La danza del fuego lento

@el_forastero ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 7 min de lectura

Me acordé de ella la semana pasada, mientras lavaba los vasos y el agua se me enfría en los dedos. No fue un recuerdo cualquiera: fue un estremecimiento que subió desde la base de la columna y se detuvo en la nuca, como una descarga eléctrica que olvidé tener. Se llamaba Lucía. No su nombre real —me lo dijo en voz baja, casi un susurro, pero con la lengua pegada al paladar, como si cada sílaba fuera un paso al borde del precipicio—. Yo la llamaba *la Fuego*, porque así era: no explotaba, no gritaba; ardía con una calma que te hacía temblar.

Nos conocimos en un bar de Palermo Hollywood, un lugar viejo y polvoriento, con mesas de madera que crujían como huesos bajo el peso de los años. Ella estaba sentada sola, con un vaso de vino tinto medio vacío y los codos apoyados en la madera, los dedos dibujando círculos en la superficie. Tenía el pelo negro, suelto, con mechas doradas que el sol del verano había pintado de punta, como si el fuego mismo la hubiera besado. Y los ojos: color miel hervida, con un brillo que no era solo luz, sino algo más profundo, algo que me obligaba a fijarme.

—¿Podés sentarte? —le pregunté, sin mirarla directo, pero sintiendo su mirada sobre mí como una mano.

Ella no respondió de inmediato. Me miró de arriba abajo, despacio, como si me estuviera leyendo con las yemas de los ojos. Luego, con una sonrisa que no llegaba hasta la boca, sino que se quedaba jugando en el ángulo de sus cejas, dijo:

—Si querés, claro. Pero avisá: soy mala compañía. Me gusta que me garchen como si no hubiera mañana, y luego me encanta despertar sin saber si fue sueño o realidad.

Me reí, sí, pero no de forma ligera. Fue una risa que se me quedó en la garganta, que me hizo tragar saliva con fuerza. Me senté. El movimiento fue pausado, como si el aire se hubiera vuelto espeso, como si cada paso que daba fuera un compromiso.

Pasamos dos horas hablando de todo y de nada: del olor de la lluvia en la ciudad, de las canciones que no se atreven a salir por la radio, de los sueños que uno guarda en el fondo del baúl, debajo de la ropa sucia. Ella tenía una voz grave, ronca, como si hubiera cantado demasiado en las noches de verano. Hablaba con las manos: las movía poco, pero con intención, como si cada gesto fuera una nota musical.

—¿Viste cómo me miraste cuando entré? —me preguntó, de golpe. Tenía los codos en la mesa, las palmas hacia arriba, como si me estuviera pidiendo algo.

—Te miré como te mira uno cuando sabe que algo va a cambiar —respondí, y lo dije sin pensar, pero con claridad.

Ella inclinó la cabeza, como si lo estuviera asimilando. Luego, con la punta del dedo índice, me rozó el dorso de la mano. Un roce apenas, pero me hizo contraer el estómago, como si me hubieran dado un puñetazo suave en el vientre.

—Yo no creía en las casualidades —dijo—. Hasta que vos entraste y me miraste a los ojos sin pedir nada. Solo miraste. Y eso me gustó más que mil palabras.

Salimos a la calle cuando el cielo ya se había vuelto violeta, con las primeras luces de las farolas encendidas. Caminamos sin rumbo por las calles de Recoleta, con la brisa del Río de la Plata pegándonos a la piel. Ella llevaba un vestido ligero, de seda negra, que le pegaba a la cadera y se abría en la entrepierna con cada paso que daba. Yo no paraba de mirarla, sí, pero no por deseo inmediato: era como si estuviera aprendiendo su forma, como si cada curva fuera un versículo que tenía que memorizar para recitarlo después, en voz baja, cuando nadie más escuchara.

Llegamos a su casa en un edificio viejo, con un ascensor que chirriaba como un gato en celo. No dijo nada mientras subíamos los escalones. Solo me tomó de la muñeca cuando llegamos al piso, y me acercó al oído:

—Sos el primero que entra acá sin que yo te lo pida. Si te arrepentís, decilo ahora. No me ofendo. Me duele más que uno se vaya con dudas.

Le tomé la mano, la besé en el dorso, y le dije:

—Yo no me arrepiento de nada que me haga sentir que aún soy capaz de querer. Ni siquiera de esta manera.

Ella sonrió, esta vez con la boca entera, y me tiró de la manga hasta adentro.

Su casa era un caos ordenado: libros por todos lados, plantas que crecían sin control, una cama gigante con sábanas blancas que parecían nevadas, apenas desordenadas. No prendió luces. Encendió una vela de soja con aroma a vainilla y sal marina, y la dejó sobre la mesa de luz, a pocos centímetros de donde caería mi sombra.

Nos sentamos en el suelo, con las espaldas apoyadas en la pared. Ella se sacó las zapatillas y me pidió que le masajeara los pies. No era una orden: era una confesión. Me miró mientras le apretaba los arcos con los pulgares, y su respiración se volvió más lenta, más profunda.

—Sos bueno con las manos —dijo, cerrando los ojos—. No es que me guste que me toquen así. Es que me gusta que me toques *así*. Es diferente.

Le quité el vestido lentamente, como si fuera un pergamino antiguo que no quería romper. Cada movimiento era deliberado, como si el tiempo se hubiera vuelto un aliado. Cuando quedó sola, en ropa interior, me sentó sobre sus rodillas y me miró a los ojos mientras me desabotonaba los pantalones.

—Voy a acostarme boca abajo —dijo—. Quiero que me garchés desde atrás, pero sin prisa. Quiero que me recites tu nombre cada vez que me toques. Quiero que me digas que soy linda, aunque sepas que no lo soy. Quiero que me digas que soy tuya, aunque sepas que no es verdad.

Me puse detrás de ella, con las rodillas hundidas en el colchón, y le pasé las manos por la espalda, sintiendo la curva de sus riñones, el hueco de su cintura, la suavidad de su piel. Le besé el cuello, despacio, y luego la oreja, y luego la nuca, hasta que sentí su respiración entrecortada.

—Lucía —le dije—. Te quiero ver cuando te garche. Quiero que me mires a los ojos cuando te toque la concha, cuando te abra con los dedos, cuando te meta la lengua hasta que te tiemble la entrepierna.

Ella se giró de golpe, me tomó la cara entre las manos y me besó con fuerza, con los dientes, con la lengua que me pidió entrar. Luego, con una sonrisa traviesa, se volvió boca abajo otra vez, y me dijo:

—Vamos a jugar un rato. Si tecorrés primero, me dejás que te garche como me dé la gana. Si yo me corro primero, vos me dejás que te lama hasta que te duela el pene.

Me reí, pero fue una risa rota, de las que no salen de la garganta, sino del centro del cuerpo.

—Acepto.

Fue un juego, sí, pero no de los que uno juega por ganar. Fue un juego de paciencia, de espera, de tensión que se enrolla como una serpiente alrededor de la columna. Le besé los muslos, le pasé la lengua por la entrepierna, le abrí la concha con los dedos y la hice temblar con un ritmo que le pidió que me siga, que me cantara lo que sentía.

—Sí —susurró, cuando le metí un dedo—. Sí, así… más lento… que no me vaya a faltar el aire.

La toqué con ternura, con cuidado, pero también con una necesidad que no podía negar. Le lamí el clítoris hasta que se arqueó, hasta que gritó mi nombre como una plegaria. Luego me giró de nuevo, me tomó el pene en la mano, lo frotó contra su concha húmeda, y me dijo:

—Ahora soy yo la que te garcha. Y no voy a ser amable.

Lo hizo lento. Muy lento. Me senté en la cama, con las piernas abiertas, y ella se sentó sobre mí, con las manos apoyadas en mi pecho, y bajó poco a poco hasta que me tuvo todo adentro. Me miró a los ojos mientras se movía, y cada vez que bajaba, sus pestañas se cerraban como alas de mariposa, y cada vez que subía, me mordía el labio, como si se estuviera guardando algo.

—Decime qué sentís —me pidió.

—Siento que te estoy garchando aunque vos lo estés haciendo —respondí, y fue la verdad más honesta que me ha salido de la boca en mucho tiempo.

Se corrió con una sonrisa en los labios, con los ojos cerrados, con las uñas clavadas en mis hombros. Yo la seg

También en: RománticoConfesiones

¿Te ha gustado? Valóralo

0.0 · 0 votos
Reportar
Compartir

También en Poesía erótica