La cena con mi jefa
La casa estaba en silencio, solo interrumpido por el crujido de los cubiertos sobre la porcelana y el murmullo de la lluvia tras los ventanales. El comedor iluminado por velas parpadeantes envolvía a Laura y a Diego en una burbuja de calor y tensión contenida. Ella, de traje oscuro aún sin desabrochar, miraba su copa de vino con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Él, corbata aflojada y camisa entreabierta, no dejaba de observarla. Desde que ella le pidió quedarse a cenar después de la reunión, todo en el aire había cambiado.
—¿Y ahora qué? —preguntó Diego, sirviéndole más vino.
—Ahora tú me dices —respondió Laura, bajando la voz—. Has estado mirándome toda la noche como si quisieras devorarme. ¿Tienes hambre?
Él soltó una risa ronca, se levantó y fue a su lado. Le quitó el vaso con cuidado, lo dejó en la mesa y le tomó la nuca. Ella no se movió. Solo cerró los ojos cuando él acercó su boca a la de ella. El beso no fue dulce. Fue hambriento, profundo, con lengua y dientes, como si llevaran años esperando ese instante. Laura gimió bajo su boca, y él sintió cómo su coño se humedecía al instante, empapando la tela delgado de su ropa interior.
—Quítate todo —ordenó él, retrocediendo un paso—. Quiero verte.
Ella se puso de pie con elegancia, pero con una urgencia apenas contenida. Se desabrochó el saco, lo dejó caer. Luego el cinturón, luego la falda. La ropa interior era negra, fina, ajustada. Diego se acercó, le agarró un pecho con fuerza, apretó el pezón entre sus dedos hasta que ella soltó un jadeo.
—¿Te gusta que te toque así? —preguntó, bajando la mano por su vientre, deslizándola bajo la tanga.
—Sí —jadeó ella—. Sí, joder, sí.
Él metió dos dedos de golpe, hasta el fondo. Ella se arqueó, apoyó las manos en la mesa. Diego le mordió el cuello mientras movía los dedos dentro de ella, con ritmo fuerte, rítmico, sin piedad.
—Estás chorreando —dijo—. Como si hubieras estado pensando en esto todo el puto día.
—Sí —confesó ella, jadeante—. Desde que te vi entrar a la oficina con esa camisa.
Él sonrió, sacó los dedos y se los llevó a la boca. Chupó el sexo de ella con lentitud, saboreándolo, cerrando los ojos. Luego le bajó la tanga con los dientes, tirándola al suelo.
—Pon las manos en la mesa —ordenó.
Ella obedeció. Diego se arrodilló detrás de ella, le separó las nalgas con las manos y le dio un beso húmedo, directo sobre el ano. Ella tembló. Luego, su lengua bajó, se hundió en su coño, lamió desde el culo hasta el clítoris con movimientos largos, lentos, expertos.
—¡Dios! —gritó Laura, aferrándose al borde de la mesa—. No pares, no pares…
Él no paró. Siguió lamiendo, chupando, metiendo la lengua hasta lo más profundo, mientras con una mano le abría el coño y con la otra le apretaba un pecho. Ella se corría con un espasmo violento, gritando su nombre, temblando como si fuera a desmayarse.
Cuando terminó, él se puso de pie, le dio la vuelta y la sentó sobre la mesa. Le separó las piernas y se hincó de nuevo, esta vez con más fuerza.
—Otra vez —dijo—. Quiero verte correrte otra vez antes de metértela.
Y volvió a lamerla, más rápido, más profundo, mordiéndole el clítoris, restregando la nariz contra su sexo. Ella gritó de nuevo, con un orgasmo más fuerte, más largo, con las piernas temblando, con el coño chorreando sobre la mesa.
Entonces, Diego se quitó la ropa. Camisa, pantalón, ropa interior. Su pija estaba dura, gruesa, larga, con una vena marcada que palpitaba. Ella la tomó con la mano, la acarició, la besó en la punta.
—Quiero que me la metas así —dijo—. Ahora.
Él negó con la cabeza.
—No. Te voy a follar como quiero.
La tomó por las caderas, la levantó y la puso de pie. Luego la dobló sobre la mesa, con la cara contra el mantel. Le separó las nalgas y sin más preparación, sin advertencia, le metió la pija de un solo empujón.
—¡Ah! —gritó ella, con dolor y placer mezclados—. ¡Sí, así!
Él no se detuvo. Comenzó a moverse con embestidas fuertes, profundas, que hacían que el cuerpo de ella se sacudiera sobre la mesa. Las copas cayeron, el vino se derramó, pero nada importaba. Solo el sonido de la carne golpeando contra carne, el jadeo de ella, los gruñidos de él.
—¿Te gusta que te folle así, jefa? —preguntó, agarrándole el pelo—. ¿Te gusta que te coja como a una puta?
—Sí —gimió ella—. Soy tu puta. Fóllame fuerte.
Él aceleró. Cada empujón era más fuerte, más profundo. Sentía el coño de ella apretándole la pija, caliente, húmedo, palpitante. Le dio una nalgada fuerte, luego otra, hasta dejarle la piel roja. Ella gritaba, pero no pedía que parara. Al contrario, pedía más.
—Más fuerte… más… ¡métela más adentro!
Él la tomó por la cintura, la levantó y la giró. Ahora estaba sentada en el borde de la mesa, con las piernas abiertas, y él seguía dentro de ella, moviéndose con furia. Le agarró un pecho, se lo mordió, luego el otro. Ella le arañó la espalda, le clavó las uñas, le dijo que la siguiera follando.
Entonces, él la tomó en brazos, la llevó al sillón. La puso boca arriba, le abrió las piernas y volvió a entrar. Esta vez más lento, más profundo. Ella le rodeó la cintura con las piernas, le clavó los talones en la espalda.
—No pares —suplicó—. No pares nunca.
Él la miró a los ojos.
—Voy a correrme dentro —dijo—. Quiero que lo sientas todo.
Ella asintió, con los ojos llenos de deseo.
Él aceleró, embistiéndola con todas sus fuerzas, hasta que el orgasmo lo golpeó como un rayo. Gritó, se estremeció, y le llenó el coño con chorros calientes, espesos, que comenzaron a salir por los lados.
Ella se corrió al mismo tiempo, con un espasmo que le recorrió todo el cuerpo. Se aferró a él, jadeante, sudada, exhausta.
Él se dejó caer sobre ella, respirando con dificultad.
—Mañana —dijo— volverás a trabajar. Y yo te llamaré a mi oficina.
Ella sonrió, le acarició la nuca.
—Y qué pasará allá… —preguntó, con voz débil—.
—Lo que pasó aquí —respondió él—. Pero con menos ropa.
Y se quedaron así, entrelazados, bajo la lluvia, en el silencio que sigue al fuego.
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