La cumbia de las vecinas
En el barrio de La Ladera, donde el sol cae a plomo y el calor se pega al cuerpo como una segunda ropa, dos mujeres se miraron por encima de la cerca de guadua por primera vez sin disimulo. Lulú, de tetas grandes y culo prieto, llevaba un vestido corto de algodón que se le subía con cada ráfaga de viento. Sandra, más delgada, con piernas largas y una mirada que no perdonaba, le devolvió el gesto con una sonrisa que decía más que mil palabras. Desde ese día, la cercanía empezó a hervir.
—¿Y qué, vecina? ¿Otra vez sola en la tarde? —dijo Lulú, apoyada en la madera, el tono juguetón pero con hambre escondida.
—Sola no, si vos estás al otro lao —respondió Sandra, mordiéndose el labio inferior.
Se reían, pero el aire entre ellas ya no era el mismo. Ya no era solo saludo de pasillo ni preguntas por el perro del vecino. Había algo más, algo que se les escapaba en los ojos, en cómo se miraban cuando creían que la otra no veía.
Un viernes, con el cielo encendido en naranja y el barrio adormecido por la siesta, Lulú fue a casa de Sandra con una botella de aguardiente y una excusa barata: “¿Me ayudas a leer el recibo de la luz?”.
Sandra abrió la puerta en shorts y brasier, el pelo mojado por la ducha reciente. Olía a coco y a sudor dulce. Lulú sintió un calambre en la panocha al verla.
—Pasá, vecina, que el recibo no se va a leer solo —dijo Sandra, burlona, cerrando la puerta tras ella.
Sentadas en el sofá, con el aguardiente quemando garganta y coño, las piernas empezaron a rozarse. Una rodilla aquí, una mano allá. Hasta que Sandra, sin aviso, le puso la palma en la rodilla a Lulú y empezó a subir despacio, como si estuviera probando suerte.
—¿Y eso pa’ dónde va? —preguntó Lulú, aunque ya sabía.
—Donde vos me dejes —respondió Sandra, con voz ronca.
Y subió. Llegó al muslo, luego al borde del short. Lulú abrió las piernas un poco, como diciendo: “sígueme”. Sandra no necesitó más. Metió la mano por debajo de la tela, encontró la panocha húmeda, ya lista, y le dio un apretón fuerte.
—¡Ay, hijueputa! —gritó Lulú, sorprendida pero encantada.
—Calla, que te oyen los vecinos —dijo Sandra, acercándose, y le metió la lengua a la boca.
El beso fue profundo, húmedo, con ganas de años. Se mordieron los labios, se enredaron las lenguas. Sandra le bajó el short a Lulú de un jalón, dejando al descubierto una panocha peluda, hinchada, brillante de deseo. Se arrodilló ahí mismo, en la sala, y le dio el primer lametazo desde abajo hacia arriba, lento, como quien prueba un manjar.
—¡Qué rico, carajo! —gimió Lulú, echando la cabeza atrás.
Sandra no paró. Le abrió los cachetes con los dedos y se metió la panocha entera, chupando, mordiendo, lamiendo como si fuera su última comida. Lulú se agarró del sofá, las piernas le temblaban. El aguardiente, el calor, el deseo acumulado… todo se juntaba en un solo punto: esa lengua que le raspaba el clítoris como un pito pequeño pero feroz.
—No pares, no pares, hijueputa, ¡qué rico me estás haciendo! —gritó, con voz quebrada.
Sandra levantó la vista, con la cara mojada de jugo, y sonrió.
—¿Querés más? —preguntó, con sorna.
—¡Dame todo, carajo!
Entonces Sandra se paró, se quitó el brasier y los shorts de un solo movimiento. Sus tetas eran pequeñas pero firmes, con pezones oscuros y duros. Se subió al sofá, se sentó encima de la cara de Lulú y le metió la panocha directo a la boca.
—Ahora vos me das, rica —dijo, echándose para adelante.
Lulú no se hizo rogar. Le abrió los cachetes con las manos y se metió la panocha de Sandra como si fuera un fruto maduro. La chupó con devoción, con hambre, lamiendo desde el culo hasta el clítoris, mordiendo suavemente los labios menores. Sandra se retorcía, se agarraba de los muebles, gemía como si la estuvieran matando.
—¡Sí, así, como una perra! —gritó, con voz aguda.
Las dos sudaban, jadeaban, se llenaban de jugo y saliva. Lulú sentía que se venía, pero no quería parar. Quería seguir, quería más. Así que cuando Sandra bajó del sofá, jadeante, con la panocha chorreando, Lulú se paró, la tomó de la mano y la llevó al cuarto.
La empujó sobre la cama, le abrió las piernas y se acostó entre ellas. Le metió dos dedos de una sola vez, sin preparación, y Sandra gritó de placer.
—¡Sí, meteme los dedos, meteme todo! —suplicó.
Lulú movía los dedos como si fuera un pito, entrando y saliendo, mientras con el pulgar le frotaba el clítoris. Sandra se corría una y otra vez, gritando, pidiendo más, diciendo que no parara. Y Lulú no paró. Hasta que Sandra, agotada, le dijo:
—Ahora yo quiero verte venir.
Se levantó, le dio vuelta a Lulú y le bajó la brageta. Le miró el culo, redondo, prieto, con la rajita húmeda. Se puso detrás, le separó los cachetes y le metió la lengua al culo de un solo lametón.
—¡Ay, no, eso no! —gritó Lulú, aunque no se movió.
—Sí, sí, rica, dejate —dijo Sandra, y siguió lamiendo, chupando, hasta que Lulú se relajó y empezó a gemir.
Entonces Sandra se paró, se quitó el short que aún llevaba en el tobillo y se subió encima de Lulú, sentándose encima de su cara otra vez. Esta vez, Lulú no perdió el tiempo. Le abrió los cachetes con los dedos y le metió la lengua al culo, mientras con la otra mano le chupaba la panocha.
—¡Qué chimba, qué chimba! —gritó Sandra, retorciéndose.
Las dos se comían, se llenaban, se corrían a la vez. El cuarto olía a sexo, a sudor, a mujer sudada. La cama crujía, las paredes temblaban. Nadie hablaba ya, solo se oían los gemidos, los jadeos, el sonido húmedo de las lenguas y los dedos entrando y saliendo.
Hasta que Lulú sintió que no aguantaba más. Se corrió con fuerza, con un grito gutural, y Sandra, al sentirlo, se vino encima de su cara, chorreando jugo por todas partes.
Cayeron juntas, sudadas, exhaustas, riendo como niñas.
—¿Y ahora qué, vecina? —preguntó Sandra, con voz perezosa.
—Ahora —dijo Lulú, acariciándole el pelo—, nos damos una ducha y empezamos de nuevo.
Y se rieron, sabiendo que eso no era el final, sino apenas el comienzo. Porque en La Ladera, las vecinas ya no solo se saludaban con la mano. Ahora se saludaban con la boca, con los dedos, con el alma. Y nadie, ni Dios, podía decirles que no.
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