La fiesta en la casa del lago
La tarde se deslizaba entre los pinos como una lengua tibia, y el sol, ya cargado de melancolía, se colaba por las ventanas del gran salón de la casa del lago, pintando de oro viejo los rostros y los cuerpos que allí se movían con lentitud. Era sábado, y Adriana había llegado con dos botellas de aguardiente Antioqueño —las de siempre, las que huelen a anís y a verano—, una bolsa con galletas de yuca y una sonrisa que le costó poco disimular. No era la primera vez que asistía a estas reuniones, pero sí la primera que iba sin su pareja, y eso le daba un aire distinto: más ligera, más osada, como si su piel hubiera perdido una capa de tímida y descubierto otra más tersa, más dispuesta.
La casa, de madera clara y techos altos, olía a moho dulce y a vela quemada. En el jardín, bajo la sombra de un nispero, un par de parejas ya se abrazaban con la naturalidad de quienes se conocen desde siempre, aunque apenas hacía una hora que estaban ahí. En la terraza, cerca del bar improvisado con tablones y cajas de vino, estaban Mateo y Lucía, hermano y hermana, hijos del viejo Raúl, dueño de la finca. Ambos morenos, ojos oscuros y cuerpo delgado, con el mismo porte de toros jóvenes: fuerza contenida, mirada alerta.
—¡Adriana! —llamó Mateo desde abajo, con esa voz ronca que le venía de su abuela catalana—. Vení, que ya te está buscando el grupo.
Ella bajó las escaleras de madera con los zapatos desatados, la falda corta ondeando con cada paso. No se había maquillado mucho: solo lápiz negro en los ojos, labio rojo oscuro, y un perfume de jazmín y miel que le dejaba el cuello y las muñecas húmedos de deseo. Se sentó en un banquillo de madera, cerca del fuego de la chimenea que ya humeaba débilmente, y se sirvió un vaso de aguardiente. Lo tomó de un trago, como a veces se hace en Medellín cuando el frío entra por los huesos —aunque en ese momento no hacía frío—, y miró alrededor.
Se formó un círculo natural: en el suelo, colchonetas de esponja, mantas de lana, y una manta gigante de cuadros rojos y negros que Lucía había sacado del armario. Alguien puso una playlist de vallenatos lentos, pero bien mezclados con jazz de los años 60, como si el mundo hubiera perdido el tiempo y solo quedaran los latidos.
—¿Te pones o no? —le preguntó Lucía, sentándose a su lado, con una sonrisa que era un desafío disfrazado de cariño. Tenía los pechos pequeños pero firmes, tatuajes de estrellas en los costados, y el ombligo perforado con un minúsculo diamante que brillaba bajo la luz de las velas.
—Pues sí —respondió Adriana, y se quitó la blusa con lentitud, dejando ver un sujetador de encaje negro, con los tirantes cruzados atrás, y la piel del pecho luminosa, casi transparente bajo el sol que aún se arrastraba por el cristal.
—A ver si te animás —dijo Mateo, acercándose ya sin camisa, con el torso estilizado, los brazos marcados, y una cicatriz pequeña en el hombro derecho, de cuando se cayó del caballo a los 16 años. Se sentó frente a ella, entre sus piernas, y le pasó los dedos por el muslo, con cuidado, como si le estuviera leyendo la piel.
Adriana cerró los ojos. Sintió el calor de su mano subiendo, subiendo, hasta el borde de la falda, y luego la tela rozando la ingle, y luego su mano desnuda sobre su muslo, calientita, con las uñas bien cortas y el pulgar rozándole el interior del muslo, cada vez más cerca del centro.
—¿Te gusta así? —susurró Mateo, inclinándose para besarle el cuello, sin apuro, como quien acaricia un recuerdo que acaba de descubrir.
Ella no respondió con palabras. Solo giró la cabeza y le ofreció más cuello, más piel, más pulso acelerado. Él se levantó un momento, se quitó el pantalón y quedó en calzoncillos, pero no negativos: negativos de deseo. Su pito, en la tela, dibujaba una culebrita dura y larga, y Adriana sintió cómo su cuerpo respondía, como si le entrara un torrente de calor por la espalda.
