La boca del fuego

@lucia_noche ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

La habitación olía a sal y a sudor seco, a sexo antiguo y piel recién frotada. Las cortinas estaban cerradas, pero entre las rendijas se colaba una luz amarillenta de tarde avanzada, la clase de luz que dora los muslos y enrojece los pezones. Sofía estaba de rodillas sobre la cama, desnuda, con el cabello negro azabache pegado a la nuca por el sudor de horas antes. No se había duchado. Quería que él la oliera así: usada, caliente, con el coño hinchado de tantas veces haberse tocado pensando en él.

Él entró sin llamar. La puerta se abrió con un crujido seco, como si la casa también contuviera el aliento. No dijo nada. Solo la miró. Ella sintió su mirada como una caricia en el cuello, en los hombros, en los pechos duros como piedras. Él llevaba una camisa blanca, desabrochada hasta la mitad del pecho, y un pantalón de tela oscura que no disimulaba nada: la erección ya estaba allí, tensa, marcando la tela con una sombra gruesa.

—Te dije que vinieras con hambre —dijo ella, sin levantar la vista.

Él dio un paso adelante.

—Y aquí estoy. Hambriento.

Sofía sonrió, apenas un movimiento de labios, y bajó la cabeza. Él se acercó más, hasta que sus piernas rozaron la cama. Ella extendió los brazos y tomó el borde del pantalón con los dedos, tiró suavemente hacia abajo. Él se dejó hacer. El pantalón cayó al suelo con un susurro. Los calzoncillos también. Y entonces, por fin, lo tuvo frente a los ojos: el pene, largo, grueso, con una vena que latía como un segundo pulso a lo largo del tronco. La punta estaba hinchada, brillante, con una gota de líquido preseminal que asomaba en la hendidura.

Ella no dudó. Abrió la boca y lo tomó todo de una vez.

No fue lento, no fue cuidadoso. Lo tragó hasta el fondo, hasta que la nariz rozó el vello púbico de él, hasta que sintió el primer espasmo en la garganta. Él soltó un gruñido bajo, casi un gemido, y levantó una mano para enredarla en su cabello. No la empujó, no la forzó. Solo esperó. Ella se movió entonces, retirándose con lentitud, dejando que el glande se deslizara entre sus labios como si lo saboreara. La piel era caliente, sensible, y alrededor del frenillo, justo donde la lengua pasaba, había un anillo de piel más oscura, más tersa.

—Joder… —murmuró él, con la voz quebrada—. Así, así, no pares…

Ella no pensaba hacerlo.

Volvió a bajar, esta vez con más fuerza, con más hambre. Su boca se abría más allá de lo cómodo, pero no le importaba. Quería sentirlo todo: el peso en la lengua, el sabor salado del prepucio, el olor ácido y masculino que se le pegaba a la nariz. Movía la cabeza con precisión, alternando entre profundos tragos y lamidas cortas, rápidas, que hacían que él se estremeciera.

Sus manos no estaban quietas. Una acariciaba los testículos, pesados como dos piedras calientes, los apretaba con suavidad, los separaba, los volvía a juntar. La otra se deslizó hacia atrás, hasta que los dedos rozaron el perineo, justo entre los testículos y el ano. Lo presionó allí, apenas un roce, pero fue suficiente para que él soltara un jadeo y apretara el puño en su cabello.

—Si sigues así, me voy a correr ya —advirtió, con voz ronca.

Ella levantó la vista, con el pene aún en la boca, y lo miró con los ojos brillantes. No dijo nada. Solo sonrió alrededor de la carne, y volvió a bajar, esta vez con un movimiento circular de la lengua que hizo que él diera un respingo.

Sofía conocía el cuerpo de un hombre como si fuera su propio mapa de placer. Sabía que no todos los penes respondían igual, que algunos necesitaban presión, otros ritmo, otros humedad constante. Este, el de él, necesitaba profundidad. Necesitaba que lo tragara, que lo hiciera suyo, que lo marcara con la boca.

Así que se abandonó.

Dejó que su garganta se relajara, que su mandíbula cediera, y lo tomó más y más adentro, hasta que sintió el glande rozar el inicio de la faringe. Un espasmo, una arcada leve, pero no se detuvo. Solo respiró por la nariz, lenta, profundamente, y continuó. Su lengua lamía la vena inferior con cada subida, y al bajar, lo rodeaba todo con los labios, como si lo besara por dentro.

Él empezó a moverse. Pequeños empujes, apenas centímetros, pero suficientes para que el ritmo se volviera más urgente. Sus caderas se tensaban, sus muslos temblaban.

—Sí… sí, así… joder, qué bien chupas… —gimió, con la voz quebrada—. Chúpame todo, carajo, chupa fuerte…

Ella obedeció.

Aceleró el ritmo. Sus mejillas se hundían con cada trago, sus labios se estiraban alrededor del grosor. El sonido era obsceno: el chupido húmedo de la boca alrededor del pene, el jadeo de él, el crujido de la cama al moverse.

Entonces, él se tensó.

—Voy a correrme… —advirtió, con voz ronca—. No pares, por favor, no pares…

Ella no tenía intención de hacerlo.

Sintió el primer espasmo en el pene, el endurecimiento súbito, el aumento de grosor. Y entonces llegó el primer chorro.

