La fiesta del sábado en el fondo de la calle

La fiesta del sábado en el fondo de la calle

@el_anonimo ·21 de junio de 2026 · 🔥 4.8 (35) · 93 lecturas · 10 min de lectura

Yo soy el type que vive en el fondo de la calle, entre el taller de aluminio y el cajero automático medio escondido, en un depto chico, de un ambiente, con una cama que no se levanta del todo y un balcón que huele a humo y a lluvia. El sábado pasado, me enteré de que la vecina del piso de arriba, la de los ojos verdes y el pelo negro corto, iba a armar algo en su depto. No sabía qué, pero cuando pasé frente a su puerta y la escuché reír con ese tono que no es de todos los días —más agudo, más juguetón—, ya me lo imaginé. Y sí: era una fiesta. Pero no una fiesta cualquiera. Una fiesta con reglas nuevas.

Me llamó por WhatsApp a las 9:30. Yo estaba tomando un mate en la cocina, con la tele encendida en canal de noticias en voz baja. Ella escribió: *«Hoy armo un asado con amigos. Vení temprano si querés. Vos sabés que siempre tenés asado acá, ¿no?»*. Y después, como si nada: *«Y si venís, avisame qué querés traer»*. No firmó. No puso “besos” ni “abrazos”. Solo eso. Pero yo ya sabía que no era solo asado. La semana anterior, la había visto salir del supermercado con dos cajas grandes de preservativos y una botella de aceite de coco. Me había fijado porque me cruzó en la vereda, cargando más bolsas de las que necesitaba para dos personas. Y la verdad, desde hace un tiempo, cada vez que la veía, me quedaba quieto un rato en la vereda, como si el tiempo se me encogiera.

Fui a las 10 menos cuarto. Llevaba una botella de vino tinto, un pack de cervezas y una bolsa con galletitas saladas. El portón estaba abierto, como siempre en verano, y cuando subí las escaleras, escuché música. Una mezcla de cumbia villera y techno suave, como si alguien hubiera dejado dos playlists sonando al mismo tiempo en dos celulares distintos. La puerta estaba entreabierta. Una luz cálida se desbordaba por el hueco. Entré sin tocar.

Ella estaba en el medio de la sala, sentada en el piso, rodeada de almohadones, con una camiseta blanca sin mangas y shorts negros ajustados. Los pies descalzos, las uñas de los dedos pintadas de negro. Me miró nada más entrar y me sonrió como si me estuviera esperando desde siempre. *«¡Mirá quién se animó!»*, dijo, sin parar de girar la cucharita en su taza de té. Tenía frente a sí una tetera humeante y una bandeja con galletitas de agua. No había asado. Nadie cocinaba.

—¿Y el asado? —le pregunté, sentándome al lado de ella, un poco más atrás, como si me estuviera evaluando.

—¿Asá? —dijo, riendo, y me dio un codazo suave en el hombro—. Eso es lo de siempre. Hoy es otra cosa. Hoy garchamos.

No entendí al principio. Pero cuando los otros llegaron, todo se aclaró. En la casa había siete personas: cuatro mujeres y tres hombres. Dos de las mujeres eran amigas de ella, de la facultad, decían. Una de ellas era trans: alta, morena, con pechos bien formados y una voz grave que sonaba como trueno lejano. Se llamaba Lucía. Y la otra, una pelirroja de ojos verdes también, llamada Florencia. De los hombres, uno era el novio de Florencia, un type callado, de ojos oscuros y manos grandes. El otro, un tipo que se presentó como Maxi, era amigo de toda la vida de ella, según dijo, y vivía en el barrio desde chico. No tenía novia, y eso se notaba.

Fue ella quien lo organizó todo. No como si estuviera pidiendo permiso, sino como si ya lo hubiera decidido y ahora solo lo estaba compartiendo. Empezó con un círculo. Se sentaron en el piso, formando un círculo con los cuerpos hacia adentro. Nos quitamos los zapatos y nos sentamos como si estuviéramos en una reunión de yoga, pero sin los gestos suaves. Ella tomó una botella de agua con gas, la abrió, la pasó por el centro del círculo y dijo: —Este es el pacto: todos dicen sí o no, sin presión. Si alguien cambia de idea en el medio, para. Y nadie se ríe. ¿Entendido?

