La curandera del monte
Yo nunca creí en esas cosas. Ni brujerías, ni espantos, ni guías espirituales. Para mí, todo era pura paja mental de gente aburrida que quería sentirse especial. Hasta esa noche en que me perdí en el camino a San Miguel, cuando el carro se me ahogó entre los caminos de terracería y la lluvia no paraba de caer como si el cielo se hubiera partido.
No tenía señal, el motor no prendía y el frío empezaba a calarme los huesos. Apenas eran las ocho, pero allá arriba, entre los pinos y la neblina, parecía media noche. Fue entonces cuando vi una luz tenue entre los árboles. Una casa de troncos, vieja pero bien cuidada, con un corral de gallinas y un perro flaco que ni siquiera ladró cuando me acerqué.
Toqué la puerta. No hubo respuesta. Volví a tocar, más fuerte.
—¿Hola? ¿Hay alguien? Me quedé varado, nomás quiero usar el teléfono…
La puerta se abrió sola. Entonces apareció ella.
Llevaba un vestido largo de manta, color tierra, sin zapatos. Piel morena clara, pelo negro hasta la cintura, ojos que brillaban como si tuvieran fuego adentro. No dijo nada al principio. Solo me miró, de arriba abajo, como si pudiera ver más allá de la ropa, más allá de la piel.
—Pasa —dijo al fin, con voz grave, lenta—. Ya te estaban esperando.
—¿Qué? ¿Quién…?
—El monte —dijo—. Y yo. Yo soy Lucía.
Entré. La casa olía a hierbas, a humo, a algo dulce que no supe identificar. Había veladoras encendidas, figuras de santos, ramas colgadas del techo. Ella se movía como si flotara, sin prisa, como si el tiempo allá dentro no contara.
—Te vas a quedar aquí esta noche —me dijo, sin preguntar—. El camino está mojado, el río creció. No puedes seguir.
—Pero mi carro…
—Mañana lo arreglamos. Ahora lo que necesitas es calma. Y un baño de hierbas.
—¿Un qué?
—Un baño —repitió—. Para que te limpies. Traes muchas cosas encima. Miedo, coraje, deseo atorado… todo eso pesa.
No supe qué decir. Solo asentí. No por creerle, sino porque algo en su mirada me hacía obedecer sin cuestionar.
Me dio una tina de madera al fondo de la casa, detrás de una cortina de cuentas. El agua ya estaba caliente, con hojas flotando, un olor fuerte de romero y ruda.
—Quítate todo —dijo—. Yo te ayudo.
Empecé a desvestirme, despacio. Ella no se inmutó. Me miró con una tranquilidad que no era fría, sino… profunda. Como si ya hubiera visto mil cuerpos, mil vergas, mil culos, y nada le sorprendiera.
Cuando estuve desnudo, me metió las manos en el agua, me indicó que entrara. El calor me subió por las piernas como un abrazo. Ella se arrodilló a un lado, tomó una jícara y empezó a echarme agua sobre los hombros.
—Cierra los ojos —dijo—. Deja que el monte te escuche.
Su voz me hizo estremecer. No era magia, no era brujería. Era algo más antiguo: presencia. Y deseo. Porque sí, aunque no lo creas, empecé a sentir cómo se me paraba el pedazo de carne entre las piernas. Y ella lo notó.
—Ahí está —dijo, sin vergüenza—. Lo que llevas adentro.
—No puedo evitarlo —dije, avergonzado.
—No tienes que evitarlo —respondió—. Aquí no hay pecado. Solo verdad.
Sus manos empezaron a moverse. Primero por mis espaldas, con jabón de ceniza y hierbas. Luego bajaron, suaves, por la cintura, por las nalgas. Me masajeó con una lentitud que me volvía loco. Sentía su aliento en la nuca, sus dedos recorriendo la línea de mi culo, rozando apenas.
—¿Tienes mujer? —preguntó.
—No. Ahorita no.
—¿Y deseo?
—Claro que sí —dije—. ¿Tú no?
Ella sonrió. Una sonrisa que no era burla, sino complicidad.
—Claro que sí —repitió—. Pero el deseo no es pecado. Es poder.
Se paró, se quitó el vestido. No llevaba nada debajo. Su cuerpo era fuerte, de caderas anchas, senos caídos pero firmes, piel que brillaba con la luz de las velas. No era joven, no era vieja. Era tiempo. Era monte.
Se metió en la tina conmigo. El agua se movió, me mojó la cara. Ella se sentó sobre mis piernas, de frente, con su culo desnudo sobre mis muslos. Sentí su calor, su humedad. No dijo nada. Solo me miró.
—¿Puedo? —pregunté.
—Haz lo que tu cuerpo diga —respondió.
La besé. Fue un beso lento, húmedo, con sabor a sal y a tierra mojada. Sus labios eran gruesos, su lengua fuerte. Me agarró la verga con una mano y empezó a moverla, despacio, como si estuviera ordeñando leche.
—Te quiero dentro —dijo—. Pero primero, que el monte lo bendiga.
Se paró, salió de la tina, se acostó en una estera al lado. Yo la seguí. Me arrodillé entre sus piernas. Ella abrió las piernas como si fuera a dar a luz. Vi su coño, oscuro, húmedo, con pelos rizados como si fueran raíces. Me acerqué, le besé los muslos, luego el sexo. Empecé a chuparla con ansia, con hambre. Ella gemía bajo, como un animal contento.
—Así… así… —decía—. No pares.
Chupé más, le metí la lengua, le mordí el clítoris. Sentí cómo se humedecía más, cómo temblaba. Hasta que gritó, fuerte, como un aullido del monte. Yo seguía, sin parar, hasta que se corrió con fuerza, mojándome la cara.
Entonces me jaló.
—Ahora tú —dijo—. Métela.
Me paré, me subí sobre ella. Mi verga, dura como piedra, buscó la entrada. Entró sin resistencia, como si ya me conociera. Ella gritó de nuevo, pero de placer.
—¡Sí! ¡Así, cabrón! ¡Cógeme! —gritó.
Y empecé a moverme. Lento al principio, luego más fuerte. Su culo rebotaba en la estera, sus tetas saltaban. Le agarré las nalgas, se las separé, y entré más hondo. Ella me arañó la espalda, me mordió el hombro.
—No pares… no pares… —decía—. ¡Más! ¡Más!
Y yo le di más. Le di todo. Sentía cómo su cuerpo se ajustaba al mío, cómo su coño me apretaba como si no quisiera soltarme. Hasta que sentí el calor subir, el deseo explotar. Grité, y me vine dentro de ella, con fuerza, con todo.
Nos quedamos así, juntos, sudorosos, respirando juntos. Ella me acarició el pelo.
—Ya estás limpio —dijo—. El monte te escuchó.
No dije nada. Solo la abracé. Y por primera vez en años, me sentí en paz.
A la mañana, el carro prendió al primer intento. Ella no salió a despedirme. Solo dejó una bolsita de tela en el asiento.
Dentro, hierbas. Y una nota: *“No olvides lo que sabes.”*
No he vuelto a verla. Pero a veces, cuando estoy solo, cierro los ojos… y siento su boca, su coño, su voz grave diciéndome: *“Haz lo que tu cuerpo diga.”*
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