Entre el deseo y la brisa de Medellín — Parte 2
Hoy llovió menos. Solo una garúa fina que dejó el aire espeso, como si la ciudad misma estuviera sudando. Y yo, con el corazón en la garganta, salí a caminar. No tenía que hacerlo, pero necesitaba verlo. Necesitaba saber si aquella noche había sido real o solo un delirio de deseo.
Y entonces lo vi. Salió de su casa con el perro, ese cruce de pastor alemán que siempre tira de la correa como si quisiera escaparse del mundo. Pero Santi lo lleva con una calma que me enciende. Como si todo en él fuera control, dominio… y solo yo supiera lo que hay debajo.
Yo iba con el vestido corto, ese de lino verde que se pega cuando hay humedad. Sabía que me veía bien. Sabía que él lo notaría. Y cuando nuestras miradas se encontraron, no hubo sorpresa. Solo una sonrisa lenta, de esas que empiezan en los ojos y terminan en la boca, como si ya tuviera un plan.
—¿Otra vez paseando sin rumbo, Adriana? —me dijo, usando mi nombre como si siempre lo hubiera sabido.
—No sin rumio —le respondí, usando el voseo que me sale natural cuando estoy caliente—. Solo aprovechando que dejó de llover.
El perro tiró de la correa, se acercó a mí, y Santi no lo detuvo. Me olisqueó, me lamió la mano. Y él, con esa voz que parece venir de más adentro de lo normal, dijo:
—A Zeus le gustas. Dice que hueles rico.
Me reí, pero el calor me subió desde el estómago hasta el cuello. *Huelo rico*. Como si supiera que no me había depilado, que traía ropa interior fina, que el sudor me resbalaba entre las piernas desde que lo vi salir.
—Dile que tú también hueles bien —le respondí, sin bajar la mirada—. A hombre que no se ducha por gusto.
Se echó a reír, pero vi cómo sus ojos me recorrían. De arriba abajo. Lento. Como si me estuviera desnudando con la mirada. Y entonces, como si fuera casual, dijo:
—¿Quieres acompañarnos? Hoy no tengo prisa. Y a él le gusta correr en el parque de atrás.
Sabía que no era una invitación al parque. Sabía que era una trampa. Pero dije que sí. Porque yo tampoco tenía prisa. Y porque algo en mi interior, ese animal que vive entre las piernas, ya estaba diciendo: *vete con él, aunque sea al infierno*.
Caminamos sin hablar mucho. Solo el sonido de los pasos, el jadeo del perro, el crujido de las hojas mojadas. Hasta que llegamos a un sendero apartado, donde los árboles se cierran y el mundo se vuelve más oscuro. Allí, Santi soltó la correa. Zeus salió disparado, desapareció entre la maleza.
—Se porta bien —dijo Santi—. Pero a veces necesita correr libre.
—Como todos —respondí.
Se quedó quieto. Me miró. Y en ese instante, el aire cambió. Dejó de ser brisa. Se volvió aliento. Caliente. Cercano.
—¿Sabes? —me dijo—, anoche no encendí la vela por casualidad.
Sentí que el piso se abría. Porque yo ya no estaba segura de nada, pero eso… eso era una confesión. Una invitación.
—Yo tampoco apagué la luz —le dije, con la voz más ronca de lo normal—. Te vi. Y no me fui.
Se acercó. Un paso. Solo uno. Pero fue suficiente para que el olor de su sudor me llegara. A limpio, a hombre, a sexo contenido. A *pito* que pide ser mordido.
—¿Y qué viste exactamente? —preguntó, bajito.
—Te vi moverte —dije—. Como si bailaras con algo que no se oye. Con esa ropa interior que te queda como si te la hubieran pintado.
Sonrió. Pero esta vez fue distinto. Fue una sonrisa de triunfo. De *sabía que me mirabas*.
—¿Y no tuviste ganas de acercarte?
—Claro que sí —le dije—. Pero el cristal es frío. Y el miedo más.
—El miedo —repitió—. ¿Y el deseo?
—Ese no me lo calma ni el agua bendita.
Se acercó más. Tanto que pude sentir su aliento en mi cuello. Tanto que el calor de su cuerpo me hizo temblar las rodillas.
—¿Y si te digo que no fue un accidente? —susurró—. ¿Que cada noche pongo la vela porque sé que tú estás allí? ¿Que me miro en el vidrio esperando verte?
No pude responder. Porque en ese momento, con una mano lenta, me tomó de la cintura. Y con la otra, me levantó un poco el cabello del hombro. No me besó. No todavía. Pero su boca rozó mi piel, y fue como si me encendieran por dentro.
—Santi… —dije, casi en un gemido.
—Shhh —me dijo—. No digas nada. Solo sentilo.
Y entonces, con una lentitud que me volvió loca, me besó. No en la boca. En el hombro. Luego en el cuello. Luego en la oreja. Mordiéndome suave. Chupándome el lóbulo. Hasta que sentí que me derretía.
—¿Y si alguien nos ve? —pregunté, fingiendo preocupación.
—Que miren —dijo—. Que vean que tú y yo ya no aguantamos más.
Y en ese momento, como si el universo estuviera de acuerdo, el perro regresó. Pero no ladró. Solo se sentó a unos metros, como si nos estuviera cuidando. Como si supiera que lo que pasaba allí era sagrado.
Santi me tomó de la mano. No me jaló. Solo la sostuvo. Caliente. Segura.
—¿Y ahora? —le pregunté.
—Ahora —dijo—, esperamos a que anochezca. Y si tú no cierras tu ventana… yo no cierzo la mía.
Y sin más, se alejó con el perro. Pero antes de desaparecer entre los árboles, se dio la vuelta. Me miró. Y puso la palma de la mano contra un árbol, como si fuera el cristal de antes.
Yo, desde mi lado, puse la mía contra el aire.
Y supe, con una claridad que me asustó, que esta historia ya no era de miradas. Era de piel. De sudor. De *pitos* que se mojan y *culos* que piden ser cogidos.
Y que, muy pronto, el cristal dejaría de ser una barrera.
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