Esa noche en la casa de los espejos

Esa noche en la casa de los espejos

@marco_vidal ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 4 min de lectura

Yo jamás pensaba que me iba a encontrar en medio de una orgía, pero a veces la vida te da sorpresas que ni el más atrevido soñaría. Todo empezó cuando mi vecina, Valeria, me invitó a una cena íntima en su casa. Ella es rubia, de ojos verdes intensos, y tiene ese cuerpo que parece hecho para ser mirado y tocado. Me dijo que seríamos cuatro: ella, su amiga Camila —una morena alta, musculosa y de labios carnosos—, su esposo, Daniel, y yo. “Nada formal, solo para conocernos mejor”, dijo con una sonrisa que me hizo sentir calor en el pecho.

Llegué con una botella de aguardiente antioqueño, pero cuando abrí la puerta, el aire ya estaba cargado de perfume y algo más… una tensión dulce, como el primer trago de café bien cargado.

Valeria me recibió con un beso en la mejilla y una falda corta que dejaba ver sus muslos tersos. “Mira quién vino”, dijo, y Camila apareció desde el fondo del salón, con una copa en la mano y una sonrisa que prometía cosas malas. Daniel nos abrazó a los dos, sin tapujos, como si ya nos conociera de toda la vida.

La cena fue tranquila al principio, con risas, anécdotas y ese aguardiente que sebe bien cuando está frío. Pero cuando apagamos las luces y encendimos velas en el comedor, todo cambió. Valeria se sentó en el suelo, apoyada en un cojín, y me miró fijo mientras se quitaba los zapatos. “¿Tú también te sientes raro, no?” Me acerqué. Ella me tomó la mano y me puso sobre su rodilla. “Siente cuánto late”, me susurró. Y sí, palpitaba como una paloma asustada.

Camila se levantó y se sentó en el sofá, cruzando las piernas despacio, como si cada movimiento fuera un ritual. “¿Y si dejamos de fingir que esto es solo una cena?” Daniel se acercó a ella, le acarició el muslo y le besó el cuello mientras le decía algo al oído que la hizo reír con un sonido húmedo, de esos que te erizan la piel.

Yo ya no sabía qué hacer, pero Valeria me tomó la cara y me besó. No fue un beso de prueba, fue un beso de hambre. Su lengua entró con fuerza, como si me estuviera marcando. Me sentí blando, pero bien. Me sentí vivo. Me puse de pie, la tomé de la mano y la llevé al baño, que tenía paredes de espejos y una ducha gigante. Ella se volvió, me miró por encima del hombro y me dijo: “¿Tú me quieres tocar o solo mirar?” No dudé. Le desabrochó el sujetador con una mano, le pasé los dedos por la espalda y sentí sus pechos redondos y calientes contra mi pecho. Me giré y le dije: “Dame tu boca”. Y ella, sin decir nada, se arrodilló y me sacó el pito, que ya estaba duro como una piedra.

Fue lento, sabroso. Me mamiaba como si no hubiera mañana. Camila entró y se apoyó en el borde de la bañera, viéndonos, con las manos en las caderas. Daniel la siguió y le empezó a besar el cuello mientras le bajaba la cremallera del vestido. Valeria me miró, sonrió y me dijo: “Ahora es tu turno de elegir”. Me paré, caminé hasta Camila y le pasé la lengua por el ombligo. Ella jadeó. “Estás rico, Marco”, susurró. Le besé la boca, le metí la lengua y sentí su sabor, dulce y salado.

Valeria se puso detrás de mí y me tomó del pito mientras Camila me chupaba el lóbulo de la oreja. Daniel se unió, me acarició el pecho y me besó el cuello. Todo fue un flujo, una corriente que no paró hasta que Camila se sentó en la taza del inodoro y Valeria me empujó adentro. Me metí en Camila con calma, pero con fuerza, y Valeria se puso de pie, me agarró de los testículos y me ayudó a entrar más hondo. Camila gemía, “¡ahora, ahora!”, y Valeria me decía: “Mira cómo le gusta”. Me senté, la tomé de las caderas y le di todo. Le di hasta que sentí que me iba a explotar, y cuando llegamos juntos, Valeria me besó y Camila me dijo: “Eres un cabrón… pero rico”.

No fue solo sexo. Fue confesión. Fue entrega. Fue una noche en que el cuerpo se olvida del nombre y solo sabe que quiere, que necesita, que arde.

Y yo, que nunca había estado en una orgía, salí de ahí con la promesa de volver.

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