió con una bata de seda, no por pudor, sino por costumbre. Luego apagó la luz. El espejo quedó en la oscuridad, guardando lo que había visto.

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