La costurera del alba

@adriana_v ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

La luz del amanecer aún no había tomado posesión completa del cielo, pero ya se colaba tibia entre las cortinas de lino, dibujando líneas tenues sobre el suelo de madera. En el centro de la habitación, Ana, con el pelo recogido en un moño deshecho y los dedos manchados de hilo rojo, pasaba la aguja con precisión por el dobladillo de un vestido. No era un vestido cualquiera. Era el que usaría esa noche. Lo había cosido con cuidado, con un ritmo lento que casi parecía un juego, como si cada puntada fuera una promesa que no se atrevía a nombrar.

Afuera, el mundo apenas comenzaba. El tráfico era escaso, los pájaros apenas despiertos. Pero dentro, el aire era espeso, cargado de una quietud que no era silencio, sino expectativa. Ana dejó la labor sobre la mesa, se quitó los zapatos y caminó descalza hasta el espejo de cuerpo entero que ocupaba un rincón. Se miró con detenimiento, sin vanidad, más bien con una especie de reconocimiento íntimo. Sus hombros, redondeados y suaves. Sus caderas, que el vestido ajustado había aprendido a seguir como una segunda piel. Y sus ojos, oscuros, con una mirada que parecía guardar algo que no necesitaba decirse en voz alta.

La puerta sonó. Tres golpes suaves, como si temiera romper el hechizo del momento. Ana no se sobresaltó. Sabía quién era. No había acordado su llegada, pero tampoco la había descartado. Abrió con lentitud, y allí estaba él: Marcos, con el cabello húmedo como si acabara de salir de una ducha, la camisa blanca desabrochada hasta el tercer botón, y en la mano, una botella de vino tinto que no había comprado para compartir con cualquiera.

—Llegaste temprano —dijo ella, sin reproche, sin sorpresa.

—No pude esperar —respondió él, entrando sin pedir permiso, como si ya hubiera estado allí antes—. Quería verte antes de que el día te robe.

Cerró la puerta tras de sí. No encendió las luces. El sol que entraba por la ventana era suficiente. Dejó la botella sobre la mesa, junto al vestido, y se acercó a ella con pasos que no pretendían ser sigilosos, sino lentos, medidos. Ana no retrocedió. No lo miró directamente, pero sus pestañas temblaron cuando él estuvo a un paso.

—¿Sigues cosiendo para impresionarme? —preguntó Marcos, rozando con un dedo el hilo rojo que aún colgaba del dobladillo.

—Cosía para mí —respondió ella—. Pero ahora que estás aquí, tal vez sí.

Él sonrió. No fue una sonrisa amplia, sino una de esas que comienzan en los ojos y terminan apenas en los labios. Se acercó más, hasta que el calor de sus cuerpos se reconoció sin necesidad de toque. Ana sintió el olor de su piel, mezcla de agua de afeitar y sudor limpio, y algo más, como tierra mojada después de la lluvia.

—¿Puedo verte con él puesto? —preguntó él, señalando el vestido.

Ella asintió, sin hablar. Fue al perchero, tomó el vestido y se lo puso frente al espejo, con Marcos observando cada movimiento. La tela resbaló sobre su piel como si hubiera sido hecha para ella, y cuando se dio la vuelta, el escote bajo dejó al descubierto el inicio de sus senos, firmes, con la piel apenas rozada por el sol del día anterior.

—Eres hermosa —dijo él, sin dramatismo, como si constatara un hecho.

Ana no respondió. En cambio, caminó hacia la botella, la abrió con calma y sirvió dos copas. Le entregó una a Marcos, que bebió sin apartar los ojos de ella. El vino era oscuro, denso, como la mirada que intercambiaron.

—No vine solo a verte —dijo él, dejando la copa sobre la mesa.

—No —respondió ella—. Yo tampoco esperaba eso.

Se acercaron como si ya supieran el camino. Sus manos se encontraron primero, luego los labios. El beso no fue urgente, sino profundo, lento, como si estuvieran descubriendo de nuevo el sabor del otro. Las manos de Marcos descendieron por su espalda, encontrando la cremallera del vestido. La bajó con cuidado, centímetro a centímetro, mientras sus labios pasaban del boca al cuello, al hombro, a la clavícula.

El vestido cayó al suelo como una hoja seca. Ana quedó en ropa interior, pero no se cubrió. No había vergüenza, solo una entrega que no necesitaba justificación. Marcos se arrodilló ante ella, besó su vientre, sus caderas, mientras sus manos acariciaban la piel que antes solo había imaginado. Ella apoyó una mano sobre su cabeza, sintiendo el cabello suave, el calor del cuero cabelludo bajo sus dedos.

—No tienes que hacerlo así —dijo ella, en un susurro.

—Quiero —respondió él, sin levantar la vista—. Quiero que sientas todo.

Deslizó sus manos por dentro de sus muslos, separándolos con suavidad, y luego hundió el rostro entre ellos. Ana contuvo el aliento. No fue un gemido, sino un jadeo ahogado, como si algo dentro de ella se desplegara. Marcos no se apresuró. Su lengua fue precisa, cálida, explorando con paciencia cada pliegue, cada latido. Ella se aferró al respaldo de una silla, sintiendo cómo el cuerpo se le tensaba, cómo el deseo se acumulaba en un punto que ya no podía contener.

Cuando llegó al borde, no gritó, pero su cuerpo se arqueó, tembló, se deshizo. Marcos la sostuvo, con las manos en sus caderas, mientras el espasmo recorría su interior como una ola. Luego, la ayudó a sentarse en el borde de la cama, donde ambos se miraron, sin decir nada, con la respiración aún acelerada.

Ana fue quien se movió después. Se acercó a él, le quitó la camisa, botón por botón, y luego el pantalón. Marcos se dejó hacer, con los ojos cerrados, sintiendo cada roce como si fuera la primera vez. Ella lo empujó suavemente hacia atrás, y esta vez fue ella quien se arrodilló. Lo tomó con la boca, con lentitud, con devoción, mientras sus manos acariciaban sus muslos, su trasero, su espalda baja.

Marcos gimió, bajo, profundo, y ella supo que estaba cerca. Entonces se levantó, se subió sobre él, y con una mirada que lo desarmó por completo, lo guio dentro de ella. Se movió despacio al principio, como si midiera cada centímetro, cada sensación. Luego, el ritmo aumentó, pero sin prisa, como si el tiempo se hubiera detenido solo para ellos.

La luz del sol avanzaba por el piso, iluminando el polvo que flotaba en el aire. Nadie habló. No hacía falta. Solo el crujido de la madera, el jadeo contenido, el roce de la piel contra la piel. Hasta que Marcos se tensó, y con un gemido ronco, se derramó dentro de ella.

Quedaron quietos, sudorosos, abrazados. Ana apoyó la cabeza en su pecho, escuchando los latidos. Marcos acarició su cabello, sin decir nada.

—Este vestido —dijo ella, al rato—, nunca lo usaré.

—No hace falta —respondió él—. Ya lo viste todo.

Y en ese instante, entre el olor del vino, el hilo rojo olvidado y el calor de la piel compartida, supieron que no había necesidad de más palabras.

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