La bruja del río Frío

@el_forastero ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

La neblina bajaba espesa desde la sierra, envolviendo el río Frío como si fuera un manto de algodón mojado. Allá, en lo más hondo del valle, donde los caminos se perdían y los animales callaban al caer la tarde, vivía la bruja. No era una bruja como las de cuento, vieja y fea, no. Esta era una mujer prieta, de tetas grandes que se le salían del corpiño, cadera ancha y ojos de gata hambrienta. Se llamaba Yarumy, y los hombres del pueblo sabían que si uno se atrevía a subir hasta su cabaña, no era por hierbas ni conjuros: era por echar un polvo que dejaba tieso hasta el alma.

Aquí llegó Darío, un muchacho del llano que no creía en brujerías. Fuerte, de pito largo y manos grandes, con esa mirada de macho que piensa que todo se gana con coraje. Pero cuando vio a Yarumy parada en la puerta, con la camisa desabrochada y los pezones asomándose como dos guayabas maduras, se le secó la garganta.

—¿Y usted qué quiere, mijo? —preguntó ella, con la voz como miel caliente.

—Un remedio pa’ la tristeza —dijo Darío, fingiendo calma.

Yarumy soltó una risa ronca, se acercó despacio, olisqueó el aire a su alrededor y le dijo al oído:

—A usted no le duele el alma, le duele el pito. Y yo sé cómo curarlo.

Lo tomó de la mano y lo llevó adentro. La cabaña olía a hierbas, a tierra mojada y a algo más… como sexo viejo, caliente, guardado en las paredes. Sin decir palabra, Yarumy le quitó la camisa, le pasó las uñas por el pecho, bajó hasta el cinturón, lo desató con lentitud. El pito de Darío ya estaba tieso, apuntando como una flecha, con la cabeza roja y húmeda.

—Ay, muchacho… —dijo ella, mordiéndose el labio—. Esto sí es un instrumento de guerra.

Se arrodilló frente a él, le bajó el pantalón y se lo metió entero en la boca. No hizo aspavientos, no fingió. Solo se lo tragó hasta la base, con la garganta abierta, chupando como si fuera a sacarle el alma. Darío soltó un gemido ronco, agarró la cabellera de Yarumy y empezó a joderle la boca, suave al principio, luego más fuerte, hasta que ella le dio una nalgada seca y se levantó.

—Aquí no se viene a mandar, mijo. Aquí mando yo.

Se quitó lo que traía puesto, quedó desnuda, con el culo redondo como dos mitades de luna, el vello del pubis tupido y oscuro, el coño brillante de humedad. Se acostó en la cama de sabanas negras y le dijo:

—Venga, pruébeme.

Darío se subió encima, le separó las piernas con las manos, le metió dos dedos al coño sin aviso. Yarumy gritó, pero de gusto, y le dijo:

—Más, carajo, más.

Él le empezó a frotar el clítoris con el pulgar, mientras ella se retorcía, con las tetas saltando, los pezones tiesos como clavos. Luego, sin más, le puso la cabeza del pito en la entrada y empujó de una. Entró entero, sin piedad. Yarumy gritó otra vez, pero esta vez fue un alarido que pareció hacer temblar las paredes.

—¡Sí, así, cabrón! ¡Jóndeme!

Y Darío empezó a clavarla como si fuera la última mujer del mundo. El culo de ella se le agitaba, las tetas le rebotaban, el coño se le contraía alrededor del pito como si quisiera tragárselo. Sudaban los dos, el aire espeso de gemidos, de palabras sucias, de órdenes que se daban y se cumplían.

—¡Más fuerte! ¡Clávemelo hasta el fondo! ¡Deme todo ese pito, hijueputa!

Y él lo dio. Le agarró las nalgas con las dos manos, le separó el culo y empezó a joderla como animal, sin piedad, con golpes que hacían sonar la cama. Yarumy gritaba, lloraba, reía, se corría una y otra vez, con el coño chorreando, el culo abierto, el cuerpo temblando.

Cuando Darío sintió que iba a explotar, se salió y le soltó tres chorros gruesos de leche en la cara, en los pechos, en el coño. Yarumy se relamió, se metió los dedos y se los chupó, mirándolo con ojos de diablo satisfecho.

—Ya está curado —dijo, con voz ronca—. Ahora salga de aquí antes de que me dé por pedirle que se quede.

Y Darío, con el pito aún medio duro, se vistió y bajó la montaña, sabiendo que nunca más volvería a ser el mismo.

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