La cueva de los espejos rotos
3 minLa cueva de los espejos rotos
La luz del atardecer se colaba por las grietas del viejo cobertizo, polvorienta y tibia, como un dedo que insiste. Natalia estaba de pie frente al espejo gigante, medio hecho trizas, con los bordes cubiertos por una cortina de lino gris descolorido. No esperaba nadie. Había entrado por curiosidad, sí, pero también por una necesidad que no lograba nombrar: el calor que le subía por el cuello, el cosquilleo en el centro del vientre, el pulso en las muñecas. Todo era incierto, excepto el deseo que la empujaba a moverse con lentitud, como quien abre una puerta que no ha tocado en años.
—¿Viste esto? —preguntó una voz desde la sombra.
Lucas salió de entre los estantes, con la camiseta empapada de sudor y el pelo pegado a la frente. Llevaba dos horas ayudándola a trasladar las cajas del fondo del depósito de su tío, ese lugar abandonado donde nadie iba desde que se había derrumbado parte del techo. Él sabía que ella no estaba de vacaciones. Sabía que había vuelto a Mar del Plata después de siete años sin aviso, sin explicaciones. Y sabía que, desde el primer momento en que la vio cruzar la puerta con esa falda ceñida y los labios pintados de rojo oscuro, algo se había encendido.
—No es mía —respondió Natalia sin mirarlo, con la mano derecha apoyada en la cadera, la izquierda rozando el borde roto del espejo—. Es de tu tío. Pero me gustó.
—¿Por qué? —preguntó él, acercándose. No la tocó. Aún no.
Ella giró sobre sus talones, lento, y lo miró a los ojos.
—Porque se ve todo al revés. O como no debería verse.
Lucas se detuvo a un metro. El polvo flotaba entre ellos, iluminado por la última luz del día. Ella se mordió el labio inferior, justo un instante antes de desabrocharse el primer botón del blazer. El movimiento fue deliberado, casi ritual. El segundo botón. El tercero. El tejido se abrió como una flor que se despliega al amanecer, revelando la encaje negro que cubría su concha, ya húmeda al contacto con el aire cálido.
—Sos un imbécil —dijo ella, pero sin rencor. Con algo peor: con ternura mal disimulada.
—Capaz —admitió él, y esta vez sí se acercó. Le pasó los dedos por el antebrazo, sintiendo la piel erizada, la respiración entrecortada—. Pero vos viniste.
—Vine a olvidar —mintió, pero su cuerpo lo contradecía. Sus pechos subían y bajaban con más fuerza, los pezones duros bajo el encaje. Lucas se arrodilló sin pedir permiso, como si ya hubiera hecho mil veces lo mismo. Le deslizó una mano por la pierna, subiendo hasta la ingle, presionando con la palma contra la tela mojada.
—No olvidás nada, gorda. Lo que pasamos se queda. Lo sentís acá —le rozó el labio con el pulgar—. Y acá —apretó suavemente, hasta que ella soltó un gemido bajo, ahogado, como si temiera que el eco lo escuchara alguien más—. ¿Querés que te lo saque?
—No —dijo ella, pero sus dedos ya le buscaban la bragueta. Lo sacó, firme y vivo, con la punta brillante por el pre-cum que le mojaba el glande. Lucas se levantó un poco, la tomó por la cintura y la empujó contra el espejo roto, con cuidado. Las astillas rozaron su espalda, pero ella no se quejó.
—Decime qué querés —susurró él, entrando en ella con un solo movimiento lento.
Natalia arqueó el cuello, cerró los ojos.
—Garchame fuerte. Que me salga la voz. Que sepa que vos sos el único que me hace esto.
Y Lucas lo hizo. Con cada embestida, con cada golpe seco contra su culo, con el calor que los envolvía como una manta invisible. Ella lo apretó con las piernas, lo mordió en el hombro cuando sintió que venía, cuando el mundo se hizo pedazos como el espejo. Y en ese momento, cuando ambos se derramaron dentro del otro, sin miedo, sin historia, sin pasado, Natalia supo que no había olvidado nada. Sólo había vuelto.
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