La Cabaña del Guardabosques

@el_forastero ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

Yo no creía en los milagros, pero aquella tarde, mientras la lluvia azotaba el cerro como si el cielo se hubiera puesto a llorar de rabia, empecé a pensar que tal vez algo arriba se había apiadado de mí. Había subido al bosque de Ocoyucan por encargo del dueño de la maderera, a revisar unos tramos donde dijeron que andaban talando de contrabando. Yo, como perito forestal, me encargaba de esos asuntos: caminar kilómetros bajo el sol o la tormenta, marcar árboles, tomar muestras. Pero ese día, el cielo se me echó encima antes de lo previsto. La camioneta, atorada en el barro hasta las llantas, no quería saber nada de moverse. Así que toqué a la única puerta que vi entre los pinos: una cabaña de troncos con techo de lámina, humo saliendo de la chimenea, como si alguien allí adentro supiera que yo venía.

Abrió un hombre alto, de hombros anchos, con una barba espesa que le cubría media cara y ojos oscuros como pozos profundos. Vestía una camisa de lana abotonada hasta arriba, pero no pude evitar notar el vello que asomaba por el cuello, ni el modo en que sus antebrazos, fuertes y peludos, se tensaron cuando sujetó la puerta.

—¿Se le ofrece algo, jefe? —preguntó, con voz gruesa, de esas que suenan como si llevaran años fumando leña.

—Nomás resguardarme de la lluvia, si no le molesta. Me quedé varado como perro mojado.

Me miró de arriba abajo, despacio, sin prisa. Como si me midiera el alma con la mirada. Luego asintió y se hizo a un lado.

—Pase. No se quede ahí, que el frío ya le caló los huesos.

Adentro olía a eucalipto y a hombre. Había una estufa de leña encendida, un sillón de piel desgastada, libros apilados en una repisa, y en una esquina, una cama amplia, sin hacer. Sobre una mesa, una botella de mezcal y dos copitas.

—¿Le ofrezco un trago? Para que no se le enfríe el alma —dijo, mientras servía sin esperar respuesta.

Tomé la copita. El líquido me quemó el pecho. Él me miraba, sentado frente a mí, las piernas abiertas, sin decir nada. Pero había algo en el aire, una tensión espesa, como el humo que flotaba entre nosotros.

—¿Y usted qué hace aquí arriba, tan solo? —pregunté, aunque ya imaginaba la respuesta.

—Cuido el monte. Nadie más quiere este pedazo de tierra. Demasiado apartado. Demasiado frío. Pero a mí me gusta. Aquí no me pregunta nadie por qué soy como soy.

Lo dijo sin emoción, pero con una fuerza que me hizo tragar saliva. Yo no supe qué responder. Solo asentí. Pero mis ojos no dejaban de mirarlo: la forma en que sus dedos acariciaban el borde de la copa, la manera en que cruzaba y descruzaba las piernas, como si jugara conmigo sin decirlo.

La lluvia no paraba. El mezcal se acabó. Y entonces, sin aviso, se levantó, se desabrochó la camisa con calma y la dejó caer al suelo. Su pecho era ancho, cubierto de vello oscuro que bajaba hasta el cinturón. No dijo nada. Solo me miró.

Yo no me moví. Pero sentí cómo se me endurecía la verga bajo el pantalón de trabajo. Él sonrió. Dio un paso. Luego otro. Hasta quedar frente a mí. Me tomó la mano y la puso sobre su pecho.

—No tienes que decir nada —murmuró—. Solo siente.

Y entonces, como si el tiempo se hubiera detenido, empecé a desabrocharme el cinturón. Él no se movió. Solo esperó. Con paciencia. Con hambre. Cuando saqué mi verga, dura como una piedra, él se arrodilló. Sin hablar. Sin pedir permiso. Solo la tomó con la mano, la acarició despacio, como si la conociera de toda la vida. Luego, con la lengua, lamió la punta. Lento. Dulce. Como si fuera un pecado que merecía saborearse.

—No me vengas rápido —susurró—. Hoy no hay prisa. Hoy es tuyo.

Y entonces me la metió entera a la boca. No fue violento. Fue como si me estuviera recibiendo en su casa, en su cuerpo. Chupó con devoción, con ritmo, mientras sus manos me agarraban las nalgas, me acercaban más. Yo gemía bajo, como un animal que no quiere ser escuchado. Pero allí, entre pinos y lluvia, nadie iba a oír.

Cuando me corregí en su boca, él no se apartó. Se limpió la comisura con el dorso de la mano y me miró, con esos ojos que no pedían nada, solo ofrecían.

—¿Y ahora? —le pregunté, temblando.

Él se paró. Se quitó los pantalones. Y allí, en medio de la cabaña, con el fuego iluminando su cuerpo, vi su verga larga, gruesa, con venas que parecían caminos marcados a fuego.

—Ahora —dijo— me toca a mí que me cojas.

Y mientras la lluvia seguía cayendo, yo lo tomé por las nalgas, lo recosté sobre la cama y, sin más palabras, lo chingué como si mi vida dependiera de ello. Lento. Hondo. Como si estuviera llegando a casa después de años de caminar.

¿Te ha gustado? Valóralo

0.0 · 0 votos
Reportar
Compartir

También en Gay