La gravedad del aire
Nunca imaginé que un silencio pudiera tener peso, pero aquel día, mientras el tren se detenía con un suspiro de hierro en la estación de Retiro, sentí cómo el aire entre nosotros se espesaba como si el mundo hubiera dejado de respirar. Estabas allí, de pie sobre el andén, con una maleta pequeña a tus pies y el abrigo desgastado que tanto te gusta. No te esperaba. Había pasado un año desde la última vez que cruzamos palabra, y sin embargo, al verte, fue como si el tiempo se hubiera desdoblado y volviéramos a estar en aquella tarde de abril, bajo la parada del colectivo, cuando me dijiste que te ibas y yo no supe qué hacer con las manos.
—Viniste —dije, y mi voz sonó más baja de lo que quería, casi un temblor.
—No fue difícil —respondiste, sin sonreír, pero con algo en los ojos que me hizo recordar cómo se siente tener el corazón en la garganta.
No hablamos mucho mientras caminamos hacia el departamento. Solo frases sueltas, como si temiéramos que, al hablar de más, se rompiera el hechizo. El cielo se oscurecía sobre Buenos Aires, y las farolas comenzaban a encenderse con ese parpadeo amarillo que tanto me gusta. En el ascensor, por primera vez, sentí tu cuerpo cerca. No fue un contacto directo, pero el calor que despedías, el leve roce de tu brazo contra el mío, bastó para que todo mi interior se tensara como una cuerda de violín a punto de sonar.
Dentro, dejaste la maleta en el suelo, junto al sillón. Me miraste como si me estuvieras midiendo, como si calcularas cuánto tiempo hacía falta para que volviéramos a entendernos sin palabras. Encendí una vela. No por romanticismo, sino porque la luz del techo me parecía demasiado cruda para lo que estaba por pasar.
—¿Quieres vino? —pregunté.
—Quiero que no hables tanto —dijiste, y diste un paso hacia mí.
Y entonces, por fin, tus labios en los míos. No fue un beso apresurado, ni violento. Fue lento, profundo, como si estuviéramos recuperando cada palabra no dicha, cada noche sin abrazo, cada carta que escribí y nunca envié. Tus manos en mi cuello, el pulgar acariciando la línea de la mandíbula, mientras el beso se extendía como una ola que no sabe dónde terminar. Sentí el sabor de tu boca, un poco de café, un poco de sal, y algo que solo tú tienes, ese sabor que no pertenece a nadie más.
Te quité el abrigo. Estaba húmedo por la lluvia ligera que había caído antes. Lo colgué con cuidado, como si cuidara de algo sagrado. Cuando volví, ya estabas desabrochando los botones de mi camisa, con una lentitud que me desesperaba y me encendía al mismo tiempo. No quería que se apurara, pero tampoco quería que durara. Quería que todo sucediera exactamente así: sin prisa, sin regreso.
Tu mano en mi pecho, bajando con una precisión que me hizo temblar. No era solo deseo. Era reconocimiento. Como si tu piel supiera dónde tocarme, cómo hacer que el aire se volviera denso, cómo hacer que cada centímetro de mi cuerpo despertara como si nunca hubiera estado vivo del todo.
Nos sentamos en el sofá, uno frente al otro. No hubo más ropa que quitar, no esa noche. Solo tus dedos en mi espalda, bajando despacio, mientras nuestras frentes se tocaban y el aliento se mezclaba. Hablamos en susurros que no eran palabras, sino sonidos, gemidos casi imperceptibles, como si el placer fuera algo que se puede contener solo con la respiración.
No hubo sexo, no en el sentido que el mundo entiende. Pero hubo entrega. Hubo entrega completa. Cada roce, cada mirada, cada silencio, fue un acto de amor que no necesitaba más testigo que el aire que nos rodeaba.
Cuando amaneció, seguías allí, dormido sobre mi hombro. No te moví. Solo miré por la ventana, mientras la ciudad despertaba, y pensé que el verdadero erotismo no está en lo que se hace, sino en lo que se permite sentir. Y yo, por primera vez en mucho tiempo, me había permitido todo.
¿Te ha gustado? Valóralo