La casa de las cortinas verdes

@el_forastero ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

En la esquina más tranquila de un barrio antiguo, donde las calles aún conservan el nombre de poetas olvidados y los árboles crecen torcidos por el viento costero, había una casa de dos pisos con cortinas verdes que nunca se abrían del todo. Era una casa discreta, de fachada descascarada y rejas antiguas, pero con un jardín cuidado con obsesión: helechos en macetas de cerámica, una banca de hierro forjado y un surtidor que apenas gorgoteaba, como si temiera romper el silencio.

Allí vivía Elena, una profesora de literatura retirada antes de tiempo por una enfermedad que nadie nombraba, pero que todos atribuían al corazón. Tenía cincuenta y dos años, los ojos oscuros como el tinte de la higuera y un andar lento, como si cada paso fuera una decisión. Su marido, un ingeniero jubilado con fama de hombre serio y aburrido, pasaba las tardes en el club de ajedrez o en la biblioteca pública, donde fingía leer mientras dormitaba sobre libros de historia militar.

Elena no lo extrañaba. Había aprendido a respirar mejor cuando él no estaba.

Cada miércoles, a las cinco en punto, llegaba el joven de la mudanza. No era mudanza, en realidad. Él traía cajas pequeñas, de madera liviana, envueltas en papel marrón. Venía en una camioneta vieja, con el nombre de una empresa ficticia pintado a mano: *Transportes Luna*. Y siempre traía la misma camisa de lino claro, los pantalones ajustados y el pelo oscuro recogido en una coleta deshecha. Se llamaba Mateo, aunque nadie en el barrio sabía su apellido.

No era el primero. Hacía años que Elena recibía visitas así. Hombres que llegaban con excusas frágiles: repartidores, técnicos, estudiantes de literatura que buscaban asesoría. Ella los elegía con cuidado: jóvenes, discretos, con una mirada que no se asustara al notar la suya. Porque en los ojos de Elena había algo que no se apagaba, algo que se encendía al sentirse observada, deseada, peligrosa.

Mateo era distinto. No por su cuerpo, que era hermoso, sí, pero no único. No por su voz, aunque esta tenía un dejo de melancolía que la hacía estremecer. Era distinto porque no fingía. No le traía flores, no le decía cumplidos baratos. Entraba, dejaba la caja en el recibidor, y esperaba. Como si supiera que ella vendría. Como si supiera que el tiempo entre el timbre y el primer beso era lo más importante.

Ese miércoles llovió desde el mediodía. Una lluvia fina, de esas que no mojan la calle, pero que dejan el aire húmedo y pesado. Elena lo vio venir desde la ventana, con la camisa pegada a los hombros. Abrió la puerta antes de que tocara el timbre.

—Pasá —dijo, sin alzar la voz.

Mateo entró, dejó la caja sobre la mesa del comedor. No dijo nada. Ella cerró la puerta con doble vuelta, como si alguien pudiera ver. Luego, fue hacia la cocina, trajo dos vasos de vino tinto, servido con parsimonia. El líquido oscuro brillaba bajo la luz amarilla del comedor.

—Hoy no trajiste flores —dijo ella, sentándose frente a él.

—No hacía falta —respondió, sin mirarla aún—. Hoy no vengo a cortejar. Vine a quedarme.

Elena sonrió apenas, con los dientes apretados. El vino le tembló en la mano.

—¿Y si tu jefe pregunta?

—No tengo jefe —dijo—. Solo traigo cajas. Y hoy no traje ninguna dirección para volver.

Hubo un silencio largo. Afuera, el surtidor goteaba con insistencia. Una rama del ficus rozó el vidrio de la ventana.

Elena se levantó, caminó despacio hacia el sillón, se sentó con la espalda recta, como si estuviera en clase. Pero cruzó las piernas con lentitud, dejando que la falda subiera un poco, lo justo para que él viera el comienzo del muslo, la línea donde la piel clara se encontraba con la sombra.

—¿Tienes miedo? —preguntó.

—No —dijo Mateo—. Pero si me lo preguntas otra vez, mentiré.

Ella asintió. No necesitaba más.

Se paró, fue hacia él, pero no se arrodilló. No lo tocó. Solo se detuvo a un palmo, lo suficiente para que él sintiera su calor, su perfume de jazmín viejo y sal marina. Entonces, lentamente, se desabrochó un botón del vestido. Luego otro. Hasta que el escote dejó ver la piel clara, el comienzo del pecho, apenas contenido por una tela negra.

—¿Y si me arrepiento? —dijo ella.

—Entonces te irás —respondió él—. Pero no te irás hoy.

Elena volvió a sentarse. Bebió un sorbo de vino. Lo miró por primera vez con los ojos abiertos del todo, sin pestañear.

—¿Por qué vienes?

—Porque me miras como si yo fuera el último hombre —dijo—. Y porque tú eres la primera mujer que no tiene miedo de ser descubierta.

Ella rió. Una risa baja, casi animal.

—No es que no tenga miedo. Es que ya no me importa.

Mateo se paró. Dio un paso. Luego otro. Se arrodilló frente a ella, pero sin tocarla. Solo alzó la vista, y dijo:

—Hoy no vine a fingir que esto es casual.

Elena le puso una mano en la cabeza. No para empujarlo, sino para sentir el peso de su rendición. Luego, con dos dedos, le levantó el mentón.

—Entonces no lo finjas.

Mateo cerró los ojos. Y cuando los volvió a abrir, ya no era el repartidor. Era el amante. El cómplice. El que entra por la puerta trasera no por miedo, sino por placer.

Elena se paró, tomó su mano, y lo llevó por la escalera. Poco a poco, como si cada peldaño fuera un acto de traición. Pero no lo era. No para ella. No después de tantos años de silencio, de cartas sin enviar, de noches escuchando el reloj sin sueño.

En el dormitorio, las cortinas verdes estaban cerradas. Pero no por prudencia. Era un ritual. Como si el mundo debiera desaparecer para que ellos existieran.

No hubo prisas. Se desnudaron con calma, como si cada prenda fuera un pacto. Cuando él estuvo desnudo, ella lo miró largo rato, sin hablar. Luego, se acostó a su lado, sin tocarlo. Solo respiraron juntos, piel con piel, hasta que el aire entre ellos se volvió espeso, eléctrico.

Fue entonces cuando Elena pasó la pierna sobre la suya, cuando lo besó por primera vez, con una lentitud que dolía. No fue un beso de pasión, sino de reconocimiento. Como si al fin hubiera encontrado lo que no sabía que buscaba.

Abajo, en la cocina, el vino seguía en los vasos. La caja sin abrir, olvidada. Y afuera, la lluvia, que ahora caía con fuerza, como si el cielo también contuviera el aliento.

No hubo palabras más altas que el jadeo. No hubo gestos más grandes que el roce. Pero todo fue profundo. Como si cada caricia fuera una confesión, cada suspiro, un nombre olvidado.

Cuando terminaron, no se durmieron. Se quedaron despiertos, mirando el techo, con las manos entrelazadas. Como si el miedo hubiera cambiado de dueño.

Y en algún momento, Elena dijo:

—Volvé el próximo miércoles.

Mateo no preguntó si su marido volvería. Ni siquiera pensó en las consecuencias. Solo asintió.

Porque ya no era un secreto. Era un ritual. Y los rituales no se cuestionan. Se viven.

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