La cena con mi jefe

@joaquin_noche ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

La lluvia golpeaba suavemente contra las ventanas del departamento de Sebastián, un piso alto en el centro de la ciudad, con vista a las luces amarillas y azules que brillaban entre la neblina. Eran pasadas las nueve, y el aire denso del ambiente no era solo por la humedad: había algo más, una tensión sutil, eléctrica, que flotaba entre los dos cuerpos sentados a la mesa de cristal, frente a frente, separados por una copa de vino tinto y el eco de palabras no dichas.

Valeria usó el tenedor para mover un trozo de carne entre las verduras asadas. Llevaba un vestido negro de tirantes finos, sin mangas, que marcaba su cintura estrecha y caía con elegancia sobre sus muslos. El cabello, largo y oscuro, lo llevaba suelto, con un mechón cayéndole sobre el hombro derecho. No era una cena de trabajo. No del todo. Sebastián lo había dejado claro desde el principio: “Esto no es una reunión. Es una invitación. Puedes decir que no.”

Ella no había dicho que no.

Ahora, con la luz tenue de las velas encendidas sobre la mesa, y el sonido distante del tráfico mojado, Valeria sentía cómo el calor de su cuerpo respondía al tono bajo, casi hipnótico, de la voz de Sebastián. Él no era un hombre alto, pero sí imponente. De complexión fuerte, hombros anchos, manos grandes que reposaban ahora sobre la mesa, quietas, seguras. Sus ojos oscuros no la soltaban. No con agresividad, sino con una fijeza que ella nunca había conocido: la mirada de quien sabe lo que quiere, y espera que el otro también lo sepa.

—¿Tienes frío? —preguntó él, sin levantar la voz.

Ella negó con la cabeza, aunque en realidad sí sentía un leve escalofrío. No por el aire, sino por la forma en que él la observaba. Como si ya la hubiera desnudado con la mente, y estuviera decidiendo cuándo hacerlo con las manos.

—Puedes quitarte el chal si quieres —dijo él, señalando el fino tejido de lana que ella llevaba sobre los hombros—. Aquí no hace falta fingir que tienes frío.

Valeria lo miró. No era una orden, pero sonaba como una prueba. Lo sabía. Desde que empezó a trabajar en la empresa, desde la primera reunión en la que él la llamó por su nombre completo —“Valeria Martínez, siéntese”—, había sentido que estaba siendo observada, evaluada. No como empleada, sino como mujer. Y no de forma vulgar, sino con una intensidad que la inquietaba y, al mismo tiempo, la excitaba.

Con lentitud, se quitó el chal y lo dejó sobre el respaldo de la silla. Sus brazos desnudos brillaron bajo la luz cálida. Él asintió, apenas un movimiento, casi imperceptible.

—Me gusta cómo te vistes —dijo Sebastián—. Siempre con cuidado. Como si supieras que alguien te está mirando.

—Tal vez sí lo sé —respondió ella, con una sonrisa leve, apenas curvada.

Él sonrió también, por primera vez en la noche. Fue una sonrisa breve, contenida, pero profunda. Como si hubiera estado esperando esa respuesta.

—¿Y qué harías si supieras que ese alguien no solo te mira? —preguntó, bajando aún más el tono—. ¿Qué harías si supieras que quiere verte de rodillas?

Valeria sintió el golpe en el estómago. No por la crudeza, sino por la calma con la que lo dijo. Como si estuviera hablando del clima. Como si fuera algo natural, inevitable.

—Dependería —dijo ella, después de un silencio—. De si es algo que quiero.

—¿Y lo quieres?

Ella no respondió de inmediato. En cambio, se llevó la copa a los labios y bebió un sorbo largo. El vino era oscuro, intenso, como el momento. Luego dejó la copa con cuidado.

—No lo sé —dijo—. Pero estoy aquí. Eso debería decir algo.

Sebastián se levantó. Sin prisa. Dio la vuelta a la mesa y se detuvo detrás de ella. Sus manos descendieron lentamente hasta posarse en sus hombros. Ella cerró los ojos. Sentía el calor de sus dedos a través del fino tejido del vestido. No la apretó, no la forzó. Solo esperó.

