La fiesta de los vecinos de arriba

La fiesta de los vecinos de arriba

@valeria_storm ·22 de junio de 2026 · 🔥 4.4 (40) · 303 lecturas · 4 min de lectura

La música latía fuerte desde el piso de arriba, ese ritmo que no dejaba dormir, pero hoy no les importaba. Valeria, con su top de encaje negro y jeans ajustados, subió las escaleras de la casa de dos niveles donde vivía desde hacía dos años. Había aceptado la invitación de sus vecinos de arriba —una extraña combinación de casualidad y deseo no dicho— para una cena íntima que prometía “algo diferente”.

Abrió la puerta con una sonrisa nerviosa. El aroma a aguacate y tequila flotaba en el aire. En la sala, bajo la luz tenue de las velas, estaba Mateo, el hermano de su vecina, alto, musculoso, con un tatuaje de una serpiente en el antebrazo izquierdo que se movía con cada gesto. Y al lado de él, Leticia, su vecina de arriba, con el pelo recogido en un moño deshecho, blusa transparente sobre un body negro que dejaba ver la curva de sus nalgas al moverse.

—Te estaba esperando —dijo Mateo, acercándose con dos copas de margarita—. Leticia dijo que eras… *fuerte*.

—Sí, claro —rió ella, tomando la copa—. A ver si aguanto tu tequila y su charla.

Leticia se acercó, con una mano en la cintura y la otra jugueteando con el cuello del vaso. Tenía labios húmedos, pestañas largas, y una sonrisa que prometía travesura. Valeria sintió el primer tirón en el estómago, ese calor que se activa cuando sabes que algo va a pasar.

—¿Te gusta la música fuerte? —preguntó ella mientras se sentaba en el sofá, cruzando las piernas con naturalidad.

—Depende —dijo Mateo, sentándose a su lado, demasiado cerca—. ¿Te gusta que te agarren fuerte, o prefieres que te cariñen hasta que grites?

Valeria bebió un trago largo, sintiendo cómo el frío de la copa contrastaba con el calor que ya le subía por las venas. No respondió con palabras. Se inclinó hacia adelante, dejó la copa en la mesa, y con una lentitud deliberada, desabrochó el primer botón de su blusa.

Leticia soltó una risita baja, excitada ya por la tensión. Se puso de pie, se acercó detrás de Valeria y le pasó las manos por los brazos, bajando hasta sus manos.

—Me encanta cómo se pone roja —murmuró—. Pero no te preocupes, aquí no hay quién juzgue. Solo queremos *coger* sin pensarlo.

Mateo se levantó entonces, se acercó por el otro lado, y con los dedos le levantó la barbilla. Valeria alzó la vista: sus ojos estaban oscuros, dilatados. Él se inclinó, besó su cuello, lamió una línea de sal y sudor hasta su oreja.

—¿Te gusta que te toquemos al mismo tiempo? —susurró.

Ella asintió, sin atreverse a hablar. Leticia le desabrochó la blusa entera, dejando al descubierto el sujetador de encaje negro. Mateo pasó las manos por su cintura, bajó hasta sus muslos, y subió las manos de nuevo, frotando con fuerza sus pechos a través de la tela.

—Dime qué quieres —le pidió Leticia mientras le quitaba el sujetador, revelando pechos pequeños pero firmes, con pezones duros y oscuros.

—Quiero… —respiró— quiero sentir sus bocas, sus manos… todo.

Mateo la empujó suavemente hacia atrás sobre el sofá. Leticia se arrodilló entre sus piernas, le separó los muslos y le pasó la lengua por el interior del muslo. Valeria gimió, arqueando la espalda. Mateo se quitó la camisa, se arrodilló frente a ella, y con una mano le tomó la rodilla, la otra le acarició el muslo interno hasta tocar el borde de su calcetín.

—¿Tú sabes qué me gustaría? —dijo Mateo—. Que Leticia me chupe mientras te hago entrar en ti con dos dedos.

—Sí —gimió Valeria—. Sí, chinguenme.

Leticia se levantó, se acercó a Mateo y se puso de rodillas frente a él, sin decir nada, solo abrió la bragueta y sacó su verga, ya dura y gruesa. Se la llevó a la boca con una lentitud que quemaba. Valeria los observaba, sintiendo cómo su propia humedad empapaba el jeans.

—Ven —le dijo Leticia, apartándose un poco—. Siéntate aquí.

La ayudó a quitarse los jeans y la ropa interior. Quedó desnuda sobre el sofá, piernas abiertas, pechos subiendo y bajando con la respiración acelerada. Mateo se sentó a su lado, con una mano en su cadera, la otra untando un poco de lubricante en dos dedos.

—¿Estás lista? —preguntó.

—Chinga ya —dijo Valeria—. No me hagas esperar.

Mateo metió los dedos. Ella gritó. Leticia, que ya lo había hecho, subió y empezó a chuparle el pene con fuerza, con la mano apretando su testículo.

Valeria se arqueó, los dedos de Mateo entrando y saliendo, estirando su interior, buscando algo que ya sentía que iba a explotar. Mateo se inclinó, besó su cuello, le mordió el lóbulo de la oreja.

—¿Quieres mi verga dentro? —musitó.

—Sí. Chinga mi culo, chinga mi coño, chinga todo.

Él se levantó, se posicionó entre sus piernas. Leticia, ya con la boca libre, le ayudó a ponerse un condón.

—Ahora

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Sin esperar a mañana. Encuentros casuales, deseo inmediato, esa urgencia de quererlo todo ya. Escribo el ahora.

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