Nadie se rió. Nadie dijo nada. Solo asintieron. Todos. Ella me miró a mí, y yo asentí también. Porque no era solo eso: era que yo ya me lo había imaginado mil veces, desde que la conocía, y ahora estaba ahí, sentado en el piso de su depto, con las manos en las rodillas, y el corazón golpeando como si me hubieran dado un golpe en el pecho.

Empezó con lo fácil. Se levantó primero ella. Se sacó la camiseta, despacio, como si no tuviera prisa, y dejó al descubierto un body negro con encaje que no cubría mucho más que los pechos y el ombligo. Tenía los pechos medianos, redondos, con pezones rosados y duros. Se puso de pie frente al círculo, con las manos sobre las caderas, y dijo: —Voy a besar a quien me lo pida. Solo uno. El que más me miró hoy, o el que más quiso.

Fue Maxi el que se levantó. No dudó. Se puso de pie, se acercó a ella, y sin decir nada, la besó. Ella lo dejó hacer, con los ojos cerrados, y cuando él intentó meterle la lengua, ella lo detuvo con una mano en su barbilla. —No tan rápido —dijo—. Hoy no es así.

Lo besó de nuevo, más lento, y después lo empujó suavemente hacia atrás. Se sentó en el piso, con las piernas abiertas, y le hizo un gesto a Florencia: —¿Querés?

Florencia se acercó. Se sentó frente a ella, con las rodillas a los lados de la cintura de ella. Se quitó la remera, se desabrochó el sujetador y se lo sacó. Tenía pechos pequeños, apretados, y los pezones más oscuros. Se inclinó y empezó a chuparle los pechos. Ella se echó para atrás, apoyada en las manos, y cerró los ojos.

—Sí… sí, así —dijo—. Chupá fuerte.

Florencia le chupaba uno, mientras Lucía, desde atrás, le acariciaba el pelo con una mano, y luego le pasaba los dedos por el cuello, por la espalda, bajando despacio hasta la cintura. Maxi se puso de rodillas frente a ella, y con la mano abierta, le acarició el muslo, subiendo poco a poco, hasta que se detuvo justo antes de la concha.

—¿Está bien si lo hago con la lengua? —preguntó, sin tocarla aún.

Ella abrió los ojos, lo miró y dijo: —Sí. Garchame.

Maxi se inclinó. Metió la lengua entre sus labios, lento, probándola. Ella gimió, bajó las manos y le agarró la cabeza, empujándolo más adentro. Él le chupó el clítoris, lo chupó y lo lamío, y ella se estremeció. Se le cerraron los ojos, y cuando él metió dos dedos, ella gritó.

—¡Ah, sí! —dijo—. Más adentro.

Florencia siguió chupándole los pechos, y Lucía, que ya se había quitado la blusa, le pasó una mano por el vientre y bajó hasta la entrepierna. No se tocó a sí misma. Solo la ayudaba a ella, con su dedo índice, metiéndolo a su lado, los dos dedos de Maxi dentro de su concha, los pechos apretados contra el rostro de ella.

Yo estaba parado, con la botella de vino en la mano, y el pene empezando a endurecerse contra el pantalón. Ella me miró, y me dijo: —¿Querés entrar?

No dudé. Dejé la botella en el suelo, me senté a su lado, y ella me tomó de la mano. Me llevó a la habitación.

La habitación era pequeña, con una cama de matrimonio, una cómoda, y una luz de noche encendida. Ella se sentó en la cama y me dijo: —Despacio. Quiero verte.

Me desabroché la camisa, me saqué los pantalones y los boxers, y quedé de pie, con el pene tieso, sudado, la punta húmeda. Ella me miró, me palmeó el muslo y me dijo: —Acostate. Quiero verte en todo.

Me acosté. Se sentó a horcajadas sobre mí, con las manos en mi pecho, y se inclinó para besar mi cuello. Me lamía la piel, con la lengua fría, y después me mordió un pezón, fuerte. Yo le agarré la cintura, le apreté los glúteos, y ella se movió contra mí, rozando su concha con mi pene. Estaba húmeda. Muy húmeda.

—Quiero entrar —le dije.

—No corras —dijo—. Quiero que primero me lamás.

Se sentó sobre mí, pero de lado, y me puso su entrepierna en la cara. Olía a sudor, a jabón, y a algo dulce. Le separé los labios con los dedos y le lamí el clítoris. Ella gimió, se arqueó, y metí la lengua adentro, como si estuviera follando con la boca. Ella se movió más rápido, y cuando sentí que se iba a venir, me puso una mano en la cabeza y me dijo: —Vení. Ahora.

Me paré. Me coloqué frente a ella. Me puso la mano en el pene, lo apretó, lo movió un poco, y lo guió hacia su concha. Lo rozó en la punta, contra su clítoris, y después empujó, con su cuerpo, hacia abajo.

Me entró de un solo golpe.

Era apretada. Caliente. Muy caliente. Me abrazó el cuello, me mordió el hombro, y empezó a moverse. Subía y bajaba, lento, con los ojos cerrados, la boca entreabierta. Yo le agarraba las caderas, le apretaba los muslos, y cuando me dio la mano para que me sentara con ella, me giré y la puse boca abajo, sobre la cama, con las piernas abiertas, la cabeza apoyada en los brazos. Le separé los glúteos con las manos y le metí la punta del pene en el culo. Ella se estremeció.

—¿Está bien? —le pregunté.

—Sí —dijo—. Pero despacio.

Le pasé un poco de saliva en el ano, lo rozé, y después empecé a empujar. Entró poco a poco, como si fuera una llave que busca la cerradura. Ella se mordió el puño, y cuando todo entró, se quedó quieta. Yo le apreté las caderas y me quedé quieto también. Me miré la entrepierna: el pene hundido en su culo, la piel tensa alrededor.

—Ahora vení para atrás —dijo—. Quiero verte.

Me paré. Le di la espalda. Ella se puso de pie, se dio vuelta, y se sentó en la cama, con las piernas abiertas. Me puse frente a ella, tomé mi pene con la mano y empecé a follandola de nuevo, pero esta vez con ella mirándome. Se agarró los pechos, se los apretó, y cuando le dije que me mirara los ojos, ella los cerró y se vino.

Gimió fuerte. Un grito ahogado, como si le doliera. Su concha se contrajo, se encogió, y salió un chorro de agua. Yo la seguí follando, rápido, hasta que sentí que me venía yo también. Me agarré de su cadera izquierda, le clavé las uñas, y me corrió dentro. Me corrí en su vagina, con el pene apretado, y cuando terminé, ella me abrazó, me besó el cuello, y dijo: —Estuviste bueno.

Me paré, me senté al lado de ella, y me pasé la mano por la cara. Me sentía sudado, cansado, pero bien. Ella me pasó un pañuelo y me dijo: —Volvé. Ellos están ahí afuera.

Volví a la sala. Estaban todos sentados en el piso, con las bebidas vacías, y Lucía le estaba pasando un dedo a Maxi por la lengua, mientras Florencia le masajeaba la entrepierna con la mano. Me senté otra vez en el círculo. Ella me pasó una botella de agua, me dio un beso en la mejilla, y dijo: —Bienvenido a la fiesta.

No dije nada. Solo bebí, y la miré. Ella me sonrió, se levantó, y se puso de rodillas frente a mí. Me separó la bragueta, me sacó el pene, que ya empezaba a endurecerse de nuevo, y me dijo: —Ahora soy yo.

Y así pasó el resto de la noche. No recuerdo todo. Solo fragmentos: su boca, su lengua, el olor de su pelo cuando me lo tiraba para atrás, el sonido de su respiración cuando me lamía la punta, el peso de su cuerpo sobre mí, sus uñas en mi espalda, el hecho de que Florencia me tocó los testículos mientras ella me chupaba, y que Maxi me puso una mano en el pene y me dijo: *«Está buenísimo, ¿no?»*, y yo asentí, sin poder hablar.

A las 4 de la mañana, cuando todos se fueron, ella y yo nos quedamos en el piso, con las luces apagadas, los cuerpos pegados, el

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