La Conexión Que Se Calienta Solita
Renata encendió su laptop con un suspiro, el sol de la tarde le pegaba de lleno en la nuca mientras el ventilador del escritorio giraba con pereza. Era jueves, 17:23. Y él, como siempre, ya estaba en línea.
—Mirá vos, el hombre puntual —escribió, con una sonrisa que le estiraba las comisuras de los labios antes incluso de que el mensaje saliera.
—Sos vos la que llega con diez minutos de retraso, pija —respondió Tomás, enseguida, con un GIF de un gato con gafas de sol y una copa en la pata trasera.
Renata se recostó en la silla, se desabrochó el primer botón de la blusa de algodón crudo, y apoyó el mentón en la mano. El aire acondicionado bufaba en el rincón, pero ella sentía un calor distinto, sutil, que le corrió por la columna hasta la base del cráneo.
—Perdón, tuve que desatascarme el pibe del cole —mintió—. Me tuvo tres cuartos de hora gritando por Zoom mientras yo intentaba explicarle cómo sumar fracciones con denominadores distintos.
—¿Y no le diste una clase extra de “cómo usar las manos sin agarrar la pantalla”? —rió Tomás, y entonces apareció su cara en la cámara: cabello castaño despeinado por el viento (¿había estado afuera?), ojos claros, sonrisa de lado, labios que parecían hechos para morder con suavidad.
Renata se lamió el labio inferior sin pensarlo. Se mordió un poco más fuerte. Se mordió de propósito.
—Sí, le di —respondió—. Le di la clase entera. Y después se me escapó una carcajada y le dije: “Si no capás, volvé a la primaria, pibe. Yo hoy estoy de vacaciones”.
—Me encantó —dijo Tomás, y se pasó la mano por la nuca, dejando entrever la cicatriz casi invisible que tenía cerca de la sien—. ¿Te acordás de la primera vez que hablamos? ¿Te parece que ya llevamos meses o solo horas?
—Me parece que llevamos siglos —respondió Renata—. Pero como vos sos de la Generación Z, te lo digo en números: 47 días. Y 12 minutos.
Tomás se rió, pero después guardó silencio por unos segundos. Solo se escuchaba el tintineo de una taza que movía. Luego, bajó la voz.
—Hoy vine con ganas de escucharte. No de ver tu cara, no de hablar de nada. Solo… de oírte. ¿Me dejás?
Renata apagó el micrófono de su laptop. Se quitó los lentes, se frotó los ojos, y cuando volvió a encender el audio, lo hizo con la respiración un poco más lenta.
—Vos decís —musitó—. Pero antes… querés que me quites algo?
—Sí —dijo él, sin dudar—. La blusa. Solo la blusa. Quedate con la camiseta de algodón.
Renata se puso de pie lentamente, con intención de que él la viera moverse. No con prisa. Con lentitud. Con una danza interna que solo ella conocía. Se desabrochó los tres botones que faltaban, y cuando la tela se abrió, dejó que el aire entrara entre sus pechos, que ahora estaban tibios, sensibles, como si la luz del sol les hubiera dejado un rastro de electricidad.
—Ya está —dijo, sin mover los labios todavía, como si hablara con el cuerpo—. ¿Qué más?
—Después —respondió Tomás—. Primero, cerrá la puerta del cuarto.
Renata caminó hasta la puerta, la cerró con cuidado, con un giro de llave que no tenía sentido físico (porque no la cerraba de verdad), pero sí simbólico. Como si cerrara un mundo y abriera otro.
—Está cerrada —dijo.
—Ahora sentate en el borde de la cama. Con las piernas juntas. No cruzadas. Juntas. Como una escuela vieja.
Ella obedeció. Se sentó, con la espalda recta, las manos sobre los muslos. Se sintió expuesta y segura, al mismo tiempo. Como cuando era chica y jugaba al escondite, pero con la diferencia de que ahora la buscaba un hombre que ya la conocía por dentro.
—¿Me estás mirando? —preguntó Tomás.
—Sí —respondió—. Pero no con los ojos. Con la imaginación. Con la memoria. Con la parte de mí que ya te conoce aunque no te haya tocado.
