La fiesta del sótano

La fiesta del sótano

@joaquin_noche ·14 de junio de 2026 · 🔥 4.5 (20) · 269 lecturas · 6 min de lectura

Era viernes, y el sótano de la casa de la calle 17 con 45 olía a sudor, perfume barato y vino tinto barato. Las luces bajitas, solo las velas en los frascos de mermelada, y el sonido de un reggaetón antiguo que nadie bailaba, pero todos escuchaban con los ojos cerrados. No era una fiesta cualquiera. Era la que solo invitaban los que ya sabían.

Lina, con la falda corta y los tacones que le hacían el culo moverse como si tuviera un motor dentro, se apoyó en la pared y miró a Joaquín. Él, con la camisa abierta hasta el ombligo, tenía las manos en los bolsillos, como si no le importara, pero sus ojos —negros, profundos, de esos que no perdían detalle— la devoraban desde que entró. Ella sonrió, lenta, como quien sabe que ya ganó.

—¿Tú crees que esto va a ser como la otra vez? —preguntó, con voz de miel derritiéndose.

Joaquín no respondió. Solo se acercó, tan cerca que su aliento le rozó el cuello. Le tomó la barbilla con dos dedos, sin fuerza, pero con tanta seguridad que Lina se quedó quieta.

—No —dijo—. Esta vez no te voy a pedir permiso.

Ella tragó saliva. No era miedo. Era anticipación.

Al fondo, Camilo, el de los tatuajes y los lentes, estaba sentado en el diván, con una chica de piernas largas y cabello corto, que se le subía la falda cada vez que movía la pierna. No se besaban. Solo se miraban. Ella le mordía el labio inferior, y él le acariciaba el muslo, despacio, como si estuviera descubriendo algo que ya conocía. La chica susurró algo, y Camilo se rió, bajo, con esa risa que no sale de la garganta, sino del vientre.

—¿Vas a dejarla así? —preguntó alguien detrás de Lina.

Era Valentina. Con el top de encaje negro, el cabello suelto, y un anillo en el ombligo que brillaba con la luz de la vela. No era su novia. No era su amiga. Era la que siempre estaba, y siempre sabía lo que iba a pasar.

—No la voy a dejar —respondió Joaquín, sin soltar a Lina—. La voy a hacer suya.

Valentina se acercó, se puso detrás de Lina, y le deslizó los dedos por la espalda, hasta la cintura. Lina cerró los ojos. La piel le tembló.

—¿Y tú? —preguntó Valentina, bajito, casi en un susurro—. ¿Quieres que te mame?

Lina no respondió. Solo asintió, una vez, casi imperceptible.

Valentina se agachó, sin soltarla. Le bajó la falda, despacio, hasta los tobillos. Lina se quedó en ropa interior, negra, de encaje fino, con un lazo en la cadera. Nadie dijo nada. Nadie se movió. Solo se oyó el ruido de la respiración, más pesada ahora.

Joaquín se desabrochó el pantalón. No lo bajó del todo. Solo lo dejó colgar, su pito ya duro, marcado bajo la tela, como un arma que no necesita apuntar porque ya sabe dónde va a caer.

Valentina se inclinó, y su boca se posó sobre el monte de Lina. No fue brusca. No fue rápida. Fue como si estuviera probando un vino caro: primero el borde, luego el centro, luego una lengua que se metía, suave, como si estuviera buscando algo que nadie más había encontrado.

Lina gritó. No fuerte. Un gemido que se le escapó entre los dientes, como si tuviera miedo de que alguien la oyera. Pero todos estaban oyendo. Todos estaban viendo. Camilo ya no miraba a la chica de los lentes. Miraba a Lina. Y Joaquín, con los ojos entrecerrados, se metió un dedo en la boca, se lo chupó, y luego se lo metió en la vagina de Valentina, que seguía mamiendo, sin detenerse.

La chica de los lentes se levantó, se acercó a Camilo, y le quitó la camisa. Él la abrazó por la cintura, y ella le metió la mano por el pantalón, sin decir nada. Él se puso rígido. Ella le sonrió, y le susurró:

—Te voy a hacer llorar, pendejo.

Y lo hizo. Con la boca. Con la mano. Con el culo que le apretaba, despacio, como si fuera a romperlo.

Joaquín se soltó de Valentina. Se acercó a Lina. La tomó por la cintura, la levantó como si pesara nada, y la sentó sobre la mesa de madera, donde antes había botellas y vasos. Ella se abrió. Él se metió. Sin pausa. Sin preámbulo. Solo el sonido de su cuerpo entrando, lento, como si fuera a quedarse ahí para siempre.

Lina gritó, esta vez más fuerte. Valentina se levantó, se acercó, y le chupó un pecho, mientras Joaquín la embestía, con movimientos cortos, profundos, como si estuviera cavando un pozo en su interior.

Camilo y la chica ya estaban en el suelo, abrazados, él encima, ella con las piernas abiertas, con los ojos cerrados, y una mano en su propio clítoris, mientras él la mordía en el cuello.

No había palabras. Solo respiraciones, gemidos, el sonido de la piel rozándose, el crujido de la madera bajo el peso de cuerpos que ya no eran individuos, sino partes de un mismo animal.

Joaquín se detuvo. Soltó a Lina. Se levantó. Se acercó a Camilo, y le tiró el pantalón al suelo.

—Ahora te toca —dijo.

Camilo lo miró, sin entender. Joaquín se agachó, le tomó el pito, y se lo metió en la boca. No fue un beso. Fue una orden. Camilo se puso rígido, y entonces Joaquín lo miró, con esos ojos negros, y le dijo:

—Mamame, como ella te mamó a ti.

Y Camilo lo hizo. Con los ojos abiertos. Con la mirada clavada en Lina, que ahora tenía el culo en el aire, con Valentina metiéndole dos dedos, y otra mano en su pecho, apretando.

Nadie habló. Nadie se detuvo. La fiesta no había terminado. Solo empezaba.

Cuando Joaquín se corrió en la boca de Camilo, nadie se sorprendió. Cuando Lina gritó su orgasmo, con el culo temblando, nadie la detuvo. Cuando Valentina se deslizó entre las piernas de la chica de los lentes, y le chupó el clítoris hasta que gritó su nombre, nadie se fue.

Porque en ese sótano, en esa noche de Cali, no había dueños. Solo cuerpos. Solo deseo. Solo consenso.

Y cuando el sol asomó por la ventana del fondo, todos estaban dormidos, enredados, como si el mundo no existiera más que allí, entre el sudor, el vino, y el olor de la carne que había sido amada sin palabras.

Solo Lina, con la falda aún en los tobillos, se levantó, se vistió, y se fue. Sin despedirse.

Porque en esa fiesta, lo que se vivía no se decía. Se sentía. Y eso era suficiente.

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@joaquin_noche

Cuerdas, órdenes y la confianza de soltarse. Escribo dominación y sumisión consentidas, donde perder el control es ganarlo todo.

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