La fiesta del patio trasero

La fiesta del patio trasero

@el_forastero ·10 de junio de 2026 · 🔥 3.9 (39) · 132 lecturas · 6 min de lectura

Yo nunca fui de las fiestas ruidosas, pero cuando me invitaron a la casa de Maribel —esa que está en el fraccionamiento Santa Elena, al final de la calle donde ya no pasa el camión de la leche—, algo en mí se movió como cuando el terremoto de 1985 sacudió la ciudad: no esperaba que durara, pero sí que cambiaría todo.

Maribel me había visto por primera vez en la taquería de don Chuy, donde trabajo los domingos por las mañanas. Ella venía con dos amigas: una pelirroja calleda y otra rubia con el pelo cortado como navaja. Me sonrió una vez, cuando le serví el taco con guacamole extra y me dijo, «gracias, pelado, tienes buena mano». No sabía entonces que «pelado» era un cumplido, ni que «buena mano» era algo que diría una mujer que ya había hecho mil cosas con sus manos.

La llamé dos días después, fingiendo que necesitaba cobrar una orden de comida que nunca existió. Me dijo: «¿Quieres venir a ver una película esta noche?». No mencionó nada de más personas. Y yo, idiota, creí que era solo una cita.

Llegué a las 9:30 p.m., con una botella de mezcal barato que me compré en el tianguis. La casa era baja, de dos niveles, con un patio trasero que parecía sacado de una novela de Carlos Fuentes: árboles de naranja agrietada, una hamaca vieja y una parrilla de concreto. Pero en vez de películas, había gente. Tres, luego cinco, luego ocho. Todos conocidos de Maribel, todos adultos, todos con esa mirada que ya sabe lo que viene.

—¡Ay, mira quién llegó! —exclamó Maribel, vestida con un vestido negro ajustado que le marcaba las curvas de la cadera y el culo como si lo hubiera diseñado el mismísimo diablo. Se acercó, me besó en la mejilla y me susurró al oído: «Hoy no vamos a ver película. Vamos a joder como si no hubiera mañana».

Y entonces apareció la pelirroja. Se llamaba Sofía. Alta, muslos fuertes, tetas grandes que colgaban un poco cuando caminaba —no por flacidez, sino por peso, por vida—. Tenía una cicatriz pequeña en la ceja izquierda y una risa que sonaba como cristal roto.

—Este es él —dijo Maribel, poniéndole la mano en el hombro a Sofía. —Sí, ya lo sabía —respondió Sofía, mirándome de pie, como evaluando si valía la pena o no. Y entonces se inclinó, me besó en la boca, y me metió la lengua hasta la garganta como si ya nos hubiéramos conocido en otra vida.

No hubo preámbulos. Hubo ganas. Maribel me tomó de la mano y me llevó al patio. Había colocado una manta grande en el suelo, con cojines y velas de soja. El aire olía a clorofila y a sudor. Una música suave de jazz mexicano sonaba desde dentro de la casa.

—Si no quieres, dilo ahora —me dijo Maribel, quitándose el vestido lentamente, como si cada pliegue fuera un suspiro. Se quedó con un sujetador de encaje negro y una falda muy corta. No se quitó nada más. —No, quiero —le dije, y le toqué la cintura, con las manos sudadas.

Ella sonrió, me empujó suavemente hacia atrás y se puso de cuatri. Me miró por encima del hombro, con los pechos colgando hacia abajo, los pezones duros como semillas de naranja. Me bajó el pantalón y el calzoncillo juntos, y me agarró la verga con la mano, frotándola lento, como si la estuviera encendiendo.

—Mira qué bien se ve tu verga —dijo—. Grande, negra, dura como una roca.

Sofía se acercó por detrás y me metió la lengua en el oído. Con la otra mano, le daba masaje a las nalgas de Maribel, apretando, estirando. Maribel se giró, me agarró la verga y se la metió en la boca. No fue suave. Fue húmeda, fuerte, con la lengua moviéndose como si estuviera limpiando un cristal roto.

—Mami, no me lo rompas —le dije, pero no era una queja. Era un gemido.

Ella me soltó y se puso de nuevo de cuatri. Me agarró de las caderas y me empujó dentro. No fue un empujón, fue una entrega. Me sentí como si me hubieran vacunado con puro placer. Maribel se dejó cargar, con la cabeza baja, los cabellos en la cara, y cuando la verga la reventó por completo, ella soltó un grito que hizo temblar las velas.

—¡Ahh, sí! ¡Me la estás cargando bien dura! —gritó.

Yo la cogía fuerte, con las manos en sus caderas, viendo cómo se movía como si la estuvieran clavando desde atrás. Su culo rebotaba contra mi vientre, sudorosa, brillante bajo la luz de las velas.

Fue entonces cuando la rubia —que se llamaba Lucía— apareció con dos vasos de mezcal. Me los entregó a mí y a Maribel. Nos los bebimos de un trago. Lucía tenía las tetas pequeñas, pero apretadas, y un ombligo con un piercing de plata. Me miró y me dijo: —¿Quieres que te chupe mientras tu novia te coge?

—¿Novia? —pregunté, entre risas. —¿O no? —dijo ella, acercándose.

No esperé respuesta. Me agarré de su cabeza y la bajé. Me chupó como si fuera un chile en vinagre: lento, ácido, con un toque de sal. Maribel, mientras tanto, seguía moviéndose, con los ojos cerrados, con la boca entreabierta, sudando como si estuviera corriendo una maratón.

Lucía se levantó, se quitó la blusa y se puso de cuatri detrás de Maribel. Me pidió que le diera un condón. Le ayudé a ponérselo, y entonces se metió en Maribel por atrás, como si ya fuera su pareja desde siempre.

Dos mujeres. Una frente a mí, chupándome la verga, otra detrás de mí, cogiendo a Maribel. Y Maribel, entre las dos, gimiendo, pidiendo más, pidiendo que le diera fuerte, que le tocase los pechos, que le mordiera la oreja.

Me deshice del condón, me limpié la verga con la camisa y me acerqué a Lucía. Le bajé la falda, le separé las nalgas y le metí la lengua en la vulva. No esperé a que me pidiera. Ya lo sabía. Ella se agarró de mi pelo y me empujó la cara contra su culo. Me lamió la lengua hasta que me temblaron las piernas.

—Sí —gimió—. ¡Sí! ¡Me la estás chupando como si fuera lo único que te queda en la vida!

Y entonces Maribel se giró, me agarró de la cabeza y me metió la verga en la boca otra vez. Me lo chupó como si me hubiera estado muriendo de ganas por una semana entera.

Al final, las tres a la vez. Maribel y yo, con las caderas golpeándose, Lucía y Sofía, una detrás de otra, mientras yo me dejaba llevar, sin pensar, sin temor, solo con la verga dura y el corazón a mil.

Me corrimos las tres al mismo tiempo. Maribel gritó mi nombre como si fuera un exorcismo. Lucía se mordió el puño para no gritar. Y Sofía… Sofía me miró a los ojos y me dijo: —Hoy te chingamos bien. Y yo, con la verga still en su vulva, le respondí: —Sí, chinguenme de nuevo.

Nunca volví a la taquería de don Chuy los domingos. Me cambiaron de turno. Pero cada vez que paso por esa calle, sigo sintiendo el calor de ese patio trasero, las voces de tres mujeres que me cogieron como si no hubiera un mañana, y yo, el pelado del taco, que aprendió que el placer más fuerte no está en estar solo, sino en dejarse llevar.

¿Qué tanto te calentó?

3.9 · 39 votos
Reportar
Compartir

¿Te masturbaste con el relato?

0se masturbaron con este relato

¿Te masturbaste con el relato?

@el_forastero

Llego, observo y me tomo mi tiempo. La seducción no tiene prisa; el buen relato tampoco. Ambientes, miradas, lo que se cocina lento.

También en Orgías

Más de @el_forastero

Ver autor →