La fiesta en casa de Raúl
Nunca imaginé que una simple fiesta en casa de Raúl iba a cambiarlo todo. Yo solo fui porque insistió tanto, y la verdad, no quería quedarme solo en mi departamento viendo películas viejas. Cuando llegué, ya había unas cuantas personas, música baja, luces tenues, risas que se colaban entre las copas. Pero lo que más me llamó la atención fue ella: Mía, la amiga de Raúl. Una mujer morena, de ojos oscuros que brillaban como si tuvieran fuego adentro, con un vestido rojo que le ceñía las nalgas como si estuviera pintado sobre su piel. No dije nada al principio, solo la miré de reojo mientras servía vino en una copa que temblaba un poco en mis dedos.
—¿Primera vez por aquí? —me dijo, acercándose con una sonrisa que no supe si era burla o coquetería.
—Primera vez —le respondí, sintiendo cómo el calor me subía desde el cuello—. No conozco a casi nadie.
—Yo tampoco —dijo, y se acercó más, tanto que sentí su aliento en la oreja—. Pero eso puede cambiar rápido.
No supe qué contestar. Solo sentí que algo en mi entrepierna se movía, se despertaba, como si mi cuerpo ya supiera lo que mi cabeza aún negaba. Raúl apareció poco después, alto, risueño, con esa chispa en los ojos que siempre lo caracterizó. Nos presentó como si fuera lo más normal del mundo, pero noté cómo Mía lo miraba, cómo le brillaban los ojos cuando él hablaba. Y entonces, sin que dijeran nada, entendí: no era casualidad. Ellos ya se conocían. Y no solo eso: había algo más.
—¿Y si subimos? —dijo Raúl de pronto, señalando las escaleras—. Arriba está más tranquilo.
No pregunté por qué. No quise. Subimos los tres, el silencio espeso, los pasos lentos sobre la madera. La habitación era amplia, cama grande, cortinas oscuras, una botella de tequila sobre la mesa de noche. Raúl cerró la puerta con llave. No fue violento, fue natural, como si ya todo estuviera pactado.
—¿Te gusta lo que ves? —me preguntó Mía, quitándose los tacones con una sola mano, mientras con la otra se desabrochaba el vestido.
No respondí. Solo vi cómo el rojo caía al suelo, cómo sus senos quedaron libres, firmes, con los pezones erectos como si el aire los hubiera excitado. Me quedé parado, con la verga ya dura dentro del pantalón, sin saber si moverme o si solo mirar.
—No te quedes ahí —dijo Raúl, acercándose por atrás—. Ven, siéntate.
Me jaló del brazo, suave pero firme, y me sentó en la cama. Mía se arrodilló frente a mí, sin pedir permiso, y me desabrochó el cinturón con una lentitud que me encendió el alma. Me bajó el pantalón, los calzoncillos, y mi verga saltó libre, dura, palpitante. La tomó con una mano, la acarició despacio, desde la base hasta la punta, como si la estuviera midiendo, conociéndola.
—Está buena —dijo, y me miró a los ojos—. Grande, pero suave.
Luego, sin más, se la metió a la boca. Fue un calor húmedo, profundo, que me hizo jadear. Su lengua recorría el filo del glande, sus labios apretaban la carne, y yo solo podía mover las caderas, suave al principio, luego más fuerte. Raúl se quitó la camisa, se sentó a mi lado, y me besó. Fue un beso lento, húmedo, con sabor a tequila y a deseo. Mientras Mía me chupaba, él me mordía el cuello, me acariciaba el pecho, me pellizcaba los pezones. Sentí que me iba a correr en cualquier momento.
—No te vengas aún —me dijo Raúl al oído—. Aún no.
Mía se detuvo justo cuando sentía el orgasmo subiendo por las piernas. Se levantó, se quitó lo que le quedaba de ropa, y se sentó encima de mí. Me guió dentro de ella con una mano, despacio, hasta que estuve hasta el fondo. Gimió, echó la cabeza atrás, y empezó a moverse. Era fuego puro, fricción húmeda, piel contra piel. Sentía sus nalgas golpeando mis muslos, su sudor cayendo sobre mi pecho, su respiración cada vez más rápida.
—Jálame las nalgas —me pidió—. Fuerte.
Y lo hice. Le tomé las nalgas con ambas manos, las separé, y la cogí más fuerte, más rápido. Ella gritaba, gemía, decía que sí, que así, que no parara. Raúl nos miraba, se masturbaba frente a nosotros, pero luego se acercó. Se paró frente a Mía, que seguía subiendo y bajando sobre mi verga, y le ofreció su verga. Ella no dudó. Se inclinó, la tomó con la boca, y empezó a chuparla mientras seguía moviéndose sobre mí.
—¿Lo ves? —dijo Raúl, con la voz entrecortada—. Es perfecta.
Y lo era. Era como si el mundo se hubiera detenido solo para nosotros tres. No había tiempo, no había moral, no había reglas. Solo cuerpos, sudor, gemidos, y esa electricidad que recorría el aire. En un momento, Mía se levantó, se dio la vuelta, y se arrodilló frente a Raúl. Yo me quedé sentado, viendo cómo ambos se besaban, cómo él le acariciaba el culo, cómo ella le lamía la verga con devoción.
—Ven —dijo Mía, mirándome—. Ayúdame.
Me acerqué. Me puse a su lado. Y entre los dos, empezamos a chupar a Raúl. Yo por un lado, ella por el otro, nuestras lenguas se encontraban, nuestras mejillas se rozaban, nuestras manos se entrelazaban. Él gemía, nos jalaba del cabello, nos decía que no paráramos. Y cuando sentimos que estaba a punto, Mía me miró, sonrió, y me jaló hacia atrás.
—Ahora tú —dijo.
Me acostó sobre la cama, se subió encima de nuevo, pero esta vez me penetró de espaldas, con su culo pegado a mi verga. Y Raúl, sin decir nada, se acercó por atrás, me besó en la nuca, y me metió un dedo en el ano. Fue un shock de placer que me hizo gritar. No era incómodo, era intenso, nuevo, como si todo mi cuerpo se abriera a algo que no conocía.
—¿Te gusta? —preguntó.
—Sí —dije, apenas—. Sí, joder.
Y entonces, entre los tres, entre los besos, las caricias, las penetraciones, entre el sudor y los gemidos, algo cambió. No fue solo sexo. Fue conexión. Fue deseo puro, sin máscaras. Y cuando Mía se corrió, gritando mi nombre, y yo me vine dentro de ella, y Raúl se corrió sobre mi espalda, fue como si el tiempo se detuviera.
Nos quedamos así, abrazados, sin hablar, solo respirando juntos. No hubo promesas, no hubo culpas. Solo eso: un momento perfecto, compartido. Y aunque nunca volvimos a repetirlo, sé que ninguno de los tres lo olvidará. Porque no fue solo una cogida. Fue algo más. Fue como si, por una noche, el mundo se hubiera rendido ante el deseo.
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