La fiesta en casa de Sofía

@el_forastero ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

La música llegaba amortiguada desde el jardín trasero, un eco profundo de percusión lenta que se mezclaba con risas bajas y el tintinear de copas. En el aire flotaba el aroma dulzón del tabaco de hierbas, el salitre de la costa cercana y algo más sutil, más cálido: el sudor ligero del deseo contenido. La noche era cálida, húmeda, el cielo limpio de nubes, y las luces del patio parpadeaban como luciérnagas cautivas entre las hojas de los árboles.

Sofía había invitado a unos pocos. Nada ostentoso. Solo amigos cercanos, gente que se conocía de años, de fiestas anteriores donde los límites se habían ido desdibujando con el tiempo, con el vino, con las miradas que duraban un segundo más de lo normal. Esa noche, sin embargo, había algo distinto. Una tensión en el aire, como si todos esperaran que alguien diera el primer paso.

Carlos llegó tarde, con una botella de ron oscuro bajo el brazo y una sonrisa que no alcanzaba del todo sus ojos. Llevaba una camisa abierta hasta la mitad del pecho, el pelo ligeramente despeinado por el viento del camino. Sofía lo recibió con un beso en la mejilla, prolongado, sus labios rozando apenas la piel. No dijo nada, solo le tomó la botella y le señaló el sendero de piedras que llevaba al jardín.

Allí estaban los demás: Ana, sentada en el borde de la piscina con las piernas sumergidas en el agua tibia; Julián, recostado en una hamaca, observando el cielo; y Marcos, sirviéndose una copa con movimientos precisos, como si cada gesto tuviera un propósito.

—Llegaste justo a tiempo —dijo Ana, sin mirarlo directamente, pero con una sonrisa que dejaba entrever que lo había estado esperando.

Carlos se sentó a su lado, sin quitarse los zapatos. El agua le lamía los tobillos. Nadie hablaba de más. Las palabras eran escasas, cargadas. Una mirada, una risa, el roce accidental de una mano al pasar la botella. Todo parecía orquestado, aunque nadie dirigía nada.

Sofía se acercó con la botella de ron y llenó las copas. Sus dedos rozaron los de Carlos al entregarle la suya. Un contacto breve, apenas un segundo, pero suficiente para que él sintiera el calor de su piel. Ella se sentó frente a ellos, cruzando las piernas con lentitud, el vestido corto subiendo apenas más de lo necesario.

—¿Y si jugamos a algo? —preguntó, con voz baja, casi susurrante.

—¿Qué tenés en mente? —dijo Julián, sin bajar la vista del cielo.

—Nada complicado —respondió Sofía—. Solo… verdad o consecuencia. Pero sin preguntas aburridas.

Hubo un silencio. Luego, una risa suave de Marcos.

—Yo entro —dijo.

Y así comenzó. Ana eligió verdad. Sofía le preguntó si alguna vez había deseado a alguien presente. Ana no respondió de inmediato. Miró a Carlos, luego a Julián, y finalmente bajó la vista, sonriendo.

—Sí —dijo—. A más de uno.

Nadie se sorprendió. El aire ya estaba cargado de eso: de deseos no dichos, de atracciones antiguas que nunca se apagaron.

Le tocó a Marcos. Elegió consecuencia. Sofía le pidió que besara a quien quisiera, allí mismo, sin más.

Marcos se levantó despacio. Miró a los ojos a Ana, que aún tenía los pies en el agua. Ella no se movió. Él se inclinó, le tomó el rostro con ambas manos y la besó. Un beso lento, profundo, que duró hasta que el aire les faltó. Cuando se separaron, Ana tenía las mejillas encendidas.

—Tu turno —dijo Marcos, con la respiración aún agitada.

Así siguieron. Las reglas se iban perdiendo. Las consecuencias, más atrevidas. Julián tuvo que quitarle el vestido a Sofía con los dientes, mientras ella reía entre dientes, los ojos brillantes. Carlos, cuando le tocó, eligió verdad. Sofía le preguntó si alguna vez había soñado con estar con dos mujeres a la vez.

—Sí —respondió, sin titubear—. Más de una vez.

Entonces Ana se puso de pie, se acercó a él y le quitó la camisa. Carlos no se movió. Dejó que sus dedos recorrieran su pecho, su espalda, sus hombros. Luego, Sofía se acercó por detrás, sus manos en su cintura, su boca cerca de su oreja.

—¿Y si no es un sueño? —susurró.

Nadie habló. El ritmo de la música había cambiado, más lento, más sensual. El aire parecía espeso, pesado de promesas. Marcos se acercó a Ana, la tomó de la mano y la condujo hacia la hamaca. Julián se acercó al borde de la piscina, observando, pero sin intervenir.

Sofía desabrochó el pantalón de Carlos con dedos hábiles, sin prisas. Ana se arrodilló frente a él, mirándolo a los ojos mientras bajaba la tela. Carlos cerró los ojos, respiró hondo. Sintió la lengua de Sofía en su cuello, luego en su espalda, mientras Ana lo tomaba con la boca, lenta, profundamente.

Julián se acercó entonces, desnudo, sin decir palabra. Se sentó junto a Sofía, le besó el hombro, luego el cuello. Ella se giró, lo besó con intensidad, mientras sus manos exploraban su cuerpo. Marcos, desde la hamaca, observaba, pero ya no estaba solo: Ana se había acercado a él, le besaba el pecho, bajaba con la boca por su abdomen.

Nadie daba órdenes. Nadie pedía permiso. Todo fluía, como si hubiera sido escrito mucho antes. Las pieles se encontraban, se reconocían. Las manos, las bocas, los suspiros entrecortados. El calor del cuerpo de uno se fundía con el del otro, y luego con el de otro más.

Carlos sintió las manos de Julián en sus hombros, luego en su espalda, bajando. Sofía se puso de pie, se quitó el sostén con un movimiento lento, y se acercó a la piscina. Entró con pasos suaves, el agua subiendo por sus piernas, por su cintura, por sus pechos. Ana la siguió. Luego Marcos. Luego Julián.

Carlos se quedó un instante al borde, mirando cómo sus cuerpos se movían en el agua, cómo las manos se encontraban, cómo las bocas se buscaban sin prisa. Entonces entró. El agua tibia lo envolvió. Sofía se acercó a él, le rodeó la cintura con las piernas. Ana se acercó por detrás, le besó el cuello. Julián los observaba, pero ya estaba con Marcos, sus cuerpos pegados, sus manos recorriéndose.

Nadie hablaba. Solo el sonido del agua, las risas ahogadas, los jadeos que se perdían en la noche. Las estrellas brillaban sobre ellos, mudas testigos de algo que no necesitaba nombre.

Y así siguieron, hasta que el alba pintó el cielo de tonos suaves, y los cuerpos, exhaustos, se dejaron caer en las sillas, en el pasto, en los brazos del otro. Nadie dijo nada. No hacía falta. Todo había sido dicho sin palabras.

¿Te ha gustado? Valóralo

0.0 · 0 votos
Reportar
Compartir

También en Orgías