La fiesta del cuarto piso

La fiesta del cuarto piso

@valeria_storm ·5 de junio de 2026 · ★ 4.1 (17) · 175 lecturas · 4 min de lectura

El ascensor subió con un gemido metálico y yo apreté el botón del cuarto piso con el pulgar sudado. La música bajaba por los pasillos como un latido sordo: techno, bajo profundo, ritmo que se te clavaba en las vértebras. Ya conocía el lugar —un loft改造ado por un artista que no usaba nombres— pero nunca había estado en una orgía. Hoy era distinto. Hoy iba a entrar sin filter, sin excusas, con el body ya calentito y la mente despejada.

La puerta estaba entreabierta. Un hombre alto, de cabello rizado y pecho peludo, me sonrió sin decir nada y me hizo pasar. El aire olía a incienso, sudor y algo más: aceite de sésamo, quizás, o el dulzón de la cera de vela derretida. En el centro del loft, un colchón gigante, sin sábanas, apenas iluminado por velas de candelabros de hierro forjado. Había gente. No mucha: siete, ocho personas, entre hombres y mujeres, todas en ropa interior o nada. Alguien estaba lamiendo el cuello de una mujer sentada sobre las rodillas de otro. La mujer me miró. Ojos oscuros, labios húmedos, una sonrisa que decía *ya te quería*.

—Hola, Valeria —dijo una voz detrás mío. Era Leo, con quien había chateado tres días en una app de encuentros abiertos. Tenía los antebrazos tatuados con constelaciones y una cicatriz de afeitado en la mandíbula. Me tomó de la muñeca y me acercó al colchón. —Te esperaba.

No hubo presentaciones formales. Solo miradas, manos que se deslizaban, besos cortos y rápidos, como si el tiempo se les acabara. Leo me desabrochó el blazer, me sacó la camisa, y me puso las manos frías en los pechos. Me apretó los pezones con dos dedos, primero suave, luego más fuerte, hasta que sentí el calor subirme a la cara. Me incliné y besé su cuello, sentí su pulso acelerado bajo la piel.

—Quiero verte dentro de mí —dijo la mujer que me había sonreído antes. Se llamaba Sofía. Se quitó el sujetador y se puso de rodillas frente a mí, con las piernas separadas. Me agarró de la cintura y me empujó hacia su vagina. Ya estaba mojada. El calor me quemó los dedos cuando los introduje. Estaba húmeda, caliente, con una textura suave y tersa. Le separé los labios con el pulgar y vi su clítoris, hinchado, brillante, pulsando al ritmo de la música.

Leo me empujó hacia atrás y se puso entre mis piernas. Me abrió las rodillas con las suyas y se lubricó con mi propia humedad. Me miró a los ojos mientras se metía. Un largo grito me salió de la garganta cuando el pene grueso me abrió por completo. Me sujetó las caderas con fuerza y empezó a entrar y salir, lento, profundo, hasta que sentí su pelvis pegada a la mía.

Sofía se acercó y me lamía el pecho, los pezones, el estómago. Me mordió un pezón y yo grité. Leo se detuvo un segundo, se sacudió, y se giró. Me agarró de la nuca y me obligó a bajar. Me puse de rodillas frente a Sofía y le metí la lengua dentro. Ya estaba corriendo, sabía que se venía. Le pasé los dedos por la vulva y le tocé el punto G. Gimió, se arqueó, y empezó a correrse: espasmos rápidos, su cuerpo temblaba, su respiración se cortaba.

Leo me jaló de nuevo y se volvió a meter. Esta vez más rápido. Me agarró del pelo y me lo sacudió, entrando y saliendo con fuerza. Yo lo sentía todo: la punta golpeándome el fondo, el roce de sus pelvis, el sonido de su respiración agitada.

Entonces, un hombre con lentes y tatuajes en los dedos se acercó. Me tomó la barbilla y me besó en la boca mientras Leo seguía metiéndose en mí. Me lamía los labios, me mordía la lengua, y con la otra mano me masajeaba el perineo. Yo me sentía llena: de pene, de lengua, de manos, de calor.

Leo se corrió dentro de mí con un gruñido. Yo lo sentí como un latigazo, como un trueno que me recorrió la columna y me hizo temblar. Me dejó caer sobre el colchón y Sofía se puso sobre mí. Se lubricó con el líquido que me salía y se sentó. Me clavó sus uñas en los muslos y empezó a subir y bajar, girando ligeramente las caderas. Yo la sostuve por las caderas y la empujé hacia atrás.

Me Vine otra vez. Fuerte. Sin previa, sin advertencia. Un orgasmo que me sacudió los dientes y me hizo cerrar los ojos.

Leo me besó la frente. Sofía se dejó caer sobre mi pecho, sudorosa, agotada.

La música seguía. Las velas seguían. Y yo, con el cuerpo abierto, con la piel ardiendo, con la boca llena de saliva y el pecho lleno de risa.

No dije nada. Solo sonreí.

Y la fiesta continuó.

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