La cabaña en la montaña
No sabía que un lugar tan frío pudiera encenderme tanto. La madera crujía bajo mis pies, el aire helado me mordía las mejillas, pero dentro de mí ardía algo que no podía contener. Estaba sola. O eso creía. Hasta que escuché el ruido en la puerta trasera.
—¿Hola? —dije, sin levantarme del sillón frente al fuego. Tenía una manta sobre las piernas, una copa de vino tinto en la mano, y el corazón ya un poco más acelerado de lo normal. No por miedo, sino por algo más instintivo: la expectativa.
—Soy yo —dijo una voz que reconocí al instante. Daniel. Mi ex. Mi amigo. Mi tormento de los últimos cinco años.
Abrí los ojos. No lo esperaba. No aquí. No ahora. La cabaña era mía, la había alquilado para escribir, para huir del bullicio de la ciudad, para curarme de recuerdos. Y él aparecía como si el destino tuviera una broma privada con nosotros.
—¿Qué haces aquí? —pregunté, sin levantarme. No quería que notara cómo me temblaban las manos.
—Te vi en la estación de buses. Ibas con una maleta. No dije nada. Solo… te seguí. No podía creer que estuvieras sola. Que hubieras venido a este lugar.
Cerró la puerta tras de sí. El viento entró con él, frío y violento, pero su presencia lo calentó todo. Llevaba un abrigo grueso, botas llenas de nieve, y ese pelo oscuro que siempre me hacía querer enterrar los dedos. Tenía barba ahora, más marcada, y los ojos más profundos. Como si hubiera vivido algo que no me había contado.
—No tenías derecho a seguirme —dije, pero sin fuerza. Sonaba como una excusa.
—No —dijo, quitándose el abrigo—. No tenía derecho. Pero tampoco podía quedarme quieto. No después de verte.
Dejó el abrigo en el perchero. Caminó despacio hacia el fuego. Se arrodilló frente a la chimenea y avivó las brasas con una vara de hierro. La luz del fuego lo iluminó de costado. Vi sus manos, fuertes, seguras. Recordé cómo me habían sostenido una y otra vez. Cómo me habían separado las piernas, cómo me habían acariciado el cuello mientras gemía.
—¿Y si no quería verte? —pregunté, bajando la copa.
—Entonces me iré —dijo, sin mirarme—. Pero déjame calentarme un rato. Hace frío ahí afuera.
Lo miré. Estaba tan cerca, y a la vez tan lejos. Como siempre. Como cuando terminamos. Como cuando me dijo: “No puedo seguir así, es demasiado intenso, demasiado real”. Y yo le creí. Le creí y me fui. Pero nunca dejé de pensar en él.
—¿Quieres vino? —pregunté.
—Sí —dijo.
Le serví una copa. Se la acerqué. Nuestras manos se rozaron. Un segundo. Un instante. Pero suficiente para que el aire cambiara. Para que el silencio se volviera denso, cargado de lo que no decíamos.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó.
—Cinco años, dos meses, dieciséis días —dije sin pensarlo.
Él me miró. Sorprendido.
—¿Tanto?
—Sí —dije—. Tanto.
Se quedó callado. Bebió. El fuego crepitó. Fuera, la nieve caía sin parar. El mundo entero parecía haberse detenido para nosotros.
—Yo también —dijo al fin—. También he contado los días.
No respondí. No pude. Sentí un nudo en la garganta. No era tristeza. Era deseo. Puro, crudo, urgente.
Se levantó. Caminó hacia mí. No dijo nada. Solo se arrodilló frente al sillón, como si fuera un acto de devoción. Me miró a los ojos. Luego bajó la vista. Con una mano, levantó la manta. Mis piernas desnudas quedaron al descubierto. El aire frío las rozó, pero él fue más rápido. Sus labios tocaron mi rodilla.
—No digas nada —dijo—. Solo déjame hacer esto.
Y empezó a besar. Lenta, suavemente. Primero la rodilla. Luego el muslo. Cada beso era un latido. Cada roce una promesa. Subió. Subió. Sentí su aliento a través de la tela del pantalón. Me mordí el labio. No quería gemir. No quería darle el poder. Pero ya lo tenía.
—Daniel… —susurré.
—Shhh —dijo—. Déjame recordar cómo eres.
Sus manos subieron por mis caderas. Me quitó el pantalón con cuidado, como si deshojara una flor. Mis bragas eran de encaje negro. Las acarició con los dedos antes de bajarlas. Lentamente. Como si el tiempo no importara. Como si hubiéramos estado esperando esto toda la vida.
—Eres igual —dijo—. Igual de hermosa. Igual de mojada.
Sentí su aliento justo encima. Cerré los ojos. Y entonces… su lengua. Un solo toque. Y ya estaba temblando. No era solo placer. Era emoción. Era llorar sin lágrimas. Era volver a casa.