—Cuando digas ‘basta’, todo se detiene —susurró él, cerca de su oreja—. No hay juego sin consentimiento. Pero si no lo dices… si dejas que esto siga… entonces no habrá vuelta atrás.

Ella asintió. No podía hablar. Su respiración se había vuelto más lenta, más profunda. Sintió cómo él deslizaba los dedos por sus brazos, luego por su espalda, bajando hasta la cintura. Con una mano, tomó suavemente su cabello y lo apartó hacia un lado, dejando al descubierto su nuca. Luego, con los labios, rozó la piel allí. Un beso leve, apenas un roce. Pero fue suficiente para que ella temblara.

—Abre los ojos —ordenó él, sin alzar la voz.

Ella obedeció. Lo vio reflejado en el cristal de la ventana. Sus ojos oscuros, su expresión serena, controlada. Él no estaba excitado como un hombre desesperado. Estaba en control. Y eso era lo que más la excitaba.

—Dime tu palabra —dijo él.

—¿Mi palabra?

—La que usarás si necesitas parar. Algo que no digas en la vida cotidiana. Algo que solo yo entienda.

Ella pensó. Luego, con voz temblorosa, dijo:

—Marzo.

Él asintió.

—Bien. Si dices ‘marzo’, todo se detiene. Pero si no lo dices… entonces sigues mis instrucciones. Sin preguntar. Sin dudar.

Ella asintió.

—Sí.

Él la tomó de la mano y la ayudó a levantarse. Luego la guio hasta el sillón, donde la hizo sentarse. Él se arrodilló frente a ella, sin dejar de mirarla. Con cuidado, tomó uno de sus pies y desató el tacón. Lo dejó a un lado. Luego el otro. Sus manos subieron por sus pantorrillas, lentas, seguras, deteniéndose solo para masajear con suavidad la piel sensible detrás de las rodillas.

Valeria sentía que el aire se volvía más espeso. Cada roce, cada movimiento, era como una promesa. No de placer inmediato, sino de entrega. De sumisión lenta, consciente.

—¿Tienes miedo? —preguntó él.

—Un poco —dijo ella, honesta.

—El miedo está permitido —respondió él—. Pero no el dolor sin consentimiento. No el abuso. Esto no es eso.

Ella lo sabía. Lo sentía. No era dominación por fuerza, sino por decisión compartida. Por deseo mutuo.

Él se inclinó y besó su rodilla. Luego subió, besando la piel del muslo, deteniéndose justo antes de llegar al borde de la tela. Ella contuvo el aliento. Él levantó la mirada.

—¿Puedo?

Ella asintió.

Él deslizó las manos por debajo del vestido, subiendo lentamente por sus muslos. La tela se arrugó, se levantó. Ella no llevaba ropa interior. Lo había decidido antes de salir de casa. No por coquetería, sino por intuición. Por deseo de que, si esto pasaba, estuviera lista.

Él no se sorprendió. Solo sonrió.

—Buena chica —dijo, y el cumplido la hizo arder.

Sus dedos encontraron su sexo. Ella se estremeció. Él no entró, no presionó. Solo acarició, con dos dedos, en círculos suaves, lentos. Como si estuviera aprendiendo su forma, su ritmo.

—Estás mojada —dijo él, sin juzgar, solo constatando.

—Sí —respondió ella, con voz baja.

—¿Quieres que pare?

—No.

Él continuó. Aumentó el ritmo, pero sin prisa. Cada movimiento era calculado, medido. Ella comenzó a moverse ligeramente contra sus dedos, buscando más. Él no se lo dio. No aún.

—No —dijo él, deteniéndose de pronto.

Ella abrió los ojos, confundida.

—No hasta que te lo diga —explicó él—. Esto no es solo sobre ti. Es sobre mí también. Sobre lo que decido.

Ella asintió. Lo entendía. No era crueldad. Era poder. Y ella, en silencio, lo aceptaba.

Él se puso de pie y se quitó la camisa. Luego los zapatos, los calcetines, el pantalón. Quedó solo con la ropa interior. Un bóxer negro, ajustado. Ella lo miró con deseo. Él no se acercó de inmediato.

—Quítate el vestido —ordenó.

