La danza de los espejos
7 minLa danza de los espejos
La primera vez que vi a Clara con los ojos cerrados, sentí que el tiempo se detenía. No era la primera vez que la veía, claro: llevábamos meses cruzando miradas en las fiestas de amigos comunes, intercambiando sonrisas vagas, frases cortas que nunca llegaban a profundizar. Pero aquella noche, en el balcón del penthouse, con la ciudad latiendo bajo nosotros como un motor de diesel lejano, ella se giró hacia mí, se quitó los lentes oscuros y me dijo, sin sonreír, sin titubear: *“¿Quieres jugar?”* Y yo, sin saber bien por qué —quizás por el vino tinto que aún me embriagaba las venas, quizás por la forma en que el aire nocturno le acariciaba la nuca—, asentí.
Era una casa de cristal y madera oscura, con suelos pulidos que reflejaban todo: los rostros, los cuerpos, los gestos. No había espejos en las paredes, pero el reflejo lo era todo: en los ventanales, en la bañera de acrílico vacía en la habitación de invitados, en la lámina de mármol del escritorio. Todo era superficie transparente, todo era posible.
Clara se acercó lentamente, como si cada paso fuera una nota musical que eligiera deliberadamente. Llevaba un vestido negro de tirantes finos, sin espalda, que se ajustaba a su cintura con una cinta de satén negro. El cabello, castaño con reflejos de miel bajo la luz tenue del balcón, le cubría parcialmente una oreja. Me tendió la mano.
—Toma —dijo—. Esto es lo que te toca.
Era una tarjeta de plástico, blanca, con un número y una letra: *A-4*. Al otro lado de la baranda, junto a la chimenea apagada, estaba él: Lucas, su marido, con los codos apoyados en el respaldo de una silla, observándonos. No con celo, no con ansiedad. Con atención. Con confianza.
—No es un juego de posesión —dijo Clara, bajando la voz—. Es un juego de elección. Tú eliges a quién quieres tocar. Nosotras elegimos a quién queremos sentir.
Lucas se levantó. Caminó hacia nosotros con pasos largos, seguros. Llevaba una camisa blanca abierta hasta el ombligo, sin corbata. Se detuvo frente a mí, me tendió su tarjeta: *M-2*.
—Ustedes deciden cómo empieza —dijo—. Pero una vez que empieza, no hay arrepentimientos. Solo sensaciones.
Clara me tomó de la muñeca y me llevó hacia la escalera. Subimos en silencio, el sonido de nuestras pisadas ecoando en el hueco vacío. En el segundo piso, una puerta entreabierta dejaba escapar una luz cálida. Dentro, una habitación pequeña: paredes de corcho, una cama baja sin cabecera, una lámpara de pie con pantalla de tela roja. En el centro, una mesa baja con dos copas, una botella de vino blanco y una caja de madera abierta: dentro, guantes de seda negra, un pañuelo de seda verde, un collar de perlas con un cierre de plata.
—Espera aquí —dijo Clara, soltando mi mano.
Lucas entró detrás de ella, cerró la puerta con un clic suave. Ella se volvió hacia mí, me pidió que me quitara la chaqueta, luego la camisa, sin mirar a Lucas. Lo hizo con lentitud, como si cada botón fuera un acorde que desenrollara con cuidado. Cuando quedé en camiseta, ella me ofreció el pañuelo verde.
—Tápate los ojos. Y mantén las manos a la espalda.
Lo hice. El tejido era suave, fresco, y en cuanto lo ajusté, la luz desapareció. Solo quedaba el calor de mi piel, el olor a vino y a perfume de Clara —jazmín y ambarino—, y el sonido de sus pasos, cada vez más cerca.
Me tocaron al mismo tiempo. Una mano en el pecho, firme, con el pulgar rozando el pezón. Otra en la cintura, deslizándose hacia abajo. Lucas y Clara, juntos, como si llevaran años practicando este dueto. Clara me susurró al oído:
—Lucas te está mirando. Y yo también.
Sentí su aliento, cálido, húmedo. Luego, el rozamiento de la tela de su vestido contra mi brazo mientras se inclinaba. Su boca, por primera vez, no era una suposición: era real, húmeda, cálida. Besándome el cuello, con una suavidad que no pedía permiso, pero tampoco lo exigía. Solo estaba allí, presente, decidida.
