La cena con mi jefa
La luz del atardecer se colaba por las cortinas de seda color vino, tiñendo de rojo la piel desnuda de Sofía mientras se ajustaba el cierre del vestido de noche. No lo terminó de abrochar. Dejó deliberadamente un par de botones sueltos, lo justo para que se adivinara el surco profundo entre sus pechos. Se miró al espejo. Treinta y ocho años, cabello negro recogido en un moño deshecho, labios pintados de carmín oscuro. No necesitaba más. Sabía que esa noche sería distinta.
Habían quedado en su departamento. Ella había insistido. "Un ambiente más relajado", dijo. Solo vino, música suave, conversación. Pero ambos sabían que no era solo eso. Desde que lo había contratado seis meses atrás, desde que sus miradas se cruzaron por primera vez en aquella entrevista con duración exacta de veintitrés minutos, había algo. Un hilo invisible. Tensión. Deseo contenido.
Cuando tocaron a la puerta, Sofía ya tenía el segundo vaso de Malbec en la mano. Abrió sin mirar por la mirilla. Allí estaba él: alto, traje oscuro, camisa desabotonada en el cuello, ojos grises que la recorrieron de arriba abajo sin disimulo.
—Pasa —dijo ella, apartándose con un gesto lento.
Él entró. Cerró la puerta. No dijo nada. Solo la miró. Sofía sintió un cosquilleo en la entrepierna, un calor húmedo que crecía sin permiso. Dejó la copa en la mesita y se acercó.
—¿Quieres vino? —preguntó, aunque ya sabía que no era eso lo que él quería.
—No —dijo él, con voz grave—. Quiero esto.
La tomó por la nuca, fuerte, y la besó. No fue un beso tierno. Fue una invasión. Su lengua se abrió paso entre sus labios, chocó contra la suya, la dominó. Sofía gimió bajo su boca, sintiendo cómo sus pezones se endurecían contra la tela del vestido. Él la empujó contra la pared, su cuerpo aplastándola con fuerza, una pierna entre las suyas, frotándose ya con ansiedad.
—Te he deseado desde el primer día —gruñó él, separándose apenas para hablar—. Desde que entraste en esa maldita oficina con esos tacones y esa mirada de perra segura.
Sofía sonrió, excitada por la crudeza. Nadie le había hablado así. Nadie se había atrevido.
—Y yo —respondió—, desde que te vi con esa corbata mal anudada, pensando en cómo deshacerla con los dientes.
Él rio, oscuro, y le arrancó los botones que faltaban. El vestido cayó al suelo como una hoja seca. Sofía quedó en ropa interior: un sostén negro de encaje, bragas del mismo juego. Él no perdió tiempo. Le quitó el sostén de un tirón, liberando sus pechos grandes, firmes, con pezones oscuros y erectos. Se inclinó y tomó uno en la boca, chupando con fuerza, mordiendo el pezón con los dientes. Sofía gritó, arqueando la espalda, sus manos clavándose en su cabello.
—Sí, así —jadeó—, así, más fuerte.
Él la levantó del suelo como si no pesara nada, cargándola con facilidad. Sofía envolvió sus piernas alrededor de su cintura mientras él caminaba hacia el dormitorio. La arrojó sobre la cama con violencia suave, el colchón hundiéndose bajo su cuerpo. Ella se incorporó de rodillas, mirándolo con hambre, mientras él se desabrochaba el cinturón con lentitud deliberada.
—Quítate todo —ordenó—. Quiero verte entera.
Sofía obedeció. Se deshizo de las bragas, las lanzó al suelo. Quedó desnuda, abierta, con la humedad brillando entre sus piernas. Él se quitó la ropa con calma, revelando un cuerpo esculpido: torso marcado, abdomen definido, piernas fuertes. Y luego, su pene: largo, grueso, erecto como una lanza de carne. Sofía se lamió los labios.
—Ven —susurró—. Ven aquí.
Él se acercó. Se arrodilló frente a ella, tomó sus caderas y hundió la cara entre sus piernas. Sofía gritó al primer lametazo. Su lengua era larga, caliente, precisa. Recorrió su sexo desde el ano hasta el clítoris, chupando, lamiendo, mordiendo con suavidad. Sofía se retorcía, aferrándose a las sábanas, gemidos agudos escapándose de su garganta.
—Por favor —jadeó—, por favor, no pares.
Él no paró. Introdujo dos dedos dentro de ella, profundo, mientras su boca seguía trabajando el clítoris con círculos firmes. Sofía sentía que se venía, que el orgasmo se acercaba como una ola negra, inevitable. Y cuando llegó, fue brutal. Gritó su nombre, su espalda se arqueó, sus músculos se contrajeron alrededor de sus dedos. Él no se detuvo. Siguió chupando, hasta que ella lo apartó, jadeante.
—No más —suplicó—. Necesito sentirte dentro.
Él se levantó. Subió a la cama. La giró, la puso a cuatro patas. Le separó las piernas con una rodilla y, sin previo aviso, entró de un solo empujón. Sofía gritó, no de dolor, sino de placer puro. Estaba llena, estirada, invadida. Él comenzó a moverse con fuerza, sus caderas golpeando contra sus nalgas, el sonido de la carne chocando llenando la habitación.
—Mira cómo te follo —dijo él, agarrándola del cabello—. Mira cómo te abro con mi polla.
Sofía miró por el espejo del ropero. Vio su cara desencajada, sus pechos bamboleándose, su sexo hinchado siendo penetrado con cada embestida. Se corrió otra vez, sin aviso, con un gemido ronco que salió desde lo más profundo.
Él no tardó. Sintió el orgasmo subiendo por su columna, caliente, incontenible. La tomó por las caderas, la atrajo hacia él y se corrió dentro, tres, cuatro, cinco veces, llenándola con su semen caliente. Sofía sintió cada chorrito, cada espasmo. Él cayó sobre ella, sudoroso, jadeante, aún dentro.
Se quedaron así un rato. En silencio. Solo el sonido de sus respiraciones entrecortadas. Luego, él se retiró con suavidad, se acostó a su lado. Sofía se dio vuelta y lo miró.
—¿Y ahora? —preguntó.
—Ahora —dijo él, acariciándole la mejilla—, empezamos de nuevo.
Ella sonrió. Sabía que esa noche no terminaría pronto. Y no quería que lo hiciera.
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