En la recámara de mi cuñado

@sombra ·10 de febrero de 2026 · ★ 4.4 (19) · 55 lecturas

Yo no quería venir a la fiesta. La verdad es que nunca me han gustado esos reuniones familiares donde todos hablan de lo mismo, se ríen de chistes que ya nadie entiende y los niños corren como si nadie les hubiera enseñado modales. Pero mi hermana insistió: “Vente, por favor, no seas amargado. Aquí nadie te va a comer”. Y aquí estoy, en la casa de su esposo, un tipo alto, moreno, con una sonrisa que parece de anuncio de dentífrico, pero que en persona se ve más bien como una advertencia. Se llama Gael, y desde que lo vi por primera vez, algo en mí se encendió. No lo digo por gustarme, no así, no al principio. Pero hay hombres que caminan como si supieran que el piso les pertenece, y él es uno de ellos.

La fiesta era en el jardín. Cerveza fría, botanas, risas forzadas. Yo me senté en una silla de patio, un poco apartado, viendo cómo el cielo se iba poniendo negro sobre las copas de los árboles. Y entonces él llegó. Con dos cervezas en la mano, se acercó y me dio una sin decir nada. “Gracias”, le dije. “No hay de qué”, respondió. Y se quedó ahí, parado, mirándome como si pudiera ver más allá de mi camisa.

—Tú no eres como los demás —dijo al fin.

—¿Por qué? ¿Porque no me río de los chistes de tu cuñado borracho?

Sonrió. Bajó la voz.

—Porque tú miras como si estuvieras pensando en algo prohibido.

No respondí. Solo di un trago largo. El aire se puso más denso. Como si la noche misma nos estuviera escuchando.

—¿Quieres ver algo? —preguntó.

Asentí. No sabía qué, pero ya no me importaba. Me levanté. Me llevó por un costado de la casa, hacia una puerta que daba a una recámara que no conocía. Pequeña, con una cama de dos plazas, cortinas negras y una lámpara de noche que daba una luz amarilla, cálida, íntima.

—Aquí vengo a pensar —dijo, cerrando la puerta con seguro.

No encendió más luz. Se quitó el saco, lo dejó sobre una silla. Luego la camisa. Y cuando vi su torso, su espalda ancha, sus hombros marcados, sentí que se me secaba la garganta. No era un muchacho. Tenía unos cuarenta, tal vez más. Pero su cuerpo era el de un hombre que sabe lo que quiere. Se acercó. Me tomó del rostro con una mano. Fuerte, pero sin violencia.

—No digas nada —dijo—. Solo siéntelo.

Y entonces me besó. Con lengua, con hambre, con dominio. No fue suave. Fue como si me estuviera reclamando. Me empujó contra la pared. Sentí su cuerpo pegado al mío, su verga dura contra mi cadera. Gemí. No pude evitarlo. Él sonrió entre el beso.

—Eso es… —murmuró—. Así, como si te doliera.

Me desabrochó el pantalón con una sola mano. Me bajó el cierre. Metió la mano dentro de mis calzoncillos. Me agarró la verga con firmeza. Yo jadeé. Nadie me había tocado así, con tanta seguridad.

—Te gusta, ¿verdad? —susurró—. Que te cojan como si fueras mío.

Asentí. No podía hablar. Me besó otra vez, mientras me acariciaba. Lento, luego rápido. Hasta que sentí que iba a correrme.

—No —dijo, retirando la mano—. No todavía.

Me empujó hacia la cama. Me sentó. Me quitó los zapatos, los calcetines, el pantalón, los calzoncillos. Quedé desnudo frente a él. Me miró de arriba abajo, como quien evalúa un trofeo.

—Qué bonito eres —dijo—. Con esa cara de bueno, pero con cuerpo de puto.

No me ofendió. Al contrario. Me excitó más. Me paré de nuevo. Quería tocarlo. Él me dejó. Le desabroché el cinturón, le bajé el pantalón. Llevaba ropa interior negra. Se la bajé. Su verga era gruesa, larga, con venas marcadas. La tomé. Él gruñó.

—Así —dijo—. Como si fuera tuya.

Empecé a masturbarlo, despacio. Él cerró los ojos. Luego me empujó otra vez hacia la cama, pero esta vez me puso de rodillas.

—Chupa —ordenó.

Abrí la boca. La tomé entera. Hasta el fondo. Él agarró mi cabeza con ambas manos. Me cogió la boca como si fuera una concha. No me quejé. Me gustaba. Me gustaba que me usara así. Que me dominara. Sentía su verga en la garganta, su olor, su sabor. Y entonces me jaló.

—No te corras todavía —dijo—. Quiero verte dentro de ti.

Fue a la mesita de noche. Sacó un condón. Lo abrió con los dientes. Se lo puso. Luego me hizo ponerme a cuatro patas sobre la cama. Me abrió las nalgas con las manos.

—Tienes un culo bonito —dijo—. Apretadito. Como si no hubiera pasado nada por aquí.

Pero se equivocaba. Sí había pasado. Solo que no así. No con un hombre como él.

Sentí su lengua. Caliente, húmeda, recorriendo mi culo. Luego sus dedos. Uno, luego dos. Me relajé. Quería más. Quería todo.

—¿Listo? —preguntó.

—Sí —dije—. Por favor.

Entró despacio. Pero no por compasión. Por crueldad. Por placer. Sentí cómo me abría, cómo me llenaba. Grité. No de dolor, sino de placer. De liberación.

—Eso es —dijo—. Así, como si te estuvieran castigando.

Empezó a moverse. Lento, profundo. Luego más rápido. Cada embestida me hacía gemir. Me agarró del cabello. Me jaló hacia atrás.

—Mírame —dijo—. Mírame mientras te chingo.

Lo vi. Sus ojos negros, su boca entreabierta, su sudor. Era hermoso. Era puro poder.

—Quiero correrme —dije.

—No. Aún no.

Siguió. Una, dos, tres veces. Hasta que sentí que no podía más. Y entonces, sin avisar, se salió. Me dio vuelta. Me abrió las piernas. Me cogió de nuevo, pero ahora mirándome a los ojos.

—Ahora —dijo—. Ahora te vienes.

Y así fue. Me corrí sin tocarme, solo con sus embestidas, con su mirada, con su voz. Un orgasmo fuerte, largo, como si me hubieran sacado el alma.

Él se corrió dentro del condón. Se quedó quieto, respirando fuerte. Luego se salió. Se quitó el condón. Lo amarró. Lo tiró a la basura.

Nos quedamos en la cama. En silencio. No dijimos nada. No hacía falta.

—Mañana todos se irán —dijo al fin—. Y tú te quedas a ayudar a limpiar.

Sonreí.

—Claro —dije—. Como no.

Y en ese momento supe que esto no había terminado. Que era solo el principio. Que yo ya no era el mismo. Que desde esa noche, yo era suyo. Y que no quería ser de nadie más.

¿Te ha gustado? Valóralo

4.4 · 19 votos
Reportar
Compartir

También en Poesía erótica