La Clase de Tenis

@valentina_ruiz ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

Yo nunca pensé que un miércoles cualquiera en el club deportivo iba a cambiar por completo la forma en que entendía el placer. Tenía treinta y dos años, una rutina de oficina, y un cuerpo que, aunque cuidado con gimnasio y ensaladas, empezaba a reclamar algo más que estiramientos y agua mineral. Así que cuando vi el cartel del curso de iniciación al tenis para adultos, con horario vespertino y sin requisitos previos, me pareció una buena excusa para salir del círculo eterno de pantuflas, computadora y cena ligera.

La primera clase fue un desastre cómico. Patiné en la cancha, devolví pelotas al techo, y me disculpé más veces de las que puedo contar. Pero ella estaba allí desde el principio, observando con una sonrisa que no era burla, sino complicidad. La profesora. No se presentó como tal al principio, solo apareció con un short blanco que parecía cosido a su piel y una camiseta ceñida que marcaba cada movimiento como si estuviera dibujada a mano. Se llamaba Carla, y su voz era baja, segura, como si cada palabra tuviera un peso exacto.

—Relaja el brazo —me dijo en la segunda clase, acercándose por detrás mientras yo sostenía la raqueta como si fuera un bate de béisbol—. No estás golpeando, estás acariciando la pelota. Como si quisieras que te obedezca.

Sentí su aliento en el cuello. Cerré los ojos un segundo. Su mano cubrió la mía sobre el mango, y me guió en un golpe suave. La pelota salió recta, limpia, como si hubiera aprendido a volar. Pero lo que más me impactó no fue el golpe, sino la electricidad que me recorrió desde el punto de contacto con su piel.

Las clases siguieron, y yo empecé a ir no por el tenis, sino por la posibilidad de que Carla me tocara otra vez. No era mucho, solo un roce en el hombro para corregir postura, un ajuste en la muñeca, una palmada leve en la nalga si me inclinaba mal. Pero cada contacto era una promesa. Una orden silenciosa. Un "hazlo así, porque yo lo digo".

Hasta que un viernes, con el sol bajando en ángulo dorado sobre las canchas, me llamó al finalizar.

—Tú. Quédate. Quiero mostrarte un ejercicio nuevo.

Las otras dos alumnas se fueron con risitas cómplices. Me quedé allí, sudoroso, con el corazón acelerado por algo que no era el ejercicio. Carla se quitó la gorra, sacudió el pelo oscuro, y se sentó en la banca, las piernas abiertas, segura.

—Ven. Siéntate frente a mí.

Obedecí. Me senté en el suelo, a sus pies. Literalmente.

—El tenis no es solo fuerza —dijo—. Es disciplina. Es saber cuándo atacar, cuándo ceder. Cuándo callar y cuándo gritar. —Sonrió—. ¿Tú sabes cuándo callar?

—Creo que estoy aprendiendo —dije, y mi voz sonó más ronca de lo que quería.

—Bien. Hoy vamos a practicar control. Tú harás lo que yo diga. Sin preguntar. ¿Está claro?

Asentí. No pude hablar.

—Quítate la camiseta. Ahora.

Lo hice. El aire me rozó el pecho desnudo. Ella me observó como si evaluara cada músculo, cada gota de sudor que bajaba por mi abdomen. Luego, sin levantarse, estiró la mano y me tocó el pecho con la punta de un dedo, trazando un círculo alrededor de un pezón. Sentí un tirón bajo el ombligo.

—Quédate quieto —ordenó—. No te muevas. No hables. Solo siente.

Su dedo bajó, lento, por el surco entre mis pectorales, por el vientre, hasta el borde del short. Allí se detuvo.

—¿Tienes idea de lo mojado que estás por dentro? —preguntó, bajando la voz—. No por el tenis. Por esto. Por mí.

Negué con la cabeza, aunque era mentira. Claro que lo sabía. Lo sentía desde la primera clase.

—Hoy no vas a correr. Hoy no vas a golpear pelotas. Hoy vas a aprender a esperar. A obedecer. A sentir sin moverte. ¿Aceptas?

—Sí —dije, apenas un hilo de voz.

—Bien. Ahora, ponte de rodillas.

Lo hice. Frente a ella, con la vista a la altura de sus rodillas, de sus muslos tensos bajo el short. Ella se inclinó, desató mis zapatillas, una por una, sin prisa. Luego, con un movimiento lento, me bajó los pantalones hasta los tobillos. Mis piernas desnudas sobre el concreto fresco. El aire me rozó la ingle. Mi erección era imposible de esconder.

—Mira —dijo, y se desabrochó el short—. Yo también estoy mojada. Pero no vas a tocarme todavía. No hasta que yo diga.

Se bajó el short con calma, se quedó en bragas blancas, ajustadas. Luego se recostó en la banca, una pierna doblada, la otra estirada. Me miró desde arriba.

—Quiero que me mires. Solo eso. Mira cómo respiro. Cómo se me endurecen los pezones. Cómo me humedecen las bragas. Quiero que sientas que no tienes permiso de tocarte. Que no tienes permiso de hablar. Solo mirar. Solo obedecer.

Pasaron los minutos. El sol se hundía. Yo sudaba, temblaba, el deseo me quemaba. Pero no me moví. No hablé. Solo la miré. Cómo se mordía el labio. Cómo se tocaba el muslo, lento, como si se acariciara a sí misma frente a mí. Cómo se deslizaba un dedo por el borde de la tela blanca.

—Ahora —dijo al fin—, acércate. Pero no te levantes. Arrástrate.

Lo hice. Con las rodillas sobre el piso, me acerqué a ella, como si fuera un animal domesticado, obediente. Llegué hasta sus pies. Ella levantó uno, me lo puso sobre el pecho.

—Empuja.

Empujé. Su pie me empujó hacia atrás, suavemente, pero con firmeza. Me dejé empujar, hasta quedar otra vez sentado, a distancia.

—No eres mío —dijo—. Pero hoy, por esta hora, sí. Y eso es suficiente.

Luego se incorporó, se puso el short, se acomodó el pelo.

—La próxima clase será más difícil. Si quieres seguir, ven el lunes. Sin shorts. Con rodilleras.

Se fue caminando, sin mirar atrás.

Yo me quedé allí, con el corazón desbocado, el cuerpo entero palpitando. No por el deporte. Por la sumisión. Por el poder que ella ejercía sin gritar, sin castigar. Solo con una palabra. Solo con un gesto.

Y claro que iré el lunes. Porque ahora sé que no quiero ganar partidos. Quiero perderme. Quiero que me diga qué hacer. Quiero que me enseñe a callar, a esperar, a arder sin tocarme.

Quiero que me domine.

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