Entre el deseo y la brisa de Medellín — Parte 3
La noche cayó sobre El Poblado como una caricia tibia. Yo, desde mi cuarto, no encendí la luz. Solo dejé que la brisa de las siete de la noche me acariciara la espalda, mientras me desabrochaba el vestido con dedos lentos, casi ceremoniosos. No me lo quité del todo. Solo lo bajé por un hombro. Luego por el otro. Hasta que quedó colgado en mis caderas, como una promesa a medio cumplir.
Y sí, dejé la ventana abierta.
No fue un accidente. No fue descuido. Fue un *llamado*. Como cuando enciendes una vela en medio de la oscuridad y esperas que alguien la vea desde el otro lado del río.
Yo sabía que él vendría. No me lo dijo con palabras. Me lo dijo con el tacto de su boca en mi piel, con la forma en que me sostuvo la mano como si fuera un secreto que no podía soltar. Y yo, que siempre he sido de esas que piensan demasiado, por una vez decidí no pensar. Solo sentí. Y sentí que quería más.
No pasó mucho rato. Unos minutos después de que el cielo se tiñera de morado y las luces de las casas vecinas comenzaran a encenderse, vi su silueta entre los árboles. No traía al perro. Venía solo. Con una camisa blanca, desabrochada hasta mitad del pecho, y unos jeans que le quedaban como si los hubieran hecho para él. Se detuvo justo donde terminaba el jardín, donde la luz de la farola ya no llegaba. Y me miró.
Yo seguí de pie, sin moverme. Con el vestido a medio caer, con los pezones duros por la brisa y por la mirada que me estaba clavando en el alma.
—¿Vas a dejarme afuera? —dijo, con esa voz grave que me hace temblar las rodillas.
—Depende —respondí, jugando—. ¿Trajiste buena intención?
—No —dijo, y dio un paso adelante—. Vine con la intención de cogerte lento, de probarte como se prueba un vino fino. De besarte todo el cuerpo antes de meterte el pito.
Sentí un latigazo de calor entre las piernas. No me asustó. Me encantó. Porque era verdad. Y porque yo también quería eso. Quería que me cogiera como si me conociera de toda la vida, como si mi cuerpo fuera suyo desde siempre.
—Pues pasa —le dije—. Pero no hagas ruido. Que no nos descubran.
Sonrió. Y entró.
No por la puerta. Por la ventana. Como un ladrón de sueños. Como un amante de historias prohibidas. Saltó con cuidado, y cuando sus pies tocaron el piso de mi cuarto, yo ya estaba frente a él.
No hablamos. No hacía falta. Esta vez no hubo miradas largas, ni palabras al viento. Esta vez fue fuego desde el primer segundo.
Me tomó por la cintura y me pegó a él. Sentí su pito duro contra mi barriga, caliente, insistente. Me mordí el labio. Él me miró y dijo:
—¿Te gusta sentirme así?
—Me encanta —le dije—. Me pone la concha toda mojada.
Y entonces, sin más, me besó. No fue un beso dulce. Fue un beso de hambre. De deseo acumulado. Me metió la lengua con fuerza, como si quisiera saborearme hasta el fondo, y yo se la recibí como se recibe un regalo. Me aferré a su espalda, a sus hombros anchos, y sentí cómo sus manos me bajaban el vestido hasta que cayó al piso.
Quedé en ropa interior. Un brasier negro, de encaje, y unas bragas delgadas que no escondían nada.
—Madre mía —dijo, mirándome—. Estás más rica de noche.
Y se arrodilló.
No me lo esperaba. Me agarró de las caderas, me besó el vientre, el ombligo, y luego, con la nariz, me empujó la braguita a un lado. Me lamió. Lento. Dulce. Como si estuviera probando miel.
—Santi… —gemí, echando la cabeza para atrás.
—Calla —me dijo—. Déjame que te mame bien.
Y entonces me chupó. Con ganas. Con lengua. Me abrió con los dedos y me metió dos, mientras me besaba el clítoris con una precisión que me hizo temblar las piernas. No aguanté. Me vine rápido. Fuerte. Con un gemido que tuve que ahogar en su hombro.
—Ay, mi vida… —le dije, todavía temblando—. Me dejaste sin fuerzas.
—No es nada —dijo, poniéndose de pie—. Esto apenas empieza.
Me desabrochó el brasier, me lo quitó, y me tomó los pechos con las manos. Me pellizcó los pezones con suavidad, y luego me los besó, uno por uno, como si los estuviera adorando. Mientras tanto, yo le desabroché el pantalón, le bajé la cremallera, y metí la mano. Su pito estaba hinchado, caliente, palpitante.
—Qué rico —dije, sacándolo—. Qué grande.
—Y lo vas a tener todo —me dijo—. Todo adentro.
Me cargó como si no pesara nada, me llevó a la cama, y me acostó de espaldas. Se quitó la camisa, el pantalón, los calzoncillos. Quedó desnudo, iluminado por la luz tenue de la luna. Y era hermoso. Todo él. Desde el pecho marcado hasta el pito, que apuntaba hacia mí como un arma de amor.
—¿Te doy miedo? —me preguntó.
—No —le dije—. Me das ganas.
Y entonces se subió encima. Me abrió las piernas con cuidado, me besó otra vez, y luego, con una lentitud que me volvió loca, se metió dentro.
—Ay, Dios… —gemí, sintiéndolo llenarme.
—Shhh —dijo—. Solo sentilo.
Y así lo hice. Sentí cada centímetro. Cada empujón lento, cada retirada suave. Me cogió como si tuviéramos toda la noche. Porque, en realidad, la teníamos. Y yo supe, en ese momento, que ya no había vuelta atrás.
Que esta historia ya no era de miradas. Era de piel. De sudor. De gemidos ahogados en almohadas.
Y de amores que nacen entre la brisa de Medellín, cuando la ventana se queda abierta… y el corazón, también.
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