La entrenadora me pidió que le enseñara a correr
Yo nunca busqué que pasara. Pero cuando sucedió, supe que no podía detenerlo. Y tampoco quise.
Fue en enero, hace ya unos meses. El calor en la ciudad era una losa que caía desde el cielo blanco del mediodía. Yo salía del trabajo, como todos los días, y bajaba por la avenida principal, camino a casa. Había empezado a correr por obligación: el médico me lo recomendó por el estrés, por la presión alta. Al principio era un suplicio, los pulmones quemaban, las piernas pesaban como bloques. Pero con el tiempo, el cuerpo cedió. Empecé a disfrutarlo. A necesitarlo.
Una mañana, la vi. Ella corría delante de mí, con una camiseta ajustada que marcaba cada curva de su espalda, el trasero firme bajo un short negro que apenas cubría la mitad de sus muslos. Corría mal. Descoordinada. Los brazos en ángulo incorrecto, el paso corto, el torso rígido. No avanzaba, solo se castigaba.
La seguí durante días. Siempre a la misma hora. Siempre igual. Hasta que un viernes, se detuvo. Jadeaba. Sudaba. Se detuvo junto a una banca, se agachó con las manos en las rodillas, el pelo pegado a la nuca, el cuello arqueado. Me miró.
—¿Siempre me sigues o es casualidad?
No mentí.
—No es casualidad.
Sonrió. No ofendida. No asustada. Como si lo supiera.
—Entonces dime… ¿qué hago mal?
Me acerqué. Le toqué el hombro. Bajé la mano por su espalda, hasta la cintura del short.
—Todo.
Se estremeció. No se alejó.
—Enséñame.
—¿En serio?
—Sí. Pero no aquí. Ven a mi casa. Mañana. A las ocho.
No pregunté por qué. No necesitaba razones.
Llegué puntual. Abrió la puerta con una bata corta de seda roja, atada floja. No llevaba nada debajo. Lo supe al instante. El pecho se le marcaba entero, los pezones duros bajo la tela. Me dejó pasar. El aire olía a vainilla y sudor fresco.
—¿Por dónde empezamos? —preguntó.
—Por quitarte eso.
Se desató la bata. Cayó al suelo. Desnuda. Completa. Pecho alto, marcado por el ejercicio, pero suave al tacto. Cintura estrecha, caderas anchas, muslos gruesos y fuertes. Una mujer hecha para moverse. Para ser dominada.
—Date vuelta —le ordené.
Lo hizo. Vi su espalda, el hoyuelo de la columna, el comienzo de las nalgas. Bajé la mirada. El vello del pubis, recortado en línea fina. Un triángulo oscuro, húmedo ya.
—¿Estás mojada?
—Desde que te vi la primera vez.
Me acerqué. La tomé por la cintura. Pegué mi cuerpo al suyo. Sentí su trasero contra mi pija, dura ya bajo el pantalón.
—Voy a corregirte —le dije al oído—. Paso a paso.
Se estremeció. Pero no se alejó. Se apretó más.
—Sí… corrígeme.
La llevé al sofá. Le hice ponerse a cuatro patas. Le separé las piernas con la rodilla. Vi su coño, hinchado, brillante. La abrí con los dedos. Entré con uno. Luego con dos. Gimió. Profundo. Largo.
—Así no se corre —le dije—. Así se espera.
—¿Esperar?
—A que te den lo que necesitas.
—¿Y qué necesito?
—Esto.
Saqué los dedos. Me quité el pantalón. Saqué mi pija. Dura, gruesa, con la punta húmeda. Se la puse entre las nalgas. Arriba y abajo. Rozando su culo, su agujero, su coño.
—Dime que la quieres.
—Sí… quiero tu pija.
—¿Dónde?
—En mi boca.
—No.
—En mi coño.
—No.
—Entonces… ¿en el culo?
Sonreí.
—No. Quiero que digas que la quieres en tu culo.
Se quedó quieta. Solo respiraba fuerte.
—Quiero… que me la metas en el culo.
—¿Cómo?
—Por el culo… por favor.
Me paré. Le di una nalgada fuerte. Roja. Marcada. Gritó. Pero se abrió más.
—Otra vez.
—Por favor… mete tu pija en mi culo.
—¿Y qué harás?
—Lo que digas. Lo que quieras.
—Bien.
Fui al baño. Traje crema. Me unté bien la punta. Volví. Me puse detrás. Le abrí el culo con las manos. Vi el agujero pequeño, rosado, temblando.
—Relájate —dije—. O duele.
Entré con el dedo. Luego con dos. Hasta que cedió. Hasta que jadeó de placer.
—Ahora yo.
Acomodé la punta. Empujé. Un poco. Resistió. Empujé más. Gritó. Pero no se movió. Fue cediendo. Centímetro a centímetro. Hasta que entré entero.
—¡Dios! —gritó.
—Calla. No te muevas.
Estaba dentro. Completo. Profundo. Caliente. Muy apretado. Sentía cada latido de su culo en mi pija.
—¿Duele?
—No… duele… duele… pero me gusta.
—Bien. Porque esto no ha empezado.
Comencé a moverme. Lento. Fuerte. Entraba y salía, hasta el fondo. Cada empujón la hacía gemir más. Le tomé el pelo. Le jalé la cabeza hacia atrás.
—Dime quién te la mete.
—Tú… tú me la metes.
—¿Dónde?
—En el culo… me la metes en el culo.
—¿Quién soy?
—Mi entrenador… mi dueño.
—Bien.
Aceleré. Más fuerte. Más rápido. Su culo se abría más. Su coño chorreaba. Me detuve. Saqué la pija. Le di la vuelta. Quedó boca arriba, las piernas abiertas, el culo marcado por mis dedos, por mi pija.
—Ahora te voy a follar el coño.
—Sí… por favor.
Entré sin preámbulos. Fuerte. Hasta el fondo. Gritó. Pero se aferró a mis brazos. Comencé a joderla. Con fuerza. Con dominio. Cada empujón hacía que sus tetas saltaran. Le tomé el cuello. Le hablé bajo.
—Este coño es mío. Este culo es mío. Tú eres mía.
—Sí… soy tuya.
—¿Y si vuelves a correr mal?
—Me castigarás.
—¿Cómo?
—Como ahora… me meterás la pija… me usarás como quieras.
—Exacto.
Sentí que se acercaba. Su coño se cerró. Gritó. Se corrió. Fuerte. Violento. Tembló entera. Yo seguí. Hasta que no pude más.
—Mírame —le dije.
Abrió los ojos.
—Voy a correrme dentro del culo.
—Sí… hazlo.
Salí de su coño. La puse boca abajo. Le separé el culo. Entré de nuevo. Dos, tres empujones. Y exploté. Dentro. Caliente. Fuerte. Llené su culo de leche.
Cayó. Yo sobre ella. Sudor, sexo, piel.
—Mañana —dije— a las ocho. Te espero.
No preguntó. Solo asintió.
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