Ella obedeció. Se lo pasó por la cabeza y lo dejó caer al suelo. Quedó desnuda frente a él, con la luz de las velas acariciando su piel. Él la observó, sin prisa, como si estuviera memorizando cada detalle.

—Eres hermosa —dijo, y sonó como una verdad absoluta.

Luego se acercó. La tomó de la mano y la puso de pie. La guió hasta la habitación. La cama estaba hecha, con sábanas negras, suaves. Él la hizo sentar en el borde.

—Quédate así —dijo—. No te muevas.

Ella obedeció. Lo vio abrir un cajón. Sacó un pañuelo de seda negra. Se acercó a ella.

—¿Confías en mí?

—Sí —respondió ella, sin dudar.

Él le cubrió los ojos con el pañuelo. La oscuridad fue inmediata, profunda. Pero no fue aterradora. Fue liberadora.

—Ahora solo escuchas —dijo él—. Solo sientes. No piensas. Solo eres.

Ella asintió.

Él la tomó de las muñecas y las llevó por encima de su cabeza. Luego ató una cuerda suave, pero firme, a cada muñeca, y las anudó a los barrotes de la cabecera. Ella tiró ligeramente. No era para escapar. Era para sentir.

—Eres mía —dijo él, acariciando su cuello—. Solo por esta noche. Pero mía.

Ella no respondió. No hacía falta.

Él comenzó a besarla. Desde los hombros, bajando por el pecho, deteniéndose en los pezones, que endureció con la lengua. Ella gimió. Él no se detuvo. Siguió bajando, por el vientre, por el ombligo, hasta llegar al borde de su sexo. Allí se detuvo.

—¿Sigues queriendo?

—Sí —dijo ella, con voz entrecortada.

Él la lamió. Profundo, lento. Con precisión. Ella gritó, su cuerpo arqueándose contra la cama. Él no se detuvo. Siguió, una y otra vez, hasta que ella tembló, hasta que llegó al orgasmo con un gemido largo, profundo, que resonó en la habitación.

Cuando terminó, él se levantó. Se quitó la ropa interior. Se acercó a la cama. Tomó su miembro con la mano y lo acarició frente a ella, aunque ella no podía verlo.

—¿Quieres sentirme? —preguntó.

—Sí —dijo ella.

Él se acercó. Con una mano, la abrió más. Con la otra, guió su erección. Entró lentamente. Ella gritó. No de dolor, sino de plenitud. Él no se movió al principio. Solo permaneció dentro, llenándola.

—Estoy aquí —dijo él—. Todo tuyo.

Luego comenzó a moverse. Lento al principio, luego con más fuerza. Cada embestida era una promesa, un acto de posesión. Ella se movía con él, sus caderas respondiendo al ritmo que él marcaba. Los sonidos de sus cuerpos, el crujido de la cama, el jadeo de sus respiraciones, todo formaba una sinfonía íntima, oscura, perfecta.

Él se detuvo antes de terminar. Se retiró. Ella gimió, frustrada.

—No —dijo él—. Aún no.

La desató. La giró, suavemente, y la puso de rodillas. Luego la tomó del cabello, con firmeza, pero sin dolor.

—Ahora —dijo—. Tómame con la boca.

Ella obedeció. Lo tomó entre sus labios, lo acarició con la lengua, lo profundizó con la garganta. Él gruñó, sosteniendo su cabeza, marcando el ritmo. No la forzó. Ella se entregó.

Cuando sintió que estaba cerca, la detuvo. La levantó. La puso de nuevo sobre la cama, boca arriba.

—Mírame —dijo.

Ella se quitó el pañuelo. Lo miró.

Él entró de nuevo. Con fuerza. Con necesidad. Esta vez, no se detuvo. Siguió, más rápido, más profundo, hasta que ambos llegaron al clímax al mismo tiempo, gritando, temblando, aferrados el uno al otro.

Después, él se quedó dentro de ella. Le acarició el rostro, le besó los labios.

—Gracias —dijo.

Ella sonrió.

—¿Fue como pensaste?

—Mejor —dijo él—. Porque fuiste tú.

Ella cerró los ojos. Él la abrazó. Fuera, la lluvia seguía cayendo. Pero dentro, todo era silencio. Y calor. Y paz.

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