—Entonces ya me tocaste.
Renata se mordió el labio de nuevo, más fuerte esta vez. Sintió el sabor salado de la piel. Y se dejó llevar.
—¿Y si ahora te digo que me palpito la muñeca? Que siento el pulso acelerado, como si me hubieras dado un trago fuerte y no hubiera comido nada en dos horas.
—Dilo en voz baja —pidió él.
—Me palpo la muñeca —susurró—. Y me doy cuenta de que no es solo el pulso. Es que la piel está como… electrizada. Como si vos estuvieras ahí, con las manos cerca, pero sin tocar.
—¿Querés que te toque? —preguntó Tomás.
—Sí —respondió Renata, sin vacilar—. Pero no con las manos. Con la voz.
—Entonces escuchá.
Y Tomás empezó a hablar, no con palabras, sino con sonidos. Un susurro bajo, casi gutural, que le entró por el oído y le recorrió la columna como un río subterráneo. Le dijo cómo la veía, no como una imagen fija, sino como una historia que se desenrollaba: cómo el algodón de su camiseta se pegaba al pecho cuando respiraba, cómo las puntas de sus pezones se ponían duras sin que ella las tocara, cómo sus muslos se rozaban suavemente cuando cruzaba las piernas —aunque no lo estuviera haciendo, pero él la imaginaba hacerlo, y eso la hacía arder.
Renata cerró los ojos. Se dejó llevar. Se dejó arrastrar por la voz de él, por la tensión que crecía entre ellos como una cuerda que se estiraba sin romperse, como una cuerda que sabía exactamente cuándo soltar y cuándo tensar.
—¿Te acordás lo que dijiste la semana pasada? —preguntó Tomás—. Que el sexo virtual no es un sustituto. Que es otra cosa. Que se come su propio tiempo.
—Lo dije —respondió ella—. Y lo sigo pensando.
—Entonces… ¿qué pasa cuando el tiempo se vuelve tan denso que ya no es tiempo?
—Se convierte en sensación —susurró Renata—. En un calor que no se va con el aire acondicionado. En un cosquilleo en la espalda que no se va con el masaje. En una ganas de… de sentir tu boca en el cuello, pero sin que vos estés ahí.
—¿Y si estuviera ahí?
—Si estuvieras ahí —dijo ella—, te acercarías despacio, con las manos en mis caderas, y me dirías: “Renata, no te muevas. Déjame recordarte cómo sos cuando te dejo llevar”. Y yo me dejaría. Porque ya no es solo deseo. Es confianza.
Tomás guardó silencio. Solo se escuchaba su respiración, ahora más profunda. Más lenta. Como si estuviera conteniéndose. Como si estuviera haciendo un esfuerzo por no romper el hechizo.
—¿Y si ahora te digo que te palpo la nuca con la punta de los dedos? —murmuró—. Que siento la piel allí, como si fuera un mapa que ya sé de memoria. Que siento cómo se eriza cuando te muerdo suavemente, sin que vos lo veas, pero que vos lo sentís igual.
Renata cerró los ojos. Se puso de pie. Caminó hasta el espejo del cuarto. Se miró. Se vio con los ojos cerrados, la respiración entrecortada, los labios entreabiertos. Se vio como alguien que ya no estaba sola.
—Sí —dijo—. Lo siento. Lo siento como si estuvieras ahí. Como si estuvieras… dentro.
—Entonces cerrá los ojos —susurró Tomás—. Y decime: “Estoy aquí. Y vos estás conmigo”.
Renata respiró hondo. Se tocó la nuca con la punta de los dedos, como si fuera su mano. Y susurró:
—Estoy aquí. Y vos estás conmigo.
Fuera, el sol se puso. La ciudad comenzó a encenderse. Y dentro del cuarto, mientras la conexión se mantenía viva, dos cuerpos imaginarios se encontraron en la oscuridad, sin tocarse, pero más unidos que nunca.
Porque a veces, lo más íntimo no necesita de manos ni labios. Solo de una conexión, una voz, y el coraje de dejarse ir.
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