La cena con los dos

@marco_vidal ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

El apartamento olía a vino tinto y piel recién duchada. Desde la terraza, la ciudad parpadeaba como si respirara con ellos, lenta, expectante. Lucía había puesto música baja, un jazz que apenas rozaba los oídos, lo suficiente para que las palabras se arrastraran entre notas, más pesadas, más lentas. Había invitado a Diego, su novio de dos años, y a Víctor, un amigo de la universidad que no veían desde meses atrás. Pero no era una cena cualquiera. Lucía lo había planeado así. No con palabras, sino con miradas, con el modo en que dejó la botella de vino abierta sobre la mesa, con el vestido corto que se le subía un poco al sentarse, con los tacones que repiqueteaban como advertencia.

Diego lo notó. No dijo nada. Conocía a Lucía. Sabía cuándo estaba jugando. Víctor, en cambio, llegó con esa inocencia calculada de quien no quiere asumir que algo va a pasar, aunque todo lo anuncie. Alto, bronceado, con el pelo ligeramente despeinado como si hubiera corrido para llegar a tiempo, besó a Lucía en la mejilla y luego a Diego en el hombro, rápido, varonil. Ella les sirvió el vino con una sonrisa que no se le extendía a los ojos. Los ojos estaban fijos en Víctor.

Comieron ensalada, carne asada, risas cortas. Nada de lo que se dijo fue importante. Pero todo lo que no se dijo pesaba más. Lucía cruzaba las piernas con deliberación, dejaba que el borde del vestido subiera un centímetro más cada vez que se inclinaba. Diego miraba. Víctor también. Nadie apartaba la vista. El silencio entre bocado y bocado era espeso, como si el aire mismo estuviera conteniendo el aliento.

—¿Y si subimos? —dijo Lucía, de pronto, recogiendo los platos con una lentitud que no era casual.

Diego asintió sin mirarla. Víctor se quedó quieto un segundo, luego se puso de pie. No preguntó qué quería decir “subir”. Ya lo sabía. Arriba estaba el dormitorio, con la cama grande, la luz tenue, las sábanas de seda que Lucía compró especialmente para noches como esta.

En el cuarto, Lucía se quitó los zapatos. Uno, luego el otro. Los dejó al lado de la cama, como si marcaran un territorio. Diego se sentó al borde del colchón. Víctor se quedó de pie, cerca de la puerta, como si aún dudara. Pero no dudaba. Lucía se acercó a él. Le puso una mano en el pecho. No dijo nada. Solo lo miró. Luego, con la uña del dedo índice, le desabrochó el primer botón de la camisa.

—¿Tienes miedo? —preguntó, casi en un susurro.

—No —dijo Víctor. Pero su voz tembló.

Lucía sonrió. Desabrochó otro botón. Diego observaba, quieto, pero con los puños apretados. No celos. Deseo. Puro, crudo. Ver a su mujer tocando a otro, desvistiéndolo como si fuera un regalo envuelto para ella sola, le encendía el vientre. Lucía no lo miró, pero lo sintió. Lo conocía. Sabía que estaba listo.

Cuando Víctor quedó con el torso desnudo, Lucía se apartó un poco. Dio una vuelta lenta, dejando que el vestido se levantara con el movimiento. Luego se sentó al lado de Diego, le tomó la mano y la puso sobre su muslo. No habló. Solo lo miró a los ojos. Diego entendió. Deslizó la mano hacia arriba, muy despacio, hasta el encaje de la ropa interior. Lucía suspiró. No fue teatro.

Víctor se acercó. Ya no dudaba. Lucía tomó su mano y la guió hacia el cierre del vestido. Entre los dos, con movimientos torpes de principio, pero seguros de final, le quitaron la prenda. Quedó en ropa interior, piel dorada, pechos firmes, mirada fija en ambos.

—No quiero que uno de ustedes haga todo —dijo—. Quiero que ambos hagan algo.

Diego se puso de pie. Se acercó por detrás, le besó el cuello, le mordió el hombro. Víctor se arrodilló frente a ella. Lucía le puso una mano en el pelo. No lo empujó, no lo forzó. Solo lo guió. Víctor entendió. Le bajó la ropa interior con los dientes, muy despacio, como si deshojara una flor. Luego, con la lengua, empezó a recorrerla. Lucía echó la cabeza hacia atrás. Diego le desabrochó el sostén y le tomó los pechos con fuerza, los apretó, los mordió. Ella gemía, pero bajo, como si no quisiera que el sonido escapara del cuarto.

—Quiero sentirlos a los dos —dijo—. Ahora.

Diego se desvistió rápido. Víctor se puso de pie, también desnudo. Lucía se acostó en la cama, boca arriba, piernas abiertas, mirándolos. No tenía vergüenza. Tenía hambre. Diego se acercó primero, se arrodilló entre sus piernas, le besó el vientre, el muslo, el sexo. Luego se apartó. Víctor tomó su lugar. Lucía le agarró la nuca y lo atrajo. Gemía más fuerte ahora, sin control.

Diego se acostó a su lado, le ofreció un pezón. Lucía lo mordió. Luego se giró, le besó el cuello, el pecho, el vientre. Le deslizó la mano hasta el sexo. Lo acarició. Luego se separó, se puso de rodillas, y se inclinó hacia adelante. Víctor seguía entre sus piernas, pero ahora Lucía se movía, como si bailara con los dos al mismo tiempo. Diego le tomó las caderas, la atrajo hacia sí. Ella se dejó guiar. Víctor subió, se acostó sobre ella, la besó. Tres bocas, seis manos, cuerpos que se encontraban sin prisa, pero sin pausa.

Lucía se sentó sobre Diego, muy despacio, dejando que entrara en ella con una lentitud que dolía. Víctor se acostó a su lado, le ofreció el sexo. Lucía lo tomó con la boca. No fue perfecto. Hubo risas, torpeza, un momento en que se mordió sin querer. Pero no importó. Era real. Era deseo.

Diego le acariciaba los pechos, los mordía. Víctor le besaba el cuello, le susurraba cosas que nadie escuchó. Lucía gemía, se movía, se detenía, volvía. No buscaba el final. Quería el viaje. Quería sentirlos a los dos, no solo en el cuerpo, sino en la piel, en el aire, en el silencio entre los gemidos.

Cuando llegó el orgasmo, fue lento, como una ola que crece sin avisar. Lucía se estremeció, se aferró a Diego, a Víctor, a la cama. Gritó, pero bajo, como si tuviera que esconderlo. Diego se corrió dentro de ella, con los ojos cerrados, la mandíbula apretada. Víctor terminó sobre su vientre, con un gemido ronco, largo.

Nadie habló. Se quedaron así, entrelazados, sudorosos, respirando al mismo ritmo. Lucía se dio vuelta, los miró a ambos. Sonrió.

—Gracias —dijo.

No fue una palabra de cortesía. Fue un agradecimiento verdadero. Por no huir. Por no fingir que no pasó. Por no fingir que no lo desearon.

Diego le besó la frente. Víctor le tomó la mano.

Y el jazz seguía sonando, allá abajo, en el salón, como si nada hubiera pasado. Pero todo había cambiado.

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