La bibliotecaria del sótano

@marco_vidal ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

El aire del sótano olía a papel viejo, humedad sutil y un toque de vainilla que venía de alguna vela apagada hacía horas. No había ventanas, solo estantes de madera oscura que llegaban al techo, repletos de libros antiguos, muchos sin catalogar. Lucía, la bibliotecaria, llevaba una blusa blanca de botones ajustada, falda plisada negra que le llegaba justo por encima de las rodillas y medias de seda que crujían levemente al caminar. Tenía treinta y ocho, el cabello castaño recogido en un moño flojo, y una mirada que escondía siglos de fantasías calladas.

Él bajó las escaleras con el pretexto de buscar un libro de astronomía del siglo XIX. Nadie usaba ese sótano. Era su dominio. Ella lo recibió con una sonrisa tibia, los labios apenas separados, como si ya supiera que ese encuentro no sería casual.

—Aquí abajo no hay catálogo digital —dijo, pasando un dedo por el lomo de un volumen encuadernado en cuero—. Tienes que buscar con las manos.

Él asintió, sin despegar los ojos de sus dedos finos, de cómo se deslizaban sobre el polvo con precisión, casi caricia. El silencio se espesó. Fuera llovía, y el sonido del agua contra el respiradero del subsuelo creaba un ritmo lento, íntimo.

—¿Y si no encuentro lo que busco? —preguntó él, acercándose un paso.

Ella giró apenas la cabeza, el cuello tenso, los ojos clavados en los suyos.

—Entonces, te ayudo. Pero hay que seguir las reglas. Nada de ruidos. Nadie debe saber que estamos aquí.

Él sonrió.

—No haré ruido. A menos que tú me obligues.

Lucía no respondió con palabras. Solo se agachó, fingiendo revisar un estante bajo. La falda se subió unos centímetros, dejando ver la unión suave de sus muslos, la sombra tibia entre ellos. Él contuvo el aliento. Ella lo sabía.

—Este no es el libro que buscas —dijo, sin levantarse—. Pero quizás encuentres otro.

Él se arrodilló detrás de ella. Le apartó el cabello del hombro y le besó la nuca. Ella tembló, apenas un instante, pero no se movió. Sus manos, antes quietas, se aferraron al borde del estante.

—No deberías… —susurró, sin convicción.

—No deberíamos —aceptó él—. Pero aquí estamos.

Le desabrochó la blusa desde atrás, lentamente, uno a uno, los botones cediendo como pequeñas rendiciones. Cuando la tela cayó, descubrió un sostén negro de encaje, el arco de su espalda tensa, el comienzo de dos hoyuelos sobre las caderas.

—Siempre imaginé esto —dijo ella, la voz ronca—. Entre libros prohibidos. Con alguien que no conozco.

Él le besó los hombros, luego la columna, bajando. Le bajó la falda con cuidado, deslizándola por las piernas, luego las medias, centímetro a centímetro, como si deshojara una flor. Ella se quitó el sostén sin darse vuelta, dejando que cayera al suelo.

Estaba desnuda de cintura para arriba, de rodillas, sosteniéndose del estante, la respiración entrecortada. Él se quitó la camisa, el pantalón, sin prisa. Cuando estuvo desnudo, se acercó.

—¿Siguen las reglas? —preguntó, rozando su espalda con el pecho.

—Solo una —dijo ella—: no hablar después.

Él le separó las piernas con suavidad, le acarició el interior de los muslos, encontró su humedad ya caliente, pulsante. Ella gimió cuando sus dedos entraron, profundos, lentos.

—Dios… —susurró—. Aquí… entre libros…

Él la penetró de pie, tomándola por la cintura, hundiéndose en ella con un solo movimiento. Lucía echó la cabeza atrás, mordiéndose el labio para no gritar. El sonido de su piel chocando contra la de él se mezclaba con el crujido de los estantes, el susurro de las páginas antiguas que parecían observar.

—Más fuerte —pidió ella, jadeando—. Como si este libro también fuera tuyo.

Él obedeció. Cada embestida era un latido, una promesa rota, un deseo cumplido en la penumbra. Las manos de ella se aferraron a los libros, derribando uno, luego otro. El aire se llenó de polvo, de gemidos ahogados, de algo que no era solo sexo, sino entrega pura, animal, necesaria.

Cuando el orgasmo llegó, fue como un terremoto silencioso. Ella se estremeció, se arqueó, contuvo un grito contra la madera de un estante. Él la siguió, llenándola con un gruñido ronco, agotado, pleno.

Se separaron despacio. Ella se vistió sin mirarlo. Él hizo lo mismo.

—Nadie debe saber —dijo ella, acomodándose el moño.

—Claro que no —respondió él.

Pero ambos sabían que, entre esas paredes, entre los libros olvidados, algo había cambiado. Y que, quizás, el próximo libro que buscaran… sería el mismo.

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