Lucas me quitó el pañuelo.
Me encontré con sus dos miradas. Clara, con los ojos entrecerrados, una sonrisa apenas perceptible en los labios. Lucas, con las manos en los bolsillos, observándonos como si fuéramos un cuadro que acabara de descubrir.
—Ahora —dijo Clara—, tú eliges. A quién quieres besar.
Me volví hacia Lucas. No con timidez, sino con una curiosidad que había estado esperando este instante. Me acerqué, y cuando mis labios encontraron los suyos, no hubo sorpresa, solo una resonancia profunda, como si hubiéramos compartido respiración antes de conocernos. Su barba rozó mi mejilla, su lengua encontró la mía con una pausa, como para confirmar que sí, que esto era correcto.
Clara se sentó en la cama, cruzó las piernas, y se quitó los zapatos con un movimiento fluido. Me separé de Lucas, y ella me tomó de la mano, tirando con suavidad.
—Siéntate entre nosotros.
Lo hice. Sentado en el borde de la cama, entre ellos. Clara apoyó su cabeza en mi hombro, Lucas puso su mano sobre mi muslo. Sus dedos se entrelazaron con los míos, y luego Clara tomó mi mano libre y la llevó a su muslo, bajo el vestido. La piel allí era suave, tibia, con un leve sudor que olía a sal y a noche.
—¿Te gusta sentirnos juntos? —preguntó Lucas.
Asentí. No con palabras, sino con la presión de mi mano, con la inclinación de mi cabeza.
—Entonces sigue.
Clara se levantó, desató la cinta de satén en su cintura. El vestido se deslizó por sus caderas como una ola que se retira. Debajo, solo un subtítulo de encaje negro, que dejaba ver la curva de sus riñones, el arco de su espalda. Se giró lentamente, permitiéndome ver todo: el reflejo de su cuerpo en el espejo del armario, el leve temblor en sus hombros, la forma en que sus pechos se inclinaban hacia adelante sin esfuerzo, como si su peso estuviera bien distribuido.
Lucas se quitó la camisa. No se desabotonó con prisa, sino con intención. Cada botón era una decisión. Su torso era atlético, sin exceso de músculo, con marcas sutiles de cicatrices antiguas —una en el costado, otra en el antebrazo—. Me miró mientras se quitaba los pantalones, y en sus ojos no había desafío, ni provocación, sino una invitación: *¿Ves? Esto es lo que ofrezco. Lo que somos.*
Clara volvió a acercarse, esta vez con el collar de perlas en la mano. Me puso las perlas en el cuello, una por una, con los dedos fríos. Luego, con un gesto que me hizo temblar, me envolvió la nuca con la cuerda de perlas y tiró suavemente, pidiéndome que levantara la cabeza.
—Lucas —dijo—, tú puedes tocarlo ahora.
Lucas se acercó detrás de mí. Sus manos, primero titubeadas, luego seguras, comenzaron a recorrer mi espalda, bajando por las curvas de mi columna, rozando la base de mis costillas, subiendo de nuevo. Y mientras lo hacía, Clara me besó de nuevo, lenta, con los ojos cerrados, con los labios entreabiertos, como si cada beso fuera una promesa que no necesitaba ser dicha.
No hubo prisa. No hubo obligaciones. Solo el intercambio: de manos, de miradas, de respiraciones. Clara me quitó el collar, y yo lo pasé a Lucas, como una señal de que el turno era recíproco. Entonces, Clara se sentó en mis piernas, con las piernas separadas a cada lado de mi cintura, y Lucas, de rodillas frente a mí, comenzó a desabotonarme los pantalones con una lentitud que era, en sí misma, una caricia.
No hubo vergüenza. Solo presencia.
Y cuando al fin nos unimos, no fue con fuerza, sino con una ternura que no esperaba encontrar en ese escenario. Clara entre mis brazos, Lucas en el suelo, con su boca cerca de mi piel, con sus ojos abiertos, observando, escuchando, recordando.
No fue una noche de desenfreno. Fue una noche de descubrimiento: no solo de cuerpos, sino de confianzas. De decisiones compartidas. De silencios que decían más que mil palabras.
Al amanecer, Clara y yo seguimos en la cama, envueltos en una manta, mientras Lucas dormía en el sofá
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