La cama de al lado mientras él dormía

@marco_vidal ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

Eran las dos y media de la mañana cuando Valeria se deslizó fuera de la cama, dejando tras de sí el calor húmedo del cuerpo de su marido. Andrés respiraba con la boca entreabierta, el pecho subiendo y bajando al ritmo pesado del sueño profundo. El alcohol, la cena pesada y las pastillas para dormir hacían su trabajo. No se movería en horas. Y ella, en cambio, estaba despierta, caliente, con los pezones duros bajo la camisilla fina de algodón, los muslos apretados por dentro, buscando fricción.

No fue a la cocina por agua. No fue al baño. Fue al pasillo, descalza, con el corazón golpeándole el pecho como si fuera a escapársele. Se detuvo frente a la puerta del cuarto de huéspedes. No había huésped. Solo Lucas, el hermano menor de Andrés, que había llegado esa tarde para quedarse unos días. Lucas, de mirada intensa, de sonrisa lenta, de manos grandes que rozaban sin querer cuando pasaban cerca. Lucas, que esa noche, durante la cena, no dejó de mirarla a los labios.

Abrió la puerta sin hacer ruido. La luz de la luna entraba por la ventana, iluminando apenas el contorno de su cuerpo acostado boca arriba, desnudo de cintura para arriba. La camisa tirada en el suelo, los pantalones del pijama bajos sobre las caderas. Su pene, flácido pero largo, se extendía sobre el muslo izquierdo. Valeria no dudó. Entró, cerró la puerta con el pie, se acercó a la cama y se sentó en el borde, sin mirarlo a los ojos. Solo miró su boca, luego su pecho, luego el bulto bajo el algodón.

—No estás dormido —dijo ella, en un susurro ronco.

—No —respondió él—. Te esperaba.

No hubo más palabras. Ella se inclinó, le tomó la cara con ambas manos y lo besó. No fue un beso tímido. Fue hambre. Lengua profunda, dientes chocando, saliva cayéndole por la barbilla. Lucas le agarró los glúteos con fuerza, los apretó como si quisiera romperle la tela del short. Ella gimió dentro de su boca, sintiendo cómo su pene se hinchaba bajo la tela, levantándose, palpitando.

Se quitó la camisilla de un tirón. Sus tetas, grandes y pesadas, cayeron libres. Lucas las tomó con las manos, las amasó con urgencia, le mordió los pezones con los ojos cerrados, como si los conociera de antes. Valeria se arqueó, empujó los pechos contra su boca, le pasó las manos por el pelo corto, lo jaló del cabello.

—Chúpamelos, cabrón —jadeó—. Sí, así, como si fuera tuya.

Lucas no se hizo rogar. Le chupó los pezones con fuerza, los lamió, los mordió otra vez. Luego bajó, le besó el vientre, le desabrochó el short con los dientes, se lo sacó de un jalón. Las bragas siguieron. Estaba empapada. El sexo hinchado, rosado, brillante de humedad. Lucas le separó los labios con los pulgares, le olió la raja, le metió la lengua de golpe, sin aviso.

—¡Ay, mierda! —gritó ella, agarrándolo del pelo—. ¡Sí, así, come mi concha, come!

Lucas no se detuvo. Le lamió el clítoris con movimientos circulares, rápidos, firmes. Le metió dos dedos de golpe, los dobló dentro, buscando el punto que la hacía gritar. Ella se retorcía, levantaba las caderas, se frotaba contra su boca como si no hubiera mañana. El sonido de su sexo al ser lamido, húmedo y chupado, llenaba la habitación.

—Voy a correrme —jadeó—. Lucas, voy a correrme en tu boca, cabrón.

Él no se detuvo. Solo gruñó, hundió los dedos más, le mordió el clítoris con suavidad. Y ella explotó. Un orgasmo fuerte, violento, que le subió desde los pies, le tensó los músculos, le hizo gritar tapándose la boca con la mano. Lucas no dejó de chupar, ni siquiera cuando ella temblaba, agotada. Solo cuando el último espasmo pasó, se detuvo, le lamió los muslos, le besó el pubis depilado.

—Ahora te voy a coger —dijo, levantándose.

Se paró al borde de la cama, se bajó el pantalón del pijama. Su pene estaba duro como una piedra, grueso, con una vena marcada que latía. Valeria se sentó, le tomó el miembro con la mano, lo acarició de arriba abajo, le pasó el pulgar por la punta, recogiendo la gota de líquido preseminal.

—Mierda, qué grande —dijo, mirándolo a los ojos.

—Y te va a caber todo —respondió él.

Ella se acostó otra vez, abrió las piernas, se agarró los muslos. Lucas se acercó, le puso la punta en la entrada, la frotó arriba y abajo, mojándola con su propia humedad. Luego, de un empujón seco, entró hasta el fondo.

—¡Ay, carajo! —gritó ella, arqueándose.

Estaba llenísima. Demasiado. Lucas no se movió al principio. Solo se quedó enterrado dentro, dejándola acostumbrarse. Luego, con cuidado, empezó a moverse. Embestidas lentas, profundas, que le hacían gemir a cada empuje. Ella le pasó las uñas por la espalda, le marcó la piel.

—Más fuerte —pidió—. Más fuerte, cabrón, cógeme como si fuera tu puta.

Lucas gruñó. Aumentó el ritmo. Le cogió las piernas, se las puso sobre los hombros, y empezó a penetrarla con fuerza, con rabia, con ganas. Cada empuje le hacía rebotar la espalda contra el colchón. El sonido de sus cuerpos chocando era obsceno, perfecto. Valeria gritaba sin control, le pedía que no parara, que le diera más, que la llenara de semen.

—Voy a correrme otra vez —avisó, con la voz quebrada.

Lucas no bajó el ritmo. Solo embistió más rápido, más duro, hasta que ella se corrió gritando su nombre, con los músculos del coño apretándole el pene como si no quisiera soltarlo.

Él no tardó. Siguió follando, con los dientes apretados, los ojos cerrados, hasta que sintió el orgasmo subirle por la columna. Gritó, se enterró hasta el fondo y le llenó el coño con tres chorros calientes, espesos, que le resbalaron por los muslos al salir.

Se quedaron quietos un momento, respirando agitados. Lucas se desplomó a su lado, sin sacar el pene aún. Ella le acarició el pecho, le besó el hombro.

—Esto no puede volver a pasar —dijo, sin convicción.

—Claro que sí —respondió él, sonriendo—. Mañana es sábado. Andrés va a salir temprano a correr.

Ella rió, bajó la mano, le acarició el pene flácido, todavía húmedo de su sexo.

—Entonces mejor que empieces a recuperarte —susurró—. Porque quiero que me cojas otra vez antes del desayuno.

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