La cita en el departamento de enfrente

@lucia_noche ·7 de diciembre de 2025 · ★ 4.4 (16) · 1293 lecturas

El edificio de departamentos en la colonia Roma era de esos con fachada antigua, de ladrillo visto y rejas forjadas, donde el aire olía a gardenias por las noches y el silencio sólo se rompía con el crujido de los postes de luz. Lucía vivía en el 302, un piso chico, pero acogedor, con cortinas de encaje y un ventanal que daba a la calle empedrada. Ella trabajaba como escritora de relatos eróticos, aunque en persona era más tímida de lo que su oficio sugería. Tenía treinta y dos años, la piel canela, los ojos grandes como luceros, y un cuerpo que se movía como si cada paso fuera un secreto.

Hacía tres meses que notaba al hombre del departamento de enfrente. El 304. Un tipo alto, de hombros anchos, piel clara con pecas en los hombros, y una mirada que parecía atravesar los cristales. Se llamaba Gael, y aunque nunca habían cruzado palabra, Lucía lo había visto algunas veces, saliendo con traje, regresando de noche, a veces con una sonrisa tímida al notarla en la ventana.

Hasta esa tarde.

Era sábado. Llovía con pereza, una llovizna tibia que empañaba los vidrios. Lucía, en bata de seda negra, preparaba té de jazmín cuando sonó el timbre. Abrió, y allí estaba Gael, con el cabello mojado, una botella de vino tinto en una mano y una sonrisa que le iluminó el rostro entero.

—Hola, vecina. Me llamó la atención tu luz encendida a esta hora. Y… la verdad, hace rato que quiero conocerte.

Lucía sintió un cosquilleo en el estómago. No dijo nada, sólo se hizo a un lado y lo dejó pasar. Cerró la puerta con llave, sin prisa.

Tomaron vino en la sala. Hablaron de libros, de música, de la ciudad. Había una tensión suave, como una cuerda tensa entre dos postes, vibrando con cada mirada. Lucía notó cómo Gael jugaba con el tallo de su copa, cómo se mordía el labio al reír. Y cuando él le dijo, bajito, “Tienes una belleza que duele”, ella no supo si reír o besarlo.

Pero fue él quien se acercó.

La besó con cuidado, como si temiera romper algo. Sus labios eran suaves, pero firmes. Lucía entreabrió la boca y dejó que la lengua de Gael entrara, lenta, explorando. Sintió el calor de su cuerpo a través de la ropa, el olor de su piel: almizcle, sudor limpio, algo dulce. Gael le acarició el cuello, luego los hombros, bajó las manos hasta la cintura, apretando con suavidad.

—¿Te gusta esto? —preguntó él, sin dejar de besarla.

—Sí —dijo ella—. Mucho.

Se levantó la bata, dejando al descubierto las nalgas redondas, envueltas en un slip negro. Gael le pasó las manos por los glúteos, apretando, masajeando, mientras la besaba más fuerte. Lucía se dejó hacer, arqueando la espalda, gimiendo bajito.

—Eres hermosa —dijo Gael, con voz ronca—. Y caliente como el diablo.

Entonces se arrodilló frente a ella. Le bajó el slip con lentitud, besando cada centímetro de piel que descubría. Lucía sintió su aliento entre las piernas, el roce de su barba recién crecida en los muslos. Y cuando Gael le separó los labios con los dedos y le dio la primera lamida, ella soltó un gemido largo, profundo.

—Ay, Dios… —dijo, agarrándose de sus hombros.

Gael chupó con ganas, con devoción. Le lamía el clítoris como si fuera un manjar, le metía la lengua con cuidado, luego con ansia. Lucía se mecía sobre él, jadeando, sudando. Sentía que el mundo se desvanecía, que sólo existía esa boca, esa lengua, ese calor que le subía por las piernas.

—Quiero verte —dijo ella, entre jadeos—. Quiero verte entero.

Gael se levantó. Se quitó la camisa, luego los pantalones. Lucía lo miró con asombro. Tenía un cuerpo atlético, marcado, pero lo que más le llamó la atención fue su pene: largo, grueso, erguido como una flecha. Pero también notó el vendaje en el abdomen, el contorno suave de sus caderas, la voz grave pero dulce. Y entendió. No era un hombre cualquiera. Era trans. Y eso, en vez de incomodarla, la excitó más.

—Eres precioso —dijo ella, acariciándole el pecho.

—Y tú… me vuelves loco —respondió Gael, besándola con hambre.

La cargó como si no pesara nada y la llevó a la recámara. La acostó sobre la cama, le separó las piernas y le dio otra lamida, más larga, más profunda. Lucía gritó, se corrió con un espasmo que le recorrió todo el cuerpo.

—Ahora… quiero tu verga —dijo, entre temblores—. Quiero que me cojas.

Gael se puso un condón. Se subió encima de ella, le besó los labios, los pechos, el ombligo. Luego, con una lentitud que casi dolía, le metió la punta del pene.

—Dios… —gimió Lucía—. Está grande…

—¿Te duele?

—No… no. Sigue. Por favor, sigue.

Gael empujó despacio, centímetro a centímetro, hasta llenarla por completo. Lucía gritó, pero de placer. Sentía que la traspasaba, que le llegaba al alma. Él empezó a moverse, lento, rítmico, con empujes profundos que la hacían jadear.

—Así… así, mi amor —dijo ella, arqueándose—. Chinga, Gael… chinga fuerte.

Gael aceleró. Su respiración se volvió pesada, sus nalgas se tensaban con cada embestida. Lucía le clavó las uñas en la espalda, le mordió el hombro, le dijo cosas al oído: “más”, “no pares”, “me voy a venir otra vez”.

Y cuando Gael sintió que ya no aguantaba, se salió de golpe, se quitó el condón y se corrió sobre su vientre, con un gemido ronco, largo. Lucía miró el semen blanco esparciéndose por su piel, y se sintió plena.

Se abrazaron después, desnudos, sudorosos, con el corazón latiendo al mismo ritmo. No dijeron nada. Sólo se miraron. Y en esa mirada, hubo más palabras que en mil libros.

Afuera, la lluvia seguía cayendo. Dentro, el aire olía a sexo, a piel, a deseo cumplido.

Y Lucía supo que esa no sería la última vez que el vecino del 304 tocaría su puerta.

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