La cena con la esposa de mi amigo

@el_forastero ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

La lluvia golpeaba suave contra los cristales del comedor, un repiqueteo tenue que acompañaba el tintineo de los cubiertos sobre la porcelana. En el pequeño departamento de dos habitaciones, apenas iluminado por una lámpara de pie de luz cálida y las velas sobre la mesa, Camila movía los dedos alrededor del tallo de su copa de vino tinto como si explorara un territorio prohibido. No era una mujer excesivamente alta, pero sí de curvas lentas y precisas: caderas anchas que se ajustaban a la silla con elegancia, senos firmes bajo una blusa de seda color vino, y un rostro de pómulos marcados, labios carnosos y ojos oscuros que parecían leer más de lo que decían.

Frente a ella, sentado en el otro extremo de la mesa puesta con esmero, estaba Daniel. Amigo de su marido desde la universidad, soltero, de mirada tranquila y gestos pausados. No era un hombre que llamara la atención de inmediato, pero con el tiempo, como el buen vino, iba revelando matices: una sonrisa que se demoraba un segundo más de lo necesario, una forma de escuchar que hacía sentir a las mujeres profundamente vistas.

Hacía tres semanas que el marido de Camila, Raúl, había partido a un viaje de trabajo. Una ausencia programada, de esas que en pareja se calculan con precisión. Pero esta vez, algo había cambiado. Desde la llamada de Camila pidiéndole a Daniel que la acompañara a cenar “para no quedarse sola con la lluvia”, ambos sabían que no se trataba solo de compañía.

—¿Te gusta el risotto? —preguntó ella, levantando la vista con una sonrisa ligera, apenas visible.

—Demasiado —respondió Daniel, sin despegar los ojos de sus labios—. Pero creo que lo que más me gusta es verte cocinar.

Camila bajó la mirada, fingiendo pudor. No era verdad que había cocinado mucho. Había pedido comida, pero había querido que él pensara que había hecho el esfuerzo. Pequeñas mentiras que alimentan el deseo.

—Raúl nunca se quedó tanto tiempo fuera —dijo ella, cambiando de tema con intención.

—Lo sé. Me dijo que no volvería hasta el lunes.

—Siete días. Una eternidad —susurró, llevándose un bocado a la boca con lentitud exagerada.

El silencio que siguió fue denso, cálido. Las velas proyectaban sombras danzantes en las paredes. Fuera, la ciudad se apagaba bajo la tormenta.

Después de la cena, Camila se levantó para recoger los platos. Daniel se ofreció a ayudar, pero ella negó con un gesto lento de la cabeza.

—Siéntate. Deja que yo lo haga.

Él obedeció. La observó mientras se movía por la cocina, el vaivén de sus caderas marcado por el vestido ajustado que se había puesto con cuidado. No era un vestido para estar en casa. Era un vestido para ser mirada.

Cuando regresó, trajo dos copas de vino y se sentó a su lado en el sofá, no frente. Apenas un palmo los separaba.

—¿No tienes frío? —preguntó Daniel, notando que ella se frotaba los brazos.

Camila negó con la cabeza, pero él tomó la manta que estaba doblada en el respaldo y la extendió sobre ambos. Sus manos se rozaron al hacerlo. Un roce breve, pero que quedó flotando en el aire como una promesa.

—¿Crees que uno puede sentirse sola aunque esté casada? —preguntó ella, sin mirarlo.

—Creo que uno puede sentirse solo incluso en medio de una multitud —respondió Daniel—. Pero también creo que hay soledades que no necesitan llenarse con palabras.

Ella lo miró entonces. Largo. Profundo. Con una intensidad que no necesitaba traducción.

Y sin decir más, se acercó.

Sus labios se encontraron con una lentitud que parecía desafiar al tiempo. No fue un beso apresurado, sino uno que exploraba, que probaba, que confirmaba. Las manos de Daniel subieron hasta su cuello, acariciando la piel con una suavidad que contrastaba con el latido desbocado que ambos sentían. Camila abrió la boca con lentitud, permitiendo que la lengua de él entrara, tibia, segura, sin prisa.

El beso se prolongó. Se profundizó. Hasta que ella se separó apenas lo suficiente para desabrocharle el primer botón de la camisa.

—No deberíamos —dijo, aunque su voz no sonaba como una negación.

—No —coincidió él—. No deberíamos.

Pero sus manos ya estaban bajo su blusa, ascendiendo por la espalda desnuda, encontrando el cierre del sostén. Cuando lo soltó, Camila tembló. No de frío.

Se quitaron la ropa con una calma que enardece más que la pasión desbocada. Cada prenda caía como un suspiro. La camisa de Daniel sobre el sillón. El vestido de ella en el suelo, junto a la manta que ya no cubría nada. Quedaron frente a frente, desnudos, sin vergüenza, con la luz tenue acariciando sus cuerpos como una caricia adicional.

Daniel la tomó de la mano y la guió al dormitorio. No hubo urgencia. No hubo ruido. Solo el crujido de la cama al recibirlos, el jadeo contenido de ella al sentir las manos de él en sus senos, el gemido bajo que escapó cuando la boca de Daniel se cerró sobre uno de sus pezones.

Camila arqueó la espalda, abriendo las piernas sin pedir permiso. Él descendió con besos que iban dejando un rastro de calor. Cuando llegó al borde de su sexo, ya estaba húmeda. Lo olió primero, luego lo lamió con una lentitud deliberada, saboreando cada pliegue, cada temblor que provocaba en ella.

—Dios… —susurró Camila, enterrando los dedos en su cabello—. Así… no pares…

Daniel obedeció. Siguió con la lengua, con los labios, con los dedos. Dos de ellos entraron en ella mientras su boca seguía trabajando, y Camila se corrió con un gemido ahogado, largo, profundo, como si liberara años de silencio.

Cuando él se incorporó, ella ya lo esperaba. Lo tomó con la mano, firme, caliente, palpitante. Lo acarició con lentitud, subiendo y bajando, mientras lo miraba a los ojos.

—Ahora —dijo—. Dentro de mí.

Él asintió. Se colocó entre sus piernas, alineó la punta de su erección con su entrada, y empujó con suavidad. Camila contuvo el aliento. Estaba estrecha, húmeda, caliente. Lo recibió entero, con un suspiro que fue como un regreso.

Comenzó a moverse con lentitud, acompasado, como si midiera cada centímetro. Ella levantó las caderas para recibirlo mejor, envolviéndolo con las piernas, con los brazos, con el alma.

No hablaron. No hacía falta. Solo el ritmo de sus cuerpos, el crujido de la cama, los gemidos que ya no se contenían. Hasta que el clímax los alcanzó a ambos, casi al mismo tiempo, como si el deseo hubiera estado esperando ese instante desde el primer día.

Después, quedaron abrazados, sudorosos, en silencio. La lluvia seguía afuera. El reloj marcaba las dos de la mañana.

Ninguno dijo nada sobre lo que había pasado. Pero ambos sabían que aquella noche no había sido un accidente. Había sido un deseo contenido, un engaño consentido, un secreto que ahora compartían.

Y en la penumbra, mientras Camila se acurrucaba contra el pecho de Daniel, supo que no sería la última vez.

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