La empleada doméstica y los zapatos de tacón
La casa era un viejo caserón de San Ángel, con pisos de cantera, techos altos y cortinas de seda que olían a perfume viejo. La señora Adriana, viuda desde hacía dos años, vivía sola, salvo por la empleada que llegaba tres veces por semana: Guadalupe, una mestiza menuda de caderas anchas y manos ágiles, que barría, planchaba y limpiaba los cristales con una precisión que a Adriana le encendía el coño sin que lo dijera.
Ese viernes, a las cuatro de la tarde, el sol entraba en diagonal por los ventanales del salón, dorando el polvo que flotaba en el aire. Guadalupe, de rodillas sobre la alfombra persa, frotaba con esmero un vaso de cristal que había caído en la sala. Llevaba falda corta de uniforme, calcetines altos y zapatos negros de suela blanda. Pero no eran esos los que Adriana quería.
—Levántate, Lupita —dijo la señora, desde su butaca de terciopelo, con la voz baja, como si estuviera por confesar un pecado.
Guadalupe se puso de pie, con las mejillas levemente sonrojadas.
—Sí, señora.
—Quítate los zapatos.
La empleada obedeció sin chistar, descalzándose con cuidado, dejando al descubierto sus pies pequeños, con uñas pintadas de rojo oscuro. Pero Adriana no miraba los pies. Miraba sus nalgas, redondas y prietas bajo la tela del uniforme.
—Ahora ponte los que están en el segundo cajón del buró. Los de tacón alto, negros, de charol.
Guadalupe parpadeó, pero no preguntó. Fue al cuarto de la señora, abrió el cajón y sacó los zapatos. Eran de aguja fina, brillantes, con un lazo pequeño en el empeine. Se los puso frente al espejo, ajustándose los dedos. El tacón la elevaba unos diez centímetros, estirando sus pantorrillas, marcando la curva de sus muslos.
—Voltea —ordenó Adriana.
Guadalupe giró lentamente. La falda se le subió un poco, dejando ver el encaje blanco del borde de sus bragas.
—Date vuelta otra vez. Camina hasta el fondo de la sala y regresa.
La empleada obedeció. Cada paso era un balanceo de caderas, un crujido del charol contra el piso de madera. El taconeo era como un metrónomo del deseo. Adriana, con la mano derecha dentro del vestido, se pellizcaba el clítoris por encima de la tela de encaje.
—Quítate la falda —dijo, sin levantar la voz.
Guadalupe la desabrochó y la dejó caer. Quedó en bragas y zapatos. Su culo era firme, redondo, con una hendidura profunda que Adriana quería lamer.
—Agáchate. Tócate las nalgas.
La empleada obedeció. Se inclinó, separó sus nalgas con las manos y mostró el hoyo oscuro del culo, pequeño y apretado.
—¿Te gusta usar mis zapatos? —preguntó la señora.
—Sí, señora —respondió Guadalupe, sin levantar la vista.
—¿Te mojas con ellos puestos?
—Sí, señora. Me moja verlos, sentirlos… saber que son suyos.
Adriana se levantó. Fue hacia ella. Le puso una mano en la nuca y la obligó a seguir agachada.
—Hoy vas a chingar con mis zapatos. Pero no con tu coño. Con tu boca.
Se desabrochó el vestido, se lo quitó, se sacó el sostén. Sus tetas, grandes y caídas, colgaban como frutas maduras. Luego se deshizo de las bragas. Su coño era oscuro, con labios gruesos y húmedos, el vello recortado en forma de triángulo perfecto.
—Lame —ordenó.
Guadalupe se acercó, con los tacones clavándose en la alfombra. Abrió la boca y empezó a lamer, lento, desde el culo hasta el coño. Adriana gemía, con la cabeza echada hacia atrás, los dedos enterrados en el pelo de la empleada.
—Más fuerte. Chupa. Chupa como si fuera tu dueña. Porque lo soy.
Guadalupe hundió la lengua, lamió los labios, succionó el clítoris con avidez. Adriana se corrió con un grito corto, temblando de pies a cabeza.
—Ahora ponte de rodillas. Y no te quites los zapatos —dijo, jadeando.
Guadalupe obedeció. Adriana fue al buró, sacó un consolador negro, largo y grueso. Lo lubricó con saliva y con el jugo de su propio coño.
—Ábreme las nalgas —ordenó.
La empleada lo hizo. Adriana se inclinó, apuntó el consolador al hoyo de su culo y lo metió de un empujón. Guadalupe gritó, pero no se movió. El consolador entró entero, centímetro a centímetro, hasta que los huevos de goma tocaron su piel.
—Ahora, muévete. Coge con mis zapatos. Coge como puta.
Y Guadalupe empezó a menearse, con el consolador clavado en el culo, los tacones marcando el ritmo en la alfombra, el sudor bajándole por la espalda. Adriana, desde atrás, le sostenía las caderas y le decía al oído:
—Así, mi negra. Así se coge una esclava. Con mis zapatos, con mi juguete, con mi orden.
Y
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