La curva que no perdona
4 minLa curva que no perdona
La luz del garaje parpadeaba con un zumbido tenue mientras Camila ajustaba la llave inglesa sobre el motor de la moto. Su camiseta ajustada se pegaba al pecho, el sudor marcando los contornos de los pezones endurecidos bajo el tejido. A sus 32 años, había aprendido a moverse con soltura en espacios de hombres: mecánica, motos, ruido. Pero esa noche no era por trabajo. Era por él.
—¿Todavía estás aquí? —dijo Leo, apoyado en el marco de la puerta, con los ojos fijos en su trasero redondo, cubierto por los jeans rotos.
Camila no se volteó de inmediato. Dejó la llave sobre la banca, se limpió las manos en el trapo y se giró lentamente, sabiendo exactamente qué vería en su mirada: deseo puro, directo, sin prejuicios. Leo tenía 29, era rubio, musculoso, y se acostaba con mujeres como quien come helado en verano: sin pensarlo dos veces. Pero no con cualquiera. Con ella sí.
—Sí —respondió, sin quitarle los ojos de encima—. Me quedé a arreglar la cadena.
Leo dio un paso adentro. El olor a aceite, sudor y perfume masculino se mezcló con el de su colonia. No dijo nada más. Solo la miró hasta que ella se quitó la camiseta, dejando al descubierto los pechos pequeños pero firmes, los pezones rosados y hinchados por el calor del garaje. Leo tragó saliva, bajó la vista a su entrepierna, donde los jeans se tensaban visiblemente.
—¿Vas a seguir con esa pantomima? —preguntó él, acercándose hasta que sus vientres se rozaron.
—¿Qué pantomima? —Camila sonrió, le quitó la camisa y le desabrochó el cinturón con un movimiento suave pero seguro—. Ya sabes qué quiero de ti.
Leo no necesitaba más invitación. La empujó contra la banca de trabajo, levantándole una pierna para que se envolviera en su cintura. Su pene, ya duro y gordo, palpitó contra el pubis de ella, rozando su clítoris hinchado a través del tejido de sus bóxers. Camila gimió, bajando la mano al interior de sus pantalones, sacándolo de golpe: 18 centímetros de carne morena, la cabeza ancha, la vena prominente corriendo por todo el largo.
—Mierda —susurró Leo—. Estás más caliente que ayer.
—Siempre lo estoy cuando me miras así —respondió ella, agarrándolo por la base y frotándolo contra su coño ya empapado. El tacto de su piel contra la suya era electricidad. Se inclinó y lamió su pezón, mordiéndolo con suavidad mientras con la otra mano lo empujaba hacia adentro, hasta la raíz, con un movimiento brusco que los hizo estremecer a los dos.
Leo jadeó, clavándole las uñas en la espalda mientras la penetraba con una fuerza que no pedía permiso. Camila arqueó la espalda, dejándolo entrar hasta el fondo, sintiendo cómo su pene le rellenaba el coño, estirándola, golpeando su punto G con cada sacudida. No había timidez. Solo calor, sudor y el sonido de su carne chocando.
—Dime qué quieres —exigió Leo, sujetándole la cintura con fuerza, clavándose dentro con ritmo feroz.
—Más. Más adentro. Que me rompas el fondo —respondió ella, mordiéndole el hombro mientras su propia excitación chorreaba por sus muslos y manchaba la ropa de Leo.
Él no tuvo más paciencia. La agarró por las caderas y la levantó, metiéndola de nuevo, esta vez con la punta de su pene rozando su ano, preparándose para el doble. Camila lo sabía. Lo había planeado. Se mordió el labio, asintió con un gesto y se abrió con dos dedos, permitiéndole entrar en ella, lento, hasta que su piel rozó la suya.
El primer golpe fue brutal. Leo gemía, sudaba, su pene se hundía en su vagina mientras su dedo presionaba su clítoris. Camila gritó, el sonido agudo, descontrolado, mientras su cuerpo se convulsionaba, su coño apretándose como un puño alrededor de él. Leo la sujetó con una mano, la otra apretando su propio pene mientras la empalagaba de nuevo, más fuerte, más rápido, hasta que su pubis golpeaba el suyo, hasta que el garaje se llenó de gemidos, de olor a sexo y sal.
Se corrió dentro de ella con un gruñido gutural, vaciándose en tres latidos profundos, mientras Camila lo apretaba con sus piernas, con su coño, con su garganta, hasta que ambos quedaron jadeando, pegados, sudados, llenos el uno del otro.
—Otra vez —dijo Camila, sonriendo con los labios hinchados.
Leo no dudó. La volteó, le separó las nalgas y se lubricó con su propia humedad antes de meterse en su ano, una vez, dos, tres… hasta que ella le pidió que le diera todo.
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