Caliente, espeso, amargo. Le explotó en la garganta, y ella no se retiró. Solo tragó. Y cuando el segundo chorro llegó, más fuerte, más largo, lo recibió en la boca, lo retuvo, lo saboreó. El semen le resbaló por la comisura de los labios, un hilo blanco que bajó hasta su barbilla.

Él se corrió con fuerza, con violencia, con gemidos roncos que parecían arrancados del fondo del pecho. Tres, cuatro, cinco chorros, largos, espesos, que ella tragó uno tras otro, sin prisa, como si estuviera bebiendo vino.

Cuando terminó, se retiró lentamente, dejando que el pene resbalara entre sus labios con un sonido húmedo. Lo miró entonces, con los ojos brillantes, con la boca hinchada, con el rostro manchado de semen.

Él no dijo nada. Solo la tomó de los hombros y la levantó. La puso de espaldas sobre la cama, con las piernas abiertas, y se arrodilló entre ellas.

—Ahora te toca a ti —dijo.

Y sin más, hundió la cara entre sus piernas.

Ella gritó.

No fue un grito de sorpresa, sino de placer puro, de alivio. Había estado esperando eso desde que lo vio entrar. Desde que lo vio con esa mirada de hambre.

Él no perdió el tiempo.

Lamió con fuerza, con precisión. Su lengua encontró el clítoris al primer intento, hinchado, sensible, y lo rodeó con movimientos circulares, lentos al principio, luego más rápidos. Sus dedos se deslizaron entre los labios menores, separaron, buscaron, encontraron. Uno entró, luego dos. Se movieron dentro de ella con ritmo constante, mientras su boca no dejaba de trabajar.

—Sí… sí… así… —gemía ella, con las manos en su cabello, tirando, pidiendo más—. Más fuerte… más profundo…

Él obedeció.

Su lengua se volvió más insistente, más húmeda. Lamía desde el ano hasta el clítoris, trazaba círculos alrededor del botón sensible, lo chupaba como si fuera un dulce prohibido. Sus dedos se curvaron dentro de ella, rozaron ese punto que la hacía gritar.

—Ahí… ahí… —gimió ella—. Joder, sí, justo ahí…

Él no respondió. Solo continuó.

El olor era intenso: sexo, humedad, deseo. El sabor, dulce y ligeramente ácido. A él le gustaba. Le gustaba sentir cómo se humedecía más con cada lamida, cómo sus dedos resbalaban, cómo su boca se llenaba de ella.

Sofía empezó a temblar.

—Voy a correrme… —avisó, con la voz quebrada.

Él no se detuvo. Solo intensificó el ritmo. Su lengua se volvió más rápida, más precisa. Sus dedos no dejaron de moverse.

Y entonces llegó.

Un orgasmo fuerte, largo, que le subió desde los pies, le recorrió las piernas, explotó en el vientre y le sacudió el cuerpo entero. Gritó, con la cabeza echada hacia atrás, con las manos apretando las sábanas. Su sexo palpitó alrededor de los dedos, se contrajo, se abrió, se cerró, se humedeció más.

Él no se retiró. Solo siguió lamiendo, suave ahora, como si la consolara, como si la calmara.

Cuando ella abrió los ojos, estaba exhausta, pero sonreía.

—No ha terminado —dijo él, limpiándose la boca con el dorso de la mano.

Ella lo miró, con el pecho agitado, con el pelo pegado a la frente.

—No… —susurró—. No ha terminado.

Él se acercó, la tomó de las caderas, la puso de rodillas. Ella entendió. Se inclinó hacia adelante, apoyó las manos en la cama. Él se colocó detrás, tomó su pene, ya medio duro, y lo frotó entre sus nalgas, arriba y abajo, despacio, marcando el camino.

Luego, sin más, entró.

Fue lento, pero profundo. Un empujón largo, constante, que la hizo gritar de nuevo.

Estaba estrecha, caliente, húmeda. Él se movió con cuidado al principio, luego con más fuerza. Sus caderas golpeaban contra sus nalgas, produciendo un sonido carnal, obsceno.

—Más… —pidió ella—. Más fuerte…

Él obedeció.

El ritmo se volvió salvaje. Golpes largos, profundos, que la llenaban por completo. Sus pechos se movían con cada empuje, sus gemidos se mezclaban con los de él.

—Te voy a correr otra vez —advirtió ella, con la voz rota.

Él solo gruñó.

Y cuando llegó el segundo orgasmo, fue más fuerte, más largo. Ella se corrió gritando, con el cuerpo arqueado, con el sexo palpitando alrededor del pene.

Él no tardó.

Sintió el orgasmo subir desde los testículos, trepar por el pene, explotar en su interior. Se corrió dentro de ella, con fuerza, con violencia, con tres empujones finales que la hicieron gritar.

Se derrumbó sobre ella, sudoroso, agotado.

Se quedaron así, quietos, respirando con dificultad, unidos.

La luz de la tarde seguía entrando por las cortinas, dorando sus cuerpos.

Y en el silencio que siguió, solo se escuchaba el jadeo de dos personas que acababan de hacer el amor como si fuera la última vez.

Pero no lo era.

Porque fuera, en la oscuridad, ya empezaba a llover. Y ellos sabían que la noche apenas comenzaba.

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