La fiesta en la piscina de al lado
Nunca pensé que terminaría así. Pero allí estaba, sentado en el borde de la piscina, el agua tibia rozándome los muslos, mientras los gritos de Ana y Lucas se entrecortaban entre risas y jadeos, mientras sus cuerpos sudados se unían una y otra vez bajo la luz de las luces de neón que reflejaban en la superficie como destellos de fuego líquido.
Todo había comenzado con una simple cena en casa de los vecinos, los nuevos. Lucas y Ana, una pareja abierta, divertida, con esa confianza que solo da la costumbre de compartir todo: desde vinos caros hasta deseos prohibidos. Lucas, alto, moreno, con pecho peludo y manos grandes que siempre me miraban con una sonrisa complice. Ana, rubia, baja, de caderas anchas y tetas firmes que movía con naturalidad, sin vergüenza ni fingimiento. Y yo, Emilio, soltero, de treinta y tantos, con ganas de probar algo que ya llevaba años escondiendo bajo capas de razón y miedo.
—¿Vienes esta noche? —me dijo Ana, mientras me ofrecía un vaso de cóctel, los dedos rozando los míos con intención—. Lucas y yo queremos… jugar. Con fuego.
Lucas asintió, sin apartar la mirada de mis labios.
—No es obligatorio —añadió—, pero sí inevitable.
Y así fue. Al caer la noche, nos encontramos en su patio trasero, rodeado de plantas, luces suaves y una piscina iluminada por focos azules que hacían brillar el agua como metal líquido. Nos quitamos la ropa con lentitud, uno por uno, sin prisa, como si cada prenda fuera una confesión que dejábamos atrás.
Ana fue la primera en entrar. Se deslizó entre los dos, sentándose en medio, con Lucas detrás de ella, sus manos abarcando su cintura, sus dedos hundidos en su piel. Yo me senté frente a ella, entre sus piernas abiertas, y la vi bajar su mano, rozando su clítoris hinchado, ya excitado por la anticipación. Se lamí los labios, y yo imité el gesto, acercándome a su entrepierna.
—Léchame —dijo Ana, con voz ronca—. Quiero sentir tu lengua hasta que me derrita.
Y lo hice. Le lamí suave al principio, con delicadeza, pero ella me empujó la cabeza con fuerza, exigiendo más. Entonces me dejé llevar: la mordí suavemente, la chupé con fuerza, metí dos dedos en su coño ya mojado, sintiendo cómo se contraía alrededor, cómo su respiración se volvía jadeante, irregular. Lucas, tras ella, ya me tenía el pene en la mano, frotándome con ritmo, masajeando mis testículos, mientras yo continuaba con Ana.
—Está a punto —susurró Lucas—. Haz que venga.
Ana gritó, arqueó la espalda, y su coño se desbordó sobre mis dedos, mientras yo seguía moviéndolos, estimulándola hasta que su cuerpo temblaba como hoja al viento.
Entonces, Ana se volteó, me empujó hacia atrás y se arrodilló frente a Lucas, que ya tenía su pene tieso, goteando preseminal. Lo tomó con ambas manos y lo metió en su boca, profundamente, hasta que se ahogó en el orgasmo, con un grito ahogado.
—Ahora tú —dijo, levantándose y tomando mi pene, que ya estaba a punto de explotar—. Quiero sentirlo dentro mío.
Lucas se puso de pie, me empujó hacia el borde de la piscina y me giró. Ana me tomó de la cintura, me separó los glúteos con una mano y, con la otra, lubrificó mi ano con su propia humedad.
—Respira —murmuró—. Ya lo sientes, ¿verdad?
Y sí, lo sentí. El calor, la presión, el estiramiento lento, suave, mientras ella bajaba suavemente, hasta que su coño me envolvió completamente, hasta que sus muslos tocaron los míos y su cuerpo se hundió sobre el mío.
Lucas se puso detrás de Ana, tomó sus caderas y comenzó a empujar, mientras yo, desde dentro, sentía cómo Ana se contraía, cómo su cuerpo se llenaba de sensaciones que también eran mías. Nos movimos juntos, tres cuerpos en una sola respiración, tres corazones latiendo al unísono bajo la luz azul de la piscina.
Ana gritó otra vez, esta vez con mi nombre. Lucas, tras ella, se deshizo en ella con un jadeo gutural. Y yo, al sentir su coño contraerse mientras Lucas eyaculaba dentro de su vientre, me rendí. Me derramé en su interior, con fuerza, con entrega, como si esa noche no fuera a repetirse jamás.
Y tal vez no lo hizo. Pero mientras el agua de la piscina me acariciaba la espalda y los cuerpos de Ana y Lucas se deslizaban lentamente fuera de mí, supe que algo en mí había cambiado para siempre.
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