Esa vez en el apartamento de Mateo

@el_profesor ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

Yo nunca creí que algo así me fuera a pasar a mí, la verdad. Siempre me he considerado un hombre tranquilo, de gustos definidos: mujeres, bonitas, bien puestas, con estilo. Pero la vida, mijo, tiene formas muy raras de sacudirte el piso y dejarte parado en medio de un cuarto sin saber bien por dónde salir. Y más si el cuarto es el de un amigo, con las luces bajas, el aire acondicionado zumbando como un testigo discreto y dos cuerpos que no saben si correrse o correrse juntos.

Mateo es un tipo especial. No es mi mejor amigo, pero sí uno de esos con quienes uno termina compartiendo más de lo debido: tragos, confesiones, hasta apartamentos cuando la novia pone el grito en el cielo. Él vive en El Poblado, en un quinto piso con vista a las luces de la ciudad que parpadean como si supieran de nuestros secretos. Moreno, delgado, con una sonrisa que parece saber demasiado y unos ojos que no se pierden detalle, Mateo siempre ha tenido ese aire de que sabe moverse entre lo prohibido sin dejar huella.

Aquella noche habíamos salido. Cerveza de por medio, risas flojas, historias de cama contadas con media lengua. Yo le conté de Daniela, esa pelirroja que conocí en el bar de la esquina y que me tenía el pito tieso desde hacía una semana. Él me escuchaba, serio, con esa media sonrisa que le sale cuando algo le gusta más de lo que quiere admitir.

—Pero tú sí que te gustan las mujeres, ¿eh, viejo? —me dijo, mientras daba un trago largo a la botella.

—Claro que sí, mijo. Mujer bien puesta es un regalo de Dios. ¿Tú no?

Se quedó callado un segundo, luego soltó una risita corta.

—Yo no digo que no, pero a veces... un hombre también sabe cómo tocar.

No dije nada. No quise. Pero algo en su voz, en cómo lo dijo, me dejó un cosquilleo en la nuca, como si alguien me hubiera soplado al oído sin yo verlo.

Llegamos al apartamento pasadas las dos de la mañana. El alcohol me corría por las venas como un mensajero de malas decisiones. Nos sentamos en el sofá, él con esa camiseta blanca que le queda justa, marcándole el torso. Yo, con la camisa desabrochada, el corazón un poco más rápido de lo normal.

—¿Y si te digo que yo también te he mirado? —dijo de pronto, sin mirarme.

—¿Cómo que me has mirado?

—Como hombre, viejo. Como si supiera lo rico que debes estar.

Me quedé helado. No por miedo, sino por el calor que me subió desde el estómago hasta la garganta. No me asustó. Me excitó. Y eso fue lo más jodido.

—¿Estás hablando en serio?

—Tanto como que este calor no es por la cerveza.

Y entonces se acercó. Lento, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Y yo, en vez de pararme, en vez de decirle que no, me quedé ahí, mirándolo, sintiendo cómo el aire entre nosotros se espesaba. Cuando sus labios tocaron los míos, fue como si el mundo se apagara un segundo. No fue violento, no fue desesperado. Fue como si ya lo hubiéramos ensayado mil veces en sueños.

Su boca era suave, pero segura. Su lengua, juguetona, pero sin pedir permiso. Y yo, que nunca había besado a un hombre, sentí que todo encajaba. Como si hubiera estado cerrado y él hubiera encontrado la llave sin que yo supiera que existía.

No sé cuánto tiempo estuvimos así, besándonos, tocándonos por encima de la ropa, como adolescentes con miedo de ser descubiertos. Pero cuando sus manos bajaron y me agarró el pito por encima del pantalón, gemí. Sí, gemí como si fuera una mujer, como si el placer no tuviera género.

—¿Te gusta, viejo? —me susurró al oído.

—Chimba... sí.

Entonces se arrodilló frente a mí. Me desabrochó el cinturón con una lentitud que me volvió loco. Bajó el pantalón, los calzoncillos, y ahí estaba mi verga, tiesa, palpitante, mirándolo como si le pidiera que la salvara.

—Qué bonito te tienes —dijo, y antes de que pudiera responder, me la metió en la boca.

No pude evitar jadear. Fue distinto a cualquier cosa que hubiera sentido con una mujer. No era mejor, no era peor. Era otra cosa. Como si mi cuerpo reconociera algo que nunca había permitido. Su boca era cálida, húmeda, y sabía exactamente cómo moverse. No me ahogaba, no me apuraba. Me saboreaba. Y yo, que nunca había sentido que alguien me mamará tan rico, pensé que me corría allí mismo.

—Para, para... —le dije, jalándolo del hombro.

—¿No te gusta?

—Me gusta demasiado. Pero quiero verte.

Se levantó, me miró con esos ojos que ahora brillaban de otra manera. Le quité la camiseta. Quería verlo todo. El torso moreno, el vello justo, el ombligo que parecía un llamado al pecado. Bajé sus pantalones, y cuando su pito quedó libre, no pude evitar comparar. Más delgado que el mío, pero con una forma que me hizo querer probar.

Y probé.

Lo tomé con la mano, lo acerqué a mi boca. Dudé un segundo. Luego lo metí. Sabor salado, piel caliente, venas que latían. No fue asco lo que sentí, fue poder. Como si estuviera descubriendo una parte de mí que había estado dormida.

—Sí, así, viejo —dijo, con la voz quebrada.

Y mientras lo mamaba, sentí que algo en mi cabeza se rompía, no en pedazos, sino en capas, como si cada lamida me despojara de una mentira. No era gay. No era heterosexual. Era yo, puro y simple, deseando lo que me daba placer.

Después, no sé quién lo propuso, pero terminamos en la cama. Yo sobre él, sintiendo su culo contra mi pito, moviéndonos como si bailáramos una canción que solo nosotros entendíamos. No llegamos al final. No fue necesario. El placer no siempre es el orgasmo. A veces es el sudor en la nuca, el aliento en el cuello, la risa tímida después de un beso inesperado.

A la mañana siguiente, nos despertamos sin mirarnos. Nos vestimos en silencio. No hubo promesas, no hubo reproches.

—Esto no cambia nada —dije.

—Ni cambia todo —respondió él.

Y salí del apartamento con el alma más liviana, sabiendo que no era menos hombre por haber deseado a otro, ni más raro por haberlo disfrutado. Solo era yo, descubriendo que el deseo no tiene bandera, ni frontera, ni reglas. Solo tiene calor. Y a veces, un pito listo para lo que venga.

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