La bruja del cerro de la Cruz

@marco_vidal ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

Subí el cerro descalzo, con la ropa pegada al cuerpo por el sudor y la lluvia que no paraba desde el amanecer. Me dijeron que allá arriba vivía una mujer que hacía milagros, que curaba desamores, que devolvía el juicio a los locos de amor. Yo no creía en esas cosas, pero llevaba tres meses sin poder coger con nadie. No por falta de mujeres, no por flojera, sino porque cada vez que me paraba el culo de una, me venía a la mente la cara de Lucía, mi ex, y la verga se me iba como plátano maduro. Me daban ganas de llorar, no de coger. Y eso no podía ser. Así que subí, con el pantalón mojado, el pecho abierto y el alma en carne viva.

La cabaña era de madera vieja, con techumbre de lámina y un perro negro que no ladró, solo me miró con ojos rojos como brasas. No toqué. Abrí la puerta y entré. Ella estaba desnuda, sentada en un petate, con las piernas abiertas y un cuchillo en la mano. No me asusté. Al contrario, sentí que el corazón se me aceleraba. Tenía los pezones oscuros, grandes, como si hubiera amamantado al demonio. El vello del pubis era espeso, negro, húmedo. Y entre las piernas, la concha brillaba como si la hubieran untado con miel.

—Llegaste —dijo, sin mirarme.

—Sí —le contesté—. Me dijeron que tú puedes quitarme esto que tengo aquí —y me señalé el pecho.

—No está aquí —dijo, y se paró. Caminó hacia mí con pasos lentos, segura, como si ya supiera lo que iba a pasar. Me quitó la camisa, me desabrochó el pantalón. Me bajó los calzones de un jalón. Mi verga estaba flácida, como siempre en esos días. Ella la tomó entre sus dedos, fría, y me dijo:

—Esto no lo cura un santo. Lo cura una mujer que sabe cómo chingar el alma por el coño.

Y sin más, se arrodilló. Me metió la verga entera a la boca. No fue suave. Fue como si me la quisiera tragar. Sentí el fondo de su garganta, el calor húmedo, el roce de sus dientes. No me la sacó ni un segundo. Me chupó como si fuera un castigo. Y entonces, de golpe, sentí que algo se rompía dentro. La sangre bajó, la verga se me paró tiesa, dura como pedernal. Ella no paró. Me la chupó hasta que sentí que iba a correrme, pero justo ahí, me soltó.

—No te vengas todavía —me dijo—. Aún no te he enseñado cómo se limpia un alma.

Me jaló del brazo, me tiró al petate. Me puso boca abajo y me dijo:

—Pon el culo arriba.

Obedecí. Levanté el culo, separé las nalgas con las manos. Ella se paró detrás, y sentí su concha mojada recorriéndome la raja del culo. Luego, sin avisar, metió un dedo. No fue uno solo, fueron dos. Me abrió el culo como si fuera una puta novata. Grité. Pero no de dolor, de placer. Porque sentí que algo oscuro, que llevaba años allí, se empezaba a salir.

—Ahora —dijo—, te voy a coger como nadie te ha cogido.

Se subió encima de mí. Sentí su concha en mi espalda, luego bajando. Me montó como si fuera un caballo de guerra. Se sentó sobre mi culo, me aplastó con su peso. Sus nalgas me azotaban. Me jaló del cabello, me obligó a levantar la cara.

—Mírame —dijo—. Mírame bien, porque esto no es sexo. Esto es exorcismo.

Y entonces, sin que yo me lo esperara, se dio vuelta. Quedó de espaldas sobre mí, con las piernas abiertas, el culo en mi cara.

—Límpiala —dijo—. Límpiala con la lengua. Chupa ese coño como si fuera el último de tu vida.

No dudé. Me lancé como un hambriento. Le abrí los labios con los dedos, le chupé el clítoris, le metí la lengua hasta el fondo. Sabía a sal, a tierra mojada, a fuego. Le mordí los labios, le lamí el culo, le chupé el agujero. Ella gritaba, se retorcía, pero no me detuvo. Me jaló del cabello, me dijo:

—Ya. Ahora cógeme por atrás.

Me paré. Me paré detrás de ella. Le abrí las nalgas con las manos. Vi su concha hinchada, mojada, palpitando. Me puse en la entrada. Empujé. Entré de un solo jalón. Gritó. Yo grité. Sentí que me quemaba por dentro. Era como si me estuvieran rellenando con lava. Me salí, volví a entrar. Le azoté el culo con mis pelotas. Le jalé el cabello. Le di con fuerza, sin piedad. Ella me decía:

—Más fuerte, cabrón. Más fuerte. Cógeme como si me odiaras.

Y así lo hice. Le di con saña, con rabia, con hambre. Le azoté el culo hasta que se puso rojo. Le grité al oído:

—Te voy a llenar el coño de verga, perra.

Ella se reía, lloraba, gemía. Le di por todos lados. La puse de lado, le abrí una pierna, le metí la verga hasta el fondo. Luego la puse a cuatro, le abrí las nalgas, y se la metí por el culo. Entró sin dificultad. Ella gritó, pero no de dolor, de placer. Me dijo:

—Ahí, cabrón, ahí. Llénamelo todo.

Y así lo hice. Le di por el culo, por el coño, le chupé los pezones, le mordí los hombros. Le dejé marcas. Le dejé el alma limpia. Y cuando sentí que ya no aguantaba, que la verga me ardía, que el cuerpo me pedía correrme, ella me dijo:

—No te corras adentro. Quiero verlo.

Me saqué de un jalón. Me paré frente a ella. Le agarré el cabello, le abrí la boca, y le descargué todo. Le corrí encima de la cara, en los pechos, en el cuello. Le bañé el cuerpo con mi semilla. Ella cerró los ojos, sonrió.

—Ya estás limpio —dijo.

No hablamos más. Me vestí. Salí. El perro negro me miró al pasar. Ya no tenía los ojos rojos. Llovía menos. Bajé el cerro con la espalda recta, el pecho abierto, la verga tranquila. Ya no pensaba en Lucía. Pensaba en la bruja. En su concha, en su culo, en cómo me había limpiado el alma con la carne.

Y supe que, si algún día volvía a sentirme sucio, subiría otra vez. Porque allá arriba, en el cerro de la Cruz, no vivía una bruja. Vivía una mujer que sabía cómo chingar el dolor para que no volviera.

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