Lucía, ya sin blusa, se acercó por detrás, y con las manos en sus caderas, le susurró al oído: —¿Y si empezamos por atrás? Que ya sé que te gusta sentir que te están viendo.
Adriana sonrió, sin vergüenza. Sabía que Lucía tenía razón: le gustaba que la miraran, que supieran que estaba ahí, dispuesta, abierta, sin miedo.
Se acostó sobre la manta, boca abajo, con las piernas ligeramente separadas. Mateo se puso de rodillas detrás de ella, mientras Lucía se acomodaba a un lado, con una mano sobre su muslo y la otra ya metida entre sus piernas, rozando su clítoris con un movimiento suave, de ida y vuelta, como si estuviera calentando una guitarra antes de tocar.
—Estás mojada, ricachica —dijo Lucía, sin pausa, y Adriana gimió, bajito, como si temiera que alguien lo escuchara desde afuera—. Pero no tanto como para no aguantar un poco más…
Mateo le apartó el pelo de la nuca y le besó la espalda, desde la base del cráneo hasta la cintura, con la lengua y con los labios, mientras con una mano le masajeaba una nalgas y con la otra se deslizaba hacia adelante, hacia su vientre, hasta topar con su sexo ya húmedo.
—¿Te acuerdas de cómo me dijiste que querías que te lo metiera despacio? —le preguntó Lucía, mientras le quitaba la falda y la braga, dejándola completamente desnuda—. Pues hoy no es así. Hoy lo hacemos como quieras, pero primero… primero queremos verte sufrir un poquito.
Y entonces Lucía le introdujo un dedo. Lento. Profundo. Con la punta del dedo buscando su punto G como si fuera un secreto que solo ella conocía. Adriana arqueó la espalda, soltó un grito ahogado, y sintió que las piernas se le temblaban.
—¿Querés más? —preguntó Lucía, y le añadió un segundo dedo, abriéndola con cuidado, estirando sus paredes internas, mientras Mateo se acercaba desde atrás, con su pito ya a punto, mojado con una gota de preseminal que brillaba como perla.
—Sí —dijo Adriana, con voz rota—. Sí, sí, sí…
Mateo se colocó entre sus piernas, le separó las nalgas con las manos, y empujó con la punta. Un solo empujón, suave pero firme, y se metió hasta la raíz.
Adriana gritó. No de dolor, sino de plenitud. De completitud. De algo que no sabía que necesitaba. Mateo se quedó quieto un momento, con la frente apoyada en su espalda, respirando fuerte, sintiendo cómo su cuerpo la envolvía, la contenía, la absorbía.
—Estás tan apretada… —murmuró—. Como si me hubieras estado esperando desde hace años.
Lucía, meanwhile, le pasó una mano por el pelo, le acarició la cara, y le besó los ojos, la nariz, la boca, mientras Mateo empezaba a moverse: primero lento, con pequeños arrebatos, como si no pudiera decidir si quería hacerlo bien o quería hacerlo fuerte. Pero luego, cuando Adriana le agarró la mano y se la llevó al clítoris, cuando Lucía le metió otra vez los dedos, ya con más fuerza, y cuando Mateo le dio un golpe seco en la nalga izquierda, todo cambió.
Fue entonces cuando todo explotó.
Adriana llegó con un grito que se perdió en el techo, con los dedos de Lucía dentro, con el pito de Mateo golpeándole el fondo, con el olor a sudor y a aguardiente en el aire, con el sonido del vallenato fundiéndose con el jazz y con el latido de tres corazones que, por un momento, latieron al mismo ritmo.
Cuando se desplomó sobre la manta, con la cara pegada a la tela y las lágrimas en las esquinas de los ojos, Mateo se retiró despacio, y Lucía se acostó a su lado, tomándola de la mano.
—¿Te sentiste bien? —le preguntó, sin juzgar, sin presión.
—Como si hubiera nacido otra vez —respondió Adriana, y sonrió—. Como si este cuerpo fuera el mío, de verdad, por primera vez.
Y así, entre risas, besos y el eco de una fiesta que aún no había terminado, siguieron allí, en la casa del lago,
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