—Dios… —gemí, arqueando la espalda.
Él no se detuvo. Me abrió con los dedos, me saboreó con la lengua. Lento, profundo, como si me estuviera redescubriendo. Me chupó el clítoris con suavidad, luego con fuerza. Una, dos veces. Hasta que mis manos buscaron su pelo. Hasta que mis piernas temblaron.
—No pares —rogué.
Y no paró. Siguió. Más rápido. Más profundo. Me llevó al borde. Y cuando estaba a punto de correrme, se detuvo.
—No —grité—. No, por favor…
—Quiero verte —dijo, levantándose.
Se quitó la camisa. Lento. Cada botón era una promesa. Su pecho era el mismo. Fuerte, marcado, con ese vello oscuro que siempre me volvía loca. Bajó los pantalones. Calzoncillos grises. Y allí estaba. Su pene, duro, grueso, palpitante. Como lo recordaba. Como lo soñaba.
—¿Puedo? —preguntó.
Asentí. No pude hablar.
Se acercó. Me tomó de las caderas. Me levantó del sillón como si no pesara nada. Me sentó sobre él, allí, frente al fuego. Sus manos en mi cintura. Mis piernas abiertas. Su erección justo en la entrada.
—Mírame —dijo.
Lo miré. Sus ojos estaban llenos de deseo, pero también de algo más. De miedo. De amor. De arrepentimiento.
—Te amo —dijo—. Nunca dejé de amarte.
Y entonces, entró.
Un solo movimiento. Lento, profundo. Me llenó por completo. Grité. No de dolor, sino de plenitud. De vuelta. De pertenencia. Sentí cómo mi cuerpo lo reconocía, cómo se ajustaba a él como si nunca hubiera estado en otro lugar.
—Dios… —susurré—. Estás… estás dentro de mí.
—Sí —dijo, sin moverse—. Y no me moveré hasta que me digas que te vengas.
—Ya casi… —dije, con la voz rota.
—No. Quiero verte. Quiero que abras los ojos. Quiero que sientas todo.
Y así fue. Empezó a moverse. Lento. Profundo. Cada embestida era un latido. Cada roce una tormenta. Mis uñas se clavaron en su espalda. Mis piernas lo rodearon con fuerza. El fuego crepitaba. Nuestras respiraciones se mezclaban. El aire olía a madera, a sudor, a sexo.
—Más… —rogué.
—¿Más?
—Sí… más fuerte.
Y lo hizo. Más rápido. Más profundo. Sus caderas golpeaban las mías. Cada embestida me acercaba al borde. Sentía el clímax subiendo, como una ola que no podía contener.
—Daniel… voy a… voy a…
—Hazlo —dijo—. Hazlo conmigo.
Y me vine. Con fuerza. Con llanto. Con grito. Me vine como si mi cuerpo hubiera estado esperando esto durante años. Me vine con él dentro, con sus manos en mi cintura, con sus labios en mi cuello.
Él no se detuvo. Siguió. Hasta que sentí que se tensaba. Hasta que sus ojos se cerraron. Y entonces, con un gemido profundo, se corrió. Dentro de mí. Caliente. Largo. Como si no quisiera salir nunca.
Nos quedamos así. Sudorosos. Temblorosos. Abrazados. Sentados frente al fuego, sin ropa, sin miedo.
—No me dejes otra vez —dije, con la voz rota.
—No —dijo—. Nunca más.
Y lo creí. Porque esta vez no fue solo sexo. Fue encuentro. Fue regreso. Fue amor que se niega a morir.
Fuera, la nieve seguía cayendo. Pero dentro, todo ardía. Todo latía. Todo era real.
Nos quedamos abrazados hasta el amanecer. No hablamos mucho. No hacía falta. Las palabras sobraban. Lo que importaba era el tacto, el olor, el calor del otro.
Al día siguiente, desayunamos juntos. Pan tostado, café negro, mermelada de frambuesa. Nos sentamos en la mesa de madera, desnudos, compartiendo una toalla. Reímos de tonterías. De cómo se quemó el pan. De cómo la ducha no tenía agua caliente. De cómo el perro del vecino nos miró con desaprobación desde la ventana.
—¿Y ahora? —pregunté.
—Ahora —dijo—, empezamos de nuevo. Si tú quieres.
Lo miré. Sus ojos eran sinceros. Su sonrisa, tímida. Como la primera vez que me dijo que me amaba.
—Sí —dije—. Quiero.
Y no fue un final. Fue un principio. Uno lento, real, cargado de emociones. Porque el erotismo no siempre es salvaje. A veces, es un beso en la rodilla. Un roce de manos. Un “te amo” susurrado frente al fuego.
Y a veces, es todo lo que necesitas para volver a sentirte viva.
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