La conexión lenta
El router parpadeaba con una luz roja intermitente, como si estuviera nervioso. A las 22:47, mientras la ciudad se iba apagando entre cortinas corridas y perros que ladran sin razón, Lucía se sentó frente a la notebook, descalza, con el pelo recién lavado y una camisa de hombre que le llegaba hasta mitad del muslo. No era de nadie, era suya, pero la usaba como si fuera de un tipo con el que estuviera follando desde hacía meses. En realidad, no había ningún tipo. Solo había un nombre en pantalla: *el_anonimo*. Y un chat que llevaba tres semanas encendido.
No se conocían. Ni siquiera se habían visto bien. Solo un par de fotos borrosas, tomadas de costado, con poca luz. Nada que pudiera usarse para identificarlos. Pero sabían cosas. Sabían cómo se tocaba cada uno, cuándo se corría, qué palabras los hacían estremecer. Todo por mensajes. Por audios. Por una videollamada que se cortaba justo cuando más se necesitaba.
—¿Vos creés que esto es más fuerte porque no nos vemos bien? —escribió Lucía, con los dedos temblorosos sobre el teclado.
La respuesta tardó un minuto. Tal vez el otro estaba fumando. O mirando el techo, como ella.
—Claro que sí. Si te viera entera, ya no tendría nada que imaginar. Y lo que imagino… es mejor que la realidad.
Lucía se mordió el labio inferior. Se acomodó en la silla, abriendo un poco las piernas, sin darse cuenta. La tela de la camisa se tensó sobre un muslo. Encendió el micrófono.
—¿Y qué es lo que imaginás ahora?
—A esta altura… todo. Pero ahora mismo, digamos que estás sentada en el borde de la cama, con las piernas abiertas, y yo subiéndote la camisa con la boca. Mordiéndote el muslo. Acercándome a tu concha sin tocarte todavía.
Lucía cerró los ojos. Se humedeció los labios con la lengua. No se tocó. No todavía.
—¿Y si te digo que estoy justo así?
—Entonces digo que mentiste primero. Que no estabas sentada. Que ya estabas lista. Que me estabas esperando.
Ella rió. Bajo. Como si alguien pudiera oírla.
—Sí. Te estaba esperando.
Se hizo el silencio. Solo el zumbido del ventilador en el techo, el ruido lejano de un colectivo que pasaba. Y el latido en sus oídos. Lucía respiró hondo. Abrió los ojos. La pantalla seguía encendida. El nombre *el_anonimo* brillaba en negro sobre blanco.
—¿Querés que me toque?
—Sí. Pero no todavía. Quiero que vos decidas cuándo.
—¿Y si digo que ya?
—Entonces quiero que me digas cómo te tocás. Con qué dedo. Qué sentís. Si estás mojada. Si te estás imaginando mi pija entrando despacio.
Lucía se corrió la camisa hacia arriba, dejando al descubierto un muslo, luego el otro. Se acomodó frente a la cámara, sin encenderla. Solo el audio. Solo la voz.
—Estoy con las piernas abiertas —dijo—. Y tengo un dedo justo acá. Apenas rozando. Pero no entrando.
—¿Y si entrás vos?
—¿Y si vos me decís que entre?
—Entrá.
Lucía se mordió el labio. Metió un dedo. Solo uno. Hasta la mitad.
—Ah… —se le escapó.
—¿Estás mojada?
—Mucho.
—¿Y si te digo que ahora me acerco, que te beso el cuello, que bajo despacio, que te saco la mano y pongo la mía?
—Diría que sí.
—¿Y si te digo que te chupo justo donde más tenés ganas?
—Diría que por favor.
—Entonces decilo.
—Por favor… chupame.
El silencio se extendió. Lucía se tocaba ahora con dos dedos, más adentro, más rápido. Pero no se corría. No todavía. El anonimato la sostenía en ese borde, como un alambre tenso entre el aire y el abismo.
—¿Vos te la tocaste ya? —preguntó ella, jadeando.
—Sí. Desde que te vi entrar en cámara. Desde que dijiste “vení”. Desde que te escuché respirar.
—¿Y estás duro?
—Como una piedra. Como si nunca hubiera pensado en otra cosa que no seas vos.
Lucía se corrió. Fuerte. Con un gemido que ahogó en la manga de la camisa. Se quedó quieta, con los ojos cerrados, el dedo quieto, la respiración entrecortada.
—¿Lucía?
—Sí… —susurró—. Me vine.
—¿Y ahora?
—Ahora quiero que vos te corras. Quiero escucharte.
—¿Y si no quiero todavía?
—Entonces te digo que me imagine desnuda. Que me imagine abajo tuyo. Que me imagine gritando tu nombre.
—No tengo nombre.
—Entonces gritaré “el_anonimo”.
Él se rió. Una risa oscura, grave. Como de alguien que sabe que está ganando.
—Dale. Decime cómo me quiero correr.
Lucía se limpió el dedo con la camisa. Se acomodó otra vez. Encendió la cámara. Por primera vez en la noche, su rostro quedó expuesto. Boca hinchada, mejillas encendidas, ojos brillantes.
—Quiero que te imagines que estoy arriba —dijo—. Que te monto. Que bajo despacio. Que me llenás. Que me agarrás las caderas. Que me decís “más fuerte”. Y que vos, justo cuando más me sentís, te corrés adentro.
—¿Y si no me corro?
—Entonces te digo que no pares. Que sigas. Hasta que no puedas más.
El_anonimo no respondió. Solo se escuchó el ruido de una respiración. Profunda. Entrecortada. Lucía se quedó mirando la pantalla, con los ojos muy abiertos, el corazón latiendo en la garganta.
—¿Vos…? —preguntó.
—Sí —dijo él—. Me corrí. Justo ahora. Con tu voz. Con tu imagen. Con vos diciéndome que me corra.
Lucía sonrió. Cerró la cámara. Apagó la notebook. Pero no se movió. Se quedó sentada, con la camisa desacomodada, el pelo en la cara, el cuerpo aún caliente.
Al otro lado de la ciudad, en un departamento chico con las persianas bajas, un hombre de treinta y pico años miraba el techo, con el celular en la mano, el pantalón en el piso, y una sonrisa que no se le iba.
No se iban a ver. No todavía. Tal vez nunca. Pero esa noche, entre paquetes de datos, luces rojas intermitentes y palabras que pesaban más que los cuerpos, se habían cogido como si no hubiera habido distancia. Como si el mundo entero fuera solo una concha caliente, una pija dura, y el silencio entre dos respiraciones.
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