La fiesta del penthouse
El aire del penthouse olía a sal marina, sudor limpio y el fondo dulzón del ron añejo que corría sin control. Las luces bajas, los cortinajes blancos ondeando con la brisa de la medianoche caribeña, y cinco cuerpos semidesnudos repartidos por el salón como si fueran piezas de un juego erótico ya en marcha. No había prisas, pero tampoco dudas. Todos sabían por qué estaban allí, y lo que iba a pasar.
Lucía, de treinta y dos años, piel canela y tetas firmes como mangos verdes, se recostó en el sofá largo, las piernas abiertas apenas, los dedos acariciando el interior de sus muslos. A su lado, Daniel, el anfitrión, moreno, velloso, con una polla gruesa que ya asomaba bajo el bóxer ajustado, le lamía un pezón mientras con la otra mano masajeaba sus nalgas. Ella gemía bajo, profundo, como si el placer le naciera en el coño y le subiera por la columna.
—¿Ves cómo te gusta que te toquen así? —preguntó Daniel, sin dejar de chupar.
—Sí, pero quiero más —respondió ella, con los ojos brillantes—. Quiero a todos.
Y como si hubiera dado la señal, el juego cambió. Sofía, rubia, delgada, con un culo que parecía esculpido en mármol, se acercó gateando hasta quedar frente a Lucía. Se miraron un segundo, luego se besaron. No fue un beso tierno, fue de lengua, húmedo, profundo, con mordidas suaves en los labios, con saliva que resbalaba por las barbillas. Mientras se devoraban la boca, Daniel deslizó su mano desde el culo de Lucía hasta el coño de Sofía, que ya estaba empapado.
—Joder, estás chorreando —dijo, metiéndole dos dedos sin aviso.
Sofía gimió contra la boca de Lucía, que aprovechó para bajarle una tira del bikini y chuparle un pezón rosado y duro. Daniel, entonces, se puso de pie, se bajó el bóxer y sacó su polla: gruesa, venosa, con una cabeza rojiza que palpitaba. Se acercó a Sofía por detrás, le separó las nalgas con las manos y le metió la lengua al culo. Ella arqueó la espalda, soltó un jadeo agudo, y Lucía aprovechó para chuparle el clítoris mientras Daniel le lamía el ano.
—¡Sí, así! —gritó Sofía—. ¡Los dos, joder!
Miguel, el más callado del grupo, de ojos oscuros y manos grandes, se acercó con una botella de vino en una mano y una sonrisa en los labios. Se sentó en el piso, se acomodó entre las piernas abiertas de Lucía y le lamió el coño con lentitud, como si saboreara cada pliegue. Ella echó la cabeza atrás, los pechos tensos, los pezones erectos, y empezó a mover las caderas contra su boca.
—¿Te gusta cómo te como? —preguntó Miguel, separándose un segundo.
—Sí, cabrón, no pares —respondió ella, jalándolo del pelo.
Entonces entró Elena, la nueva. Veintiocho años, pelo negro hasta la cintura, tetas grandes y naturales, ojos que prometían pecado. Se quitó el vestido de una sola pieza y quedó desnuda: un cuerpo de diosa griega, con un pubis lampiño y un coño rosado que invitaba a hundirse en él.
—¿Y yo? —preguntó, con voz ronca—. ¿Nadie me quiere probar?
Daniel se separó de Sofía, se puso de pie y se acercó a Elena. Le agarró un pecho con fuerza, le mordió el cuello, y luego le dio una nalgada que resonó en toda la habitación. Ella soltó una risa grave, sensual, y se arrodilló frente a él. Tomó su polla con una mano, la miró como si la evaluara, y luego se la metió entera en la boca. No hizo escenas, no fingió asfixia. Simplemente la tragó hasta la base, una y otra vez, con la nariz pegada a su vello púbico.
—Coño, sí… —gruñó Daniel, agarrándole el pelo.
Miguel, aún entre las piernas de Lucía, se detuvo un momento y le dijo:
—¿Quieres que te la meta?
Ella asintió con la cabeza, jadeando.
Él se paró, se quitó los calzoncillos, y mostró una polla larga, no muy gruesa, pero con una forma que parecía hecha para penetrar profundo. Se acercó a Lucía, le separó más las piernas, y le metió el glande. Ella gritó, no de dolor, sino de placer puro. Miguel empezó a moverse despacio, entrando y saliendo, mientras ella le clavaba las uñas en la espalda.
Sofía, aún excitada por la lengua de Daniel en su culo, se acercó a Elena, que seguía chupándole la polla a Daniel. Le puso una mano en la nuca, la empujó más hacia abajo, y luego se sentó sobre su cara. Elena, con la boca llena de polla, abrió los ojos, sorprendida, pero no se negó. Comenzó a lamerle el coño con furia, con ansia, mientras Daniel se corría en su boca.
—¡Trágatelo todo, zorra! —le gritó Daniel, mientras eyaculaba.
Elena obedeció. Tragó, aunque algo del semen le resbaló por la comisura del labio. Sofía, al sentir los espasmos de su clítoris contra la lengua de Elena, se corrió con fuerza, temblando, aferrándose a sus hombros.
Lucía, aún siendo penetrada por Miguel, vio la escena y se excitó aún más.
—¡Yo también quiero! —gritó.
Miguel salió de ella, aún duro. Lucía se puso de pie, se acercó a Elena, que ya se había separado, y le limpió el semen de la boca con la lengua. Luego se dio vuelta, se inclinó, y le ofreció su culo a Miguel.
—Métela por donde quieras —dijo.
Él no lo pensó. Le separó las nalgas, escupió sobre su ano, y le metió la punta. Ella gritó, pero no de dolor, sino de placer salvaje. Fue lento al principio, luego más rápido, más fuerte. Lucía movía las caderas, lo recibía todo, mientras con una mano se tocaba el clítoris.
Daniel, ya recuperado, se acercó a Sofía.
—¿Quieres más?
—Siempre —respondió ella.
Él la cargó, la llevó hasta la mesa de centro, la acostó boca arriba, y le abrió las piernas. Le metió dos dedos, luego tres, y luego su polla otra vez. Sofía gemía, gritaba, pedía más. Elena, desde el suelo, se masturbaba viéndolos. Lucía, aún siendo sodomizada por Miguel, se corrió con un grito que partió la noche.
Y así, entre jadeos, sudor, cuerpos entrelazados, orgasmos compartidos, el penthouse se convirtió en un templo del placer. No hubo turnos, no hubo reglas. Solo manos, bocas, pollas, coños, culos, lenguas, gemidos. Todo se mezcló: el vino, el sexo, el olor a sexo, el calor de la piel.
Cuando el sol empezó a asomar por el horizonte, los cinco yacían en el suelo, sudorosos, exhaustos, sonrientes. Nadie habló. No hacía falta. Lo que había pasado no necesitaba palabras.
Solo el recuerdo de cinco cuerpos que se habían entregado sin tapujos, sin vergüenza, sin límites.
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