La Danza del Agua
3 minLa Danza del Agua
El calor de junio se arrastraba por las paredes de vidrio del estudio de baile, húmedo y denso, como un aliento que no se atreve a exhalar. En el centro del salón, entre espejos empañados por la respiración y el movimiento, Lucía se movía con una lentitud que dolía. Vestía una camiseta de algodón gris, empapada en la base, y pantalones de tela oscura que le ceñían las caderas con una suavidad casi íntima. No era una danza técnica; era una invocación.
Julián la observaba desde la escalera de madera, apoyado en el pasamanos, los codos doblados, los dedos hundidos en el calor del maderamen. Llevaba una camisa blanca con las mangas enrolladas hasta los codos, el cuello abierto, y el reloj de pulsera que siempre usaba —de placa dorada, con una grieta en el cristal— marcaba las 19:42. Había llegado temprano esa noche, como hacía cada martes, pero esta vez había algo distinto: una tensión en la mandíbula, una respiración que no era del todo natural.
—¿Por qué no te sientas? —dijo Lucía, sin detenerse, sin mirarlo. Su voz era un hilo tenso, casi un susurro, pero con fuerza suficiente para cruzar los metros que los separaban.
—Porque me gusta verte esperar —respondió él, y la palabra *esperar* se quedó colgando en el aire, como una nota que no termina de caer.
Lucía giró sobre sí misma, despacio, y por fin lo miró. Sus ojos, oscuros y húmedos como el asfalto bajo la lluvia, se clavaron en los de él. No era una mirada de desafío, ni de coqueteo. Era una invitación silenciosa, como cuando el agua se detiene un instante antes de caer por el borde del vaso.
—Hoy no es un martes —dijo él, y por primera vez dio un paso hacia adelante.
—Lo sé —respondió ella—. Pero el agua no espera a que el reloj diga la hora exacta para fluir.
Lucía avanzó hacia él, sin prisa, los pies descalzos rozando el suelo como si temiera hacer ruido. Llegó hasta él, lo suficientemente cerca para que él sintiera el calor que desprendía su piel, para que notara el ligero temblor en sus manos, los dedos que se curvaban ligeramente hacia adentro, como si fueran a rozarlo y se hubieran retraído por un instante de duda.
—¿Y si el agua se detiene? —preguntó él, bajando la voz, casi un susurro ahora sí.
—Nunca se detiene del todo —contestó ella, y por fin levantó la mano. No lo tocó. Solo rozó con la yema de los dedos la línea de su mandíbula, con una ligereza que hacía daño por la contención.—. Solo necesita un empujón.
Su respiración cambió entonces. Un leve entrecorte, como si la sangre hubiera subido más rápido de lo previsto. Julián no se inmutó. Solo la miró, fijamente, con los ojos entrecerrados, con la promesa de lo que vendría escrita en la curva de sus cejas.
Lucía bajó la mano. Pero no se retiró. En su lugar, tomó una esquina de su propia camiseta y, con un movimiento lento, la atrajo hacia afuera, dejando al descubierto la curva de su hombro, el inicio de su clavícula, la sombra que marcaba donde el algodón terminaba y la piel comenzaba.
—¿Qué esperas? —preguntó, esta vez con una sonrisa que no llegaba a los ojos, pero sí a su voz, como una nota que se mantiene en vibración.
Julián no respondió con palabras. En cambio, levantó su propia mano, lentamente, como quien acerca una antorcha a la mecha. Y cuando sus dedos rozaron la piel expuesta de Lucía, no fue un roce casual. Fue un acto de confirmación. De reconocimiento. De deseo que no grita, pero que no calla.
El agua, en efecto, no esperaba.
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Cuento desde adentro, en voz baja. Lo que una piensa, lo que una calla, lo que una termina haciendo cuando nadie mira.