La entrenadora me pidió que le obedeciera

@paula_invierno ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

Nunca imaginé que algo así me pasaría un martes cualquiera. Yo, que apenas si levantaba polvo en el gimnasio, sudando la gota gorda en la caminadora como si la vida me fuera en ello, tratando de no mirarla demasiado. Ella, con esos leggings negros que le quedaban como segunda piel, el pelo recogido en una coleta alta, los brazos cruzados y esa mirada fría, de hielo y fuego al mismo tiempo. Se llamaba Valeria, y era la instructora de CrossFit. Alta, atlética, con un culo que parecía esculpido en piedra, y una voz que te entraba por la oreja y te bajaba hasta el ombligo como un escalofrío.

—Tú —dijo un día, sin mirarme a los ojos—. Ven acá.

Yo tragué saliva. Estaba en la zona de pesas, intentando levantar unas mancuernas que apenas dominaba. Me señaló con el dedo índice, como si fuera un perro que había que corregir.

—Hoy te quedas después. Quiero verte hacer los ejercicios completos. Sin excusas.

Asentí, mudo. No supe si me había elegido por malo o por algo más. Pero el tono no admitía réplica. Esa noche, cuando todos se fueron, ella todavía estaba allí, en el ring de boxeo, golpeando el saco con una fuerza que me asustaba y me excitaba al mismo tiempo.

—Cierra la puerta —dijo, sin dejar de moverse.

Obedecí. El eco de sus puñetazos rebotaba en las paredes vacías. Cuando terminó, se quitó los guantes despacio, se sentó en una banca y me miró.

—¿Sabes por qué te hice quedarte?

Negué con la cabeza.

—Porque te miro todos los días —dijo—, y veo cómo me miras. No como los otros. Tú no me miras el cuerpo. Me miras el poder. Y eso… me gusta.

Sentí un nudo en la garganta. No supe qué decir.

—Quítate la camiseta —ordenó.

Lo hice. Me quedé en calzoncillos. Ella se levantó, caminó hacia mí, despacio, como si midiera cada paso. Me puso una mano en el pecho, bajó hasta el cinto.

—¿Tienes idea de lo que es obedecer? De verdad obedecer —preguntó.

—No —dije—. Pero quiero aprender.

Sonrió. Una sonrisa pequeña, apenas un leve movimiento en sus labios.

—Bien. Entonces arrodíllate.

Lo hice. Me arrodillé frente a ella, en el suelo frío del gimnasio, con las luces bajas y el olor a sudor y goma flotando en el aire. Me desabrochó el cinto, bajó el pantalón, y sacó mi pito, que ya estaba duro, palpitando.

—No vas a hablar —dijo—, a menos que yo te lo diga. No vas a moverte sin permiso. Y si te portas bien… quizás te deje correrte.

Bajó la cabeza y me tomó en la boca. Su lengua era cálida, precisa, como si conociera cada centímetro de mí. Mordió suave, luego fuerte, luego otra vez suave. Yo gemí, pero ella me puso una mano en el pecho y me empujó hacia atrás.

—No. Aún no.

Se levantó, se quitó la camiseta, dejando al descubierto unos pechos pequeños pero firmes, con los pezones erguidos. Luego se bajó los leggings, quedándose solo en tanga. Su culo era redondo, prieto, como dos mitones de cuero negro. Me miró.

—Ahora tú. Mírame. Admírame. Dime lo que ves.

—Eres… rica —dije—. Bien rica.

—¿Y qué más?

—Tu culo… está bien parado. Como si no le hubiera pasado el tiempo.

Sonrió otra vez.

—Gracias. Ahora, ven. Ponte detrás de mí.

Me acerqué. Me indicó que le besara la espalda, el cuello, los hombros. Lo hice con cuidado, con devoción. Ella se estremeció un poco, pero no dijo nada. Luego se agachó un poco, se inclinó hacia adelante, y me mostró su culo.

—Tócame —dijo—. Pero solo con los dedos.

Metí uno, luego dos. Estaba mojada, caliente, como si hubiera estado esperando eso todo el día. Moví los dedos despacio, sintiendo cómo se contraía.

—Más fuerte —ordenó.

Aumenté el ritmo. Ella gemía bajo, como si no quisiera que nadie la escuchara, aunque estábamos solos.

—Ahora —dijo—, quítame la tanga.

Lo hice. Se quedó desnuda, de espaldas, con las piernas separadas. Me miró por encima del hombro.

—¿Quieres mamar?

—Sí —dije—. Mucho.

—Hazlo. Pero no muerdas. No te pases. Y si te digo que pares, paras.

Me arrodillé otra vez. Acercó su coño a mi boca. Empecé a lamer, primero suave, luego más profundo. Sabía salado, dulce, como si hubiera estado entrenando para esto. Gemía, se movía un poco, pero no me empujaba.

—Para —dijo de pronto.

Paré. Me miró, respirando agitada.

—Eres bueno —dijo—. Pero no es suficiente.

Sacó una cuerda del bolso. No era cualquier cuerda. Era de seda, negra.

—He querido hacer esto contigo desde que te vi la primera vez —dijo—. No por sadismo. Por deseo. Por necesidad. ¿Estás de acuerdo?

—Sí —dije—. Totalmente.

Me ató las manos a la espalda, con nudos firmes pero no dolorosos. Luego me hizo caminar hasta una barra fija que colgaba del techo. Me amarró allí, con los brazos por encima de la cabeza.

—Ahora —dijo—, no vas a correr. No vas a escapar. Vas a sentir todo.

Sacó un látigo pequeño, de cuero. No lo usó en mi espalda, sino en mis muslos, en las nalgas. No fuerte, pero sí con intención. Cada golpe me hacía estremecer, pero no de dolor, sino de placer. Sentía el cuerpo en llamas.

—¿Te gusta? —preguntó.

—Sí —dije—. Mucho.

—Dilo bien. Dime que eres mío.

—Soy tuyo —dije—. Todo tuyo.

Se acercó, me besó en la boca, profundo, con lengua, con dominio. Luego bajó, me tomó el pito con la mano, lo masajeó despacio, hasta que estuve a punto de correrme.

—No —dijo—. Aún no.

Se subió encima de mí, aún amarrado, y se sentó sobre mi pito. Entró despacio, como si estuviera midiendo cada centímetro. Gemí. Ella también.

—Así —dijo—. Así nomás.

Empezó a moverse, lento, rítmico. Cada vez más rápido. Yo no podía hacer nada, solo sentir. Sentía su calor, su sudor, el roce de su piel contra la mía.

—Mírame —dijo—. Mírame mientras me corro.

Y lo hice. La vi cerrar los ojos, apretar los dientes, gemir bajo. Se corrió encima de mí, temblando, apretando. Y entonces, ella me soltó. Me desató, me dejó libre.

—Ahora —dijo—, correte.

Y me corrí, allí mismo, en el suelo, como un animal, como un esclavo, como un hombre que por fin había encontrado lo que buscaba sin saberlo.

Nos quedamos un rato en silencio. Ella me acarició el pelo, me besó la frente.

—Mañana —dijo—, a la misma hora.

Asentí. No dije nada. No hacía falta. Ya éramos uno. Y el deseo, ese deseo contenido, por fin había encontrado su forma.

También en: DominaciónFetichismo

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