La fiesta en casa de Sofía
La fiesta ya bajaba de volumen cuando entré al jardín trasero. Las luces tenues de las guirnaldas parpadeaban sobre los restos de copas vacías y sillas desacomodadas. El aire era cálido, con ese toque húmedo que deja la noche después de una tormenta ligera. Yo llevaba un vestido negro sin mangas, ajustado pero discreto, y tacones bajos que apenas hacían ruido sobre el césped húmedo. No había venido con ganas de hablar. Solo quería desaparecer un rato entre sombras, con un trago en la mano y el silencio como compañía.
Entonces la vi.
Sofía estaba sentada en el borde de la piscina, con los pies dentro del agua, moviéndolos lentamente. Llevaba un vestido corto de seda color vino, descalza, el cabello oscuro cayéndole sobre un hombro. No me vio al principio. Estaba mirando el reflejo de la luna en el agua, como si pensara en algo que no quería nombrar. Me acerqué sin prisa. No dije nada. Solo me senté a su lado, dejando que el silencio nos envolviera como una segunda piel.
—Pensé que ya te habías ido —dijo al fin, sin mirarme.
—No tenía prisa —respondí—. La música era mala, las conversaciones peores. Pero esto… esto sí vale la pena.
Por primera vez, giró el rostro hacia mí. Sus ojos eran oscuros, profundos, con una luz que no venía de fuera. Sonrió apenas, una línea sutil que no llegó a mostrar dientes, pero que me encendió algo en el vientre.
—¿Y qué es esto? —preguntó, bajando la voz.
—Tú. Yo. El agua fría, la noche quieta… y esta tensión que no sé si debo nombrar.
Se rió, bajito, como si el sonido tuviera que salir en secreto. Luego se levantó, despacio, y me tendió la mano.
—Ven —dijo—. Si quieres tensión, vamos a otro lado.
No pregunté adónde. Tomé su mano. Sus dedos eran largos, firmes, con una suavidad que no esperaba. Me llevó por un costado de la casa, lejos de las luces, hacia una puerta lateral que daba a su estudio. Cerró con llave tras de nosotros. No encendió la luz. Solo la luna entraba por el ventanal grande, iluminando su silueta contra la pared llena de cuadros y libros.
—Aquí nadie nos molestará —dijo, dándome la espalda mientras se desabrochaba el vestido.
No me moví. La miré. El vestido cayó al suelo como una hoja seca. Llevaba solo un tanga negro debajo, y la espalda descubierta, con esa curva suave que baja hasta el inicio de las nalgas. Me acerqué sin ruido. Ella no se giró. Solo suspiró.
—Tócame —pidió—. Pero no como si tuvieras miedo.
Puse mis manos en sus hombros. Eran firmes, con un poco de sudor del calor de la noche. Deslicé las palmas hacia abajo, por la columna, sintiendo cada vértebra bajo mi tacto. Bajé hasta el borde de la tela, y me detuve.
—¿Aquí? —pregunté.
—No pares —dijo—. No me hagas suplicar.
Deslicé el tanga por sus piernas, lento, como si deshojara algo sagrado. Luego lo aparté con el pie, sin mirarlo. Ella dio un paso adelante, se acercó al sofá bajo, y se sentó de rodillas, con el torso sobre el cojín, el trasero al aire. No era una postura sumisa. Era un desafío.
—Hazlo —dijo—. Como tú sabes.
Me arrodillé detrás de ella. Puse las manos en sus nalgas, separándolas con lentitud. Su piel era tersa, caliente. Bajé la cabeza y pasé la lengua por su raja, desde abajo hasta arriba, sin apresurarme. Ella tembló, pero no dijo nada. Solo echó la cabeza hacia atrás.
—Otra vez —pidió.
Lo hice. Y otra vez. Con más presión, con más lengua, con más deseo. Ella empezó a moverse contra mi boca, buscando más, pidiendo más. Entonces metí un dedo. Luego otro. Estaba húmeda, muy húmeda, y caliente como si tuviera fiebre. Gimió, bajo, profundo, como un animal que no quiere ser escuchado.
—Para —dijo de pronto.
Me detuve. Saqué los dedos. Ella se giró, me miró con los ojos brillantes, el pecho agitado.
—Ahora tú —dijo.
Se levantó, me tomó de las muñecas, y me hizo sentar en el suelo. Se arrodilló frente a mí, con una mirada que no admitía dudas. Me desabrochó el vestido con manos seguras, me lo sacó por los hombros. Luego el sostén. Mis pechos quedaron al aire, sensibles, con los pezones endurecidos por la noche y el deseo.
—Hermosa —dijo, y acercó su boca a uno de ellos.
Sentí su lengua, cálida, precisa. Chupó con fuerza, luego con suavidad. Mordió apenas, sin dolor, solo para marcar. Luego cambió al otro, y yo gemí, sin poder contenerlo. Ella sonrió contra mi piel.
—Me gusta cómo suenas —dijo.
Se levantó, fue a un cajón, sacó algo que no vi bien. Volvió con un brillo en los ojos. Un juguete, largo, oscuro, con vetas suaves. Lo encendió. Un zumbido leve llenó el cuarto.
—Date vuelta —ordenó.
Obedecí. Me puse de rodillas, como ella antes. Sentí su mano en mi espalda, empujándome hacia abajo, hasta que mi frente tocó el suelo. Luego el frío del juguete en mi entrada.
—Respira —dijo.
Entró despacio. Muy despacio. No dolió. Fue como si mi cuerpo lo reconociera, como si supiera que eso era lo que faltaba. Lo movió con precisión, entrando y saliendo, mientras con la otra mano me separaba las nalgas, acariciaba mi clítoris con el pulgar.
—Dime si paras —susurró.
No quise parar. No quería parar. Gemí su nombre, bajo, repetido como una oración. Ella aumentó el ritmo. El juguete vibraba dentro de mí, y su mano no se detenía, y yo ya no pensaba, solo sentía, solo existía en ese punto exacto donde el placer se volvía casi insoportable.
—Córrete —ordenó.
Y lo hice. Con un jadeo largo, profundo, que salió desde el fondo de mi garganta. Me estremecí entera, y ella siguió, solo un poco más, hasta que el orgasmo me dejó temblando en el suelo.
Se apartó. Apagó el juguete. Me ayudó a sentarme. No dijo nada. Solo me abrazó, me acunó contra su pecho, mientras yo recuperaba el aliento.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Mejor que bien —dije, con la voz rota.
Se rió, bajito. Luego me besó en la frente.
—Eres intensa —dijo—. Me gusta.
Pasamos un rato así, abrazadas, sin hablar. La luna cambió de posición. El silencio era completo. Hasta que ella susurró:
—¿Y si nunca hubiéramos venido a esta fiesta?
—Todavía estaría pensando en ti —dije—. Como todas las noches.
Ella me miró. Y en sus ojos vi lo que no dijo: que también pensaba en mí. Que esto no fue casual. Que algo entre nosotras ya existía, aunque nunca lo hubiéramos tocado.
Salimos del estudio antes del amanecer. Ella me tomó de la mano al cruzar el jardín. Nadie nos vio. Nadie supo.
Pero yo sí supe. Y ella también.
Y eso fue suficiente.
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