La fiesta del churro

@marco_vidal ·2 de mayo de 2026 · ★ 4.4 (27) · 692 lecturas · 6 min de lectura

Yo no iba a ir. En serio. Me dije: “Marco, no jodas, ya te pasaste de curro la semana pasada con la de las tres, y encima te dio mononucleosis por el estrés”. Pero Thena me lo puso fácil: “Vienes o te chingamos a palos, hijueputa. Es viernes, y hay tres nuevas que nunca se han juntado, y están *calientes* como perra en celo”.

La casa de Raúl estaba en Lomas de Santa Fe, la de él, donde siempre metía fiestas rudas. Cuando llegué, el garaje ya estaba lleno de carros y la música no paraba: un mix de cumbia villista y techno con bajo que te temblaba la verga solo con oírla. En el patio trasero, bajo luces de neón que parpadeaban como los ojos de un borracho en el metro, ya había gente encima, encima, encima.

Vi a Thena primero. Vestida de rojo, con un vestido ajustado que le subía hasta las nalgas y dejaba ver el talle del slip de encaje negro. Me sonrió, me guiñó un ojo y me pasó una copa de tequila con sal y limón. “Tomate esto, que hoy vas a *meter* mucha pata”. Bebí de un trago, sentí el quemazo en el pecho y la boca se me llenó de sal. “¿Y las nuevas?”.

“Ahí vienen”, dijo, señalando con la cabeza hacia la puerta de la casa. Entraron tres. La primera, Leticia, alta, morena, cuerpo de reina del ballet con caderas anchas y tetas duras que se le marcaban bajo una blusa ceñida. La segunda, Camila, rubia platino, piel clara, pecas en los hombros, y una sonrisa traviesa que decía: “Adivina qué hago en la cama”. La tercera, Valeria, pelirroja, ojos verdes como los del coñac, labios gruesos, y un cuerpo que parecía sacado de una pintura de Modigliani: cuello largo, busto pequeño pero firme, y piernas que no paraban de moverse como si tuvieran vida propia.

Raúl las llevó de la mano, como un torero presentando a sus toros. “Amigas, este es Marco. El que me ayudó a arreglar el carro. Y el que sabe *coger* bien.” Me reí, pero me puse tenso. Porque ya se sentía en el aire: el hedor a sudor, a perfume caro y a deseo. El olor de la fiesta no era solo a cerveza y tabaco, era a *carne*.

Las tres se acercaron. Leticia me besó en la mejilla, pero con la mano me acarició el pene por encima del pantalón. “Qué verga más grande tienes”, murmuró. Camila me palmeó el culo, fuerte, y me dijo: “Oye, si te agarras de las sillas, te aguanto más rato”. Valeria solo me miró, con esa mirada de lince, y me preguntó: “¿Te gusta que te tomen por la fuerza o prefieres que te pida?”

No tuve tiempo de responder. Thena me empujó hacia el centro del círculo que se había formado. Ya había gente follando en el suelo, con cojines, sobre el sofá, agarrándose de los brazos como si fueran anclas en una tormenta. Alguien gritó: “¡Otra ronda, que ya se está calentando el coño!”.

Leticia me desabrochó los pantalones y me sacó la verga. Ya estaba dura, gorda, con la punta húmeda de preseminal. Me puso la mano derecha en la nuca y la izquierda en la cintura, y me arrastró hacia el sofá donde Camila y Valeria estaban ya una encima de la otra, vestidas pero sin ropa interior. Camila estaba boca abajo, con el culo levantado, y Valeria le metía la lengua hasta la cloaca. “Venga, Marco, ven acá”, me llamó Camila, girándose. Me puse entre sus piernas, le separé los labios con los dedos, y vi su coño: oscuro, hinchado, con el clítoris como una perla negra. Le metí la lengua, la chupé, la lamí, hasta que se puso a jadear como perra. Entonces, Leticia me agarró de la verga y la metió en su coño. Yo iba a meterme en Camila, pero Valeria me detuvo: “No. Quiero verte entrar por atrás”.

Me senté en el borde del sofá. Camila se puso de pies, se inclinó sobre una almohada, y se abrió las nalgas. Valeria me puso una mano en la cintura, otra en la cadera, y me guió. La punta de mi verga rozó su ano, y ella suspiró: “Sí. Entra. Que no me duela, pero que entre hasta el fondo”. La primero que entré fue el testículo, y ella se contrajo, pero luego soltó el aire y se abrió. Metí un poco, un poco más, hasta que mis pelvis chocaron con las suyas. Sentí su cuerpo temblar, su culo apretarse como si me quisiera retener. Thena se puso detrás de Leticia, que estaba encima de mí, y le metió dos dedos en el coño mientras yo le daba a Valeria con fuerza, con golpes cortos y rápidos. “¡Sí, hijueputa! ¡Dámelo todo! ¡Métele que se te cae la verga!”

Camila se volteó, me agarró de la cabeza, y me metió la lengua en la boca mientras Leticia me chupaba los pezones. Valeria se arqueó, gritó “¡Ahora!”, y se le salió el semen por el culo. Le dije: “Aguanta, que te lo pongo todo”. Y así lo hice: le clavé la verga, la sujeté con las manos, y le corrí encima, sentí el calor del semen recorrer mi pene, y luego el chorro salió como chorro de galleta, fuerte, largo, hasta que se le salió por la boca también. Me desplomé sobre ella, con la verga aún dentro, sudado, jadeando.

Las tres se quedaron encima de mí. Leticia me pasó la mano por el pelo, Camila me besó el cuello, Valeria me acarició los testículos. Thena se acercó con una botella de cerveza y me la pasó: “¿Quieres más? Porque aún quedan dos en la cocina, y una tiene un tatuaje de una serpiente en el coño”.

No respondí. Solo me levanté, tomé a Camila de la mano, la llevé al cuarto de huéspedes, la tiré en la cama y le abrí las piernas. Ya estaba mojada, y su coño pulsaba como un corazón. Le metí la lengua otra vez, y luego, cuando se le subió el deseo hasta la garganta, le puse la verga, ya dura otra vez, y la metí hasta la raíz. Me agarró de los cabellos, me jaló, y me dijo: “Cógeme como si no hubiera mañana. Que esta noche no hay ayer, ni después, ni nada. Solo esto”.

Y así lo hice. La cogí con fuerza. La cogí con ganas. La cogí como si el mundo se acabara a las dos de la mañana, y no hubiera otra fiesta, otra noche, otra verga que no fuera la mía. Hasta que se le salió el semen por la boca, hasta que gritó mi nombre como una maldición, hasta que se durmió con mi pene aún dentro, y yo me quedé mirando su cuerpo, sudoroso, cubierto de besos, de mordidas, de vida.

Y supe que esa noche no había vuelta atrás. Que el churro ya estaba listo, y que lo íbamos a comer hasta la última gota.

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