La confesión del cura

@el_forastero ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

La capilla de Santa Cruz quedaba en lo alto del cerro, rodeada de jacarandas que en mayo soltaban sus flores moradas como si el cielo se hubiera hecho pedazos. Era un lugar apartado, de silencios largos y bancas de madera desgastada por el tiempo. Nadie iba mucho por allá, salvo los miércoles, cuando el padre Ernesto oficiaba misa de doce. Pero ese domingo, a las seis de la tarde, la puerta de hierro chirrió al abrirse, y entró una mujer envuelta en un rebozo negro.

Se llamaba Lucía. Tenía treinta y dos años, aunque parecía menos con esa piel de niña mojada y los ojos grandes, oscuros, como pozos sin fondo. Llevaba un vestido floreado, ceñido en la cintura, y zapatos bajos que marcaban el arco de sus pies. Se arrodilló frente al altar, hizo la señal de la cruz y luego caminó despacio hacia la confesión. El padre Ernesto ya estaba dentro, sentado en su silla de madera tallada, con las manos cruzadas sobre el regazo, los ojos cerrados, respirando lento.

—Adelante, hija —dijo sin abrir los ojos.

Ella se arrodilló, bajó la cabeza y comenzó:

—Bendígame, padre, porque he pecado. Hace mucho que no vengo, pero hoy… hoy necesito hablarle de algo que no puedo guardar más.

Ernesto abrió los ojos. No la veía, pero sintió su voz como un aliento tibio en la nuca.

—Di, hija.

—He tenido… pensamientos. Cosas que no debo sentir. Cosas que me queman por dentro.

Hubo un silencio. Solo el crujido de la madera, el viento entre los árboles.

—¿Qué clase de pensamientos, Lucía?

Ella no respondió enseguida. Se mordió el labio. Luego, con voz baja, casi un susurro:

—De usted, padre.

Ernesto se estremeció. No dijo nada. Solo apretó las manos sobre su hábito oscuro.

—No puedo dormir. No puedo rezar. Cada vez que lo veo subir la escalera con su cruz colgando del cuello, siento que algo se me desata aquí —y se tocó el vientre, suave, sin vergüenza—. Me imagino sus manos en mis nalgas, su boca en mis pechos, su verga entrando lento, muy lento, como si fuera la primera vez.

El sacerdote respiró hondo. No se movió. Pero el aire entre ellos ya no era el mismo. Era espeso, caliente.

—Eso… eso es un pecado de la carne, hija. Debes resistir.

—¿Y si no quiero resistir? —dijo ella, alzando la voz un poco—. ¿Y si quiero que pase? ¿Si quiero que usted me coja aquí, en este mismo lugar, sobre estas bancas frías, con el olor a incienso en el aire?

Ernesto no respondió. Pero sus dedos se aflojaron. Y cuando ella se puso de pie, abrió la cortina del confesionario, entró y se arrodilló frente a él, él no la detuvo.

Le tomó el rostro con las dos manos. Le besó la boca despacio, como si rezara. Ella le desabotonó el cuello del hábito, luego el pecho. Le bajó la tela negra hasta los hombros. Él no dijo nada. Solo cerró los ojos cuando ella le pasó la lengua por el cuello, por el pecho, hasta llegar al ombligo.

—¿Tienes miedo? —le preguntó ella.

—Sí —dijo él—. Pero no voy a parar.

Entonces ella le desabrochó el cinto, le bajó los calzoncillos. Su verga salió dura, caliente, como un pecado vivo. Ella la tomó con la mano, la acarició lento, con devoción. Luego se quitó el vestido, se desató el sostén. Sus pechos eran firmes, con los pezones oscuros, duros. Ernesto los tomó con ambas manos, los besó, los chupó como si fuera a morirse de hambre.

—Tócame el culo —dijo ella—. Tócame todo.

Él le palmeó una nalgada suave, luego otra. Le bajó la ropa interior, le separó las nalgas, le pasó un dedo por el hoyito del culo, lento, con cuidado. Ella gimió. Se arqueó. Se sentó sobre su regazo, despacio, dejando que la verga entrara centímetro a centímetro.

—Dios… —dijo él, con los ojos cerrados.

—No digas Dios —dijo ella—. Dime Lucía.

Y entonces comenzaron a moverse. Lento al principio, como una oración callada. Luego más fuerte, más profundo, con ganas, con hambre. El sonido de sus cuerpos al chocar se mezclaba con el crujido de la madera, con el viento afuera, con el latido del mundo.

Cuando él llegó al final, ella también. Se quedaron abrazados, sudorosos, sin hablar. Como si hubieran hecho no un pecado, sino un milagro.

Afuera, las jacarandas seguían soltando sus flores. Y el cielo, por primera vez en mucho tiempo, parecía perdonar.

También en: RománticoFantasía

¿Te ha gustado? Valóralo

0.0 · 0 votos
Reportar
Compartir

